Un rabo histórico

Para la inmensa mayoría de los “presidiarios” que compartimos soledades en nuestra celda del arresto domiciliario, impuesto por causas ajenas a nuestra voluntad, este 20 de abril es un día más. Si supiéramos con certeza el descorrimiento del cerrojo que nos echara a la calle antes de que el majaretismo se haga colectivo, sería un día menos, pero como la incertidumbre y el desconocimiento del futuro que exhiben los carceleros ha derivado en una entelequia indescifrable, es un día más… echado a perder en el diario triste de nuestra existencia; pero, lo que son las cosas, hay un ciudadano español a quien esta fecha le trae uno de los recuerdos más hermosos y gratificantes de su ya dilatado paso por la vida. Se llama Manuel Benítez Pérez, y como nació pegado al Guadalquivir de Córdoba, todo el mundo le conoce como El Cordobés. Tal día como hoy, hace 56 años --¿tanto, ya?—salía en hombros por la Puerta del Príncipe de la Maestranza de Sevilla, envuelto en una nube de fervores y rabietas, el ali-oli de la pasión que se sirve como guarnición en el gran plato de las plazas de toros.

Igual me equivoco, pero los estadísticos dicen que fue el penúltimo rabo que se concedió en el sacrosanto coso taurino. Allá los estadísticos. Por aquél entonces uno estaba aplicado al estudio en la universidad de Madrid, pero no dejaba hoja sin leer de las revistas taurinas de entonces, El Ruedo, Fiesta Española y El Burladero, entre otras, ni por supuesto las secciones que se ocupaban de la Fiesta en los periódicos de tirada nacional. Aquél año, Benítez venía de realizar una faena inconmensurable en la plaza de El Toreo de México, donde también cortó un rabo al toro Conejo (recuerdo el nombre, pero no la ganadería), y aún guardo en  mi memoria la frase que escribió Benjamín Bentura Remacha, no muy partidario (le atizaba de lo lindo en sus crónicas) del vigente furor cordobesista en España y presente en la corrida mexicana: “toreó con un temple extraordinario”. Se hacía cruces, el bueno de Benjamín; pero le honra su palinodia, porque fiado de su objetividad me sirvió para ver las cosas de El Cordobés con una perspectiva más prudente, en lo que al enjuiciamiento de su forma de torear se refiere. Manuel, jovial, festivo, transgresor, era en aquellos años un “antisistema” de la Tauromaquia; para los aristarcos oficiales, un perverso violador de las normas clásicas del arte de torear… y resulta que llega a la feria ¡de Sevilla! y corta un rabo. ¡Sacrilegio!, gritarían (y gritaron algunos) para sus adentros los presentes y ausentes del acontecimiento. Estos, de seguro, más que aquellos.

Por descontado que me empapé de los que los críticos de entonces opinaban del “suceso”. Los ya muy provectos y algún inexperto, trataron de enchufar la manguera de su virginal clasicismo en el volcán que El Cordobés dejó en el ruedo maestrante, pero de aquél cráter humeante solo se podía extraer esta realidad: El Cordobés ha cortado un rabo, pedido en medio de un griterío indescriptible y el presidente agitó tres pañuelos con  ambas manos. Un mensaje a navegantes, como los que enviaban las gentes de antaño desde tierra adentro a los barcos de altamar, en este caso: “¡Este tío es un fenómeno!”…, o algo así.

Realmente, para los aficionados muy veteranos o los expertos en indagar los afortunados que alcanzaron tan inalcanzable galardón, el rabo peludo y sucio que llevaba en sus manos Manuel Benítez tampoco era una novedad que invitara a echarse las manos a la cabeza. Siete años después, Ruiz Miguel abrió la Puerta del Príncipe con idéntico premio. Y años atrás, más toreros de los que algunos piensan. Desde Juan Belmonte, el primero (año 19) hasta Diego Puerta, pasando por diestros tan sorprendentes como Pepe el Algabeño, el mexicano Armillita o el venezolano César Girón. Sorprendentes, digo, porque sus nombres no parecen entrar en la rimbombancia habitual de toreros “de Sevilla”. En cualquier caso, ninguno de estos exuberantes triunfos alcanzó la repercusión del logrado por El Cordobés con un bravo toro de Carlos Núñez (qué ironía el Manso de su segundo apellido), una felicidad extrema también para ganadero tarifeño, pero demasiado exigua en el tiempo porque falleció a los pocos días.

En estas fechas, es inevitable recordar que estaríamos en plena Feria de Abril, con la Maestranza engalanada y el Real deslumbrante de día y explosivo de noche. Hace un año, ya entrado mayo, a Roca Rey le pidieron el rabo de un toro de Núñez del Cuvillo en ese mismo escenario. Y no se lo dieron. En su momento, me pareció una decisión llena de causticidad de un timorato presidente. Me ratifico en ello. Se perdió la oportunidad de haber hecho de esa fecha un hito en la historia de la Maestranza y, al propio tiempo, de inyectar un revulsivo extraordinario para la Tauromaquia de nuestro tiempo, tan escasa de expectativas y, ahora, embarrancada entre algas y arena, situación que puede traducirse por desnutrida y vacilante.

A falta de grandes acontecimientos taurinos, apetece tirar de la memoria. No es nostalgia ni melancolía. Es el buzoneado en la reciente historia de esta Fiesta  nuestra, mientras esperamos noticias acerca del porvenir que nos aguarda. Hace 56 años Manuel Benítez El Corbobés, puso la Maestranza boca abajo y cortó un rabo. Un rabo histórico. Ahí le tienen, mostrando los trofeos, mientras Pepín Garrido, el tercero de su cuadrilla, parece no creerse que el toro por él apuntillado se va apara el desolladero sin tres de sus apéndices corporales. Definitivamente, este Cordobés era –y es— un fenómeno.