Habrá que hacer algo

A medida que pasan los días, las semanas y los meses de este malhadado año, la incertidumbre crece y las esperanzas se vaporizan para la fiesta de los toros. Los aplausos en ventanas y balcones, están muy bien –soy activo participante de este reconocimiento a quienes velan por nuestra salud y seguridad--, pero me da que el entusiasmo se va enfriando poco a poco, porque la realidad pesa más, mucho más, que algunos mensajes blanqueadores y confortantes de la clase política que nos  gobierna. La realidad es que no se sabe a ciencia cierta cómo y cuándo acabará esta pesadilla. El tiempo corre de forma irrefrenable y las pesadumbres se agrandan. ¿Habrá toros este año en la piel de toro que se recorta a lo largo de nuestro litoral? Sinceramente, lo dudo. Ya fuera de catálogo los tres ciclos claves de comienzo de temporada –Fallas, Feria de Abril y San Isidro--, se barrunta un verano desolador para la Tauromaquia. Los Sanfermines parecen sentenciados y con ellos las semanas grandes de toros de Bilbao y San Sebastián, además de los clásicos y coincidentes de otras muy taurinas ciudades españolas. Se nos va a ir el verano sin ver, en directo, un pitón; y probablemente, tampoco en los miles de pueblos que celebran sus fiestas con el toro como principal protagonista.  Si un milagro no lo remedia, la cosa del toro en el ruedo y en la calle se va al cuerno, con todas las consecuencias. Dicho de forma menos traumática, en lo que al tema taurino respecta, este negro bisiesto se queda en blanco.

Esto es lo que percibo desde mi soledad brutal y necesaria. Esto es lo que se atisba por el horizonte; pero una temporada de toros completa –o casi—arrasada por la pandemia puede ser un castigo de consecuencias irreparables.

Hace unos días llamaba la atención sobre el mes de septiembre como bote neumático para salvar lo que buenamente se pueda del naufragio, pero me da a mí que ni eso. Volverán los niños al colegio y saldremos los adultos a la calle, pero ya nos están advirtiendo que será con ciertas restricciones de movimientos y contactos, limitando la capacidad de reunión y guardando las distancias. En estas condiciones, díganme con qué ánimo se acercarían los aficionados a las taquillas de las plazas de las plazas de toros, aún no remitido el resquemor sicológico y los bolsillos medio vacíos, que esa es otra. Así, pues, la vuelta de los festejos taurinos en modo y forma que los hemos disfrutado toda la vida vivida, ya miran al 2021… no sin ciertas reticencias, porque, ahora mismo, nadie se atreve a incurrir en la temeridad del vaticinio.

Ante este panorama se hace necesaria una reacción de los sectores taurinos, entendiendo por tales los profesionales de las distintas áreas de trabajo que participan en la organización, desarrollo y difusión de los festejos y, por supuesto, el público. Todos tenemos que meter el hombro para evitar el desplome de esta Fiesta nuestra; y digo desplome porque si dejamos pasar la temporada taurina sin actividad se corre el riesgo del desenganche definitivo de quien realmente la sostiene: el espectador. Una vez ido, el pagano se hace perezoso para volver a rascarse el bolsillo. Es esta una consecuencia hartamente demostrada en todo tipo de espectáculos y lugares de ocio, como asimismo lo es la evidencia de que si se abandona la costumbre de los haceres habituales y se pierde el ritmo de lo consuetudinario, cambia también la forma de ver las cosas. Téngase en cuenta que poner el No Hay Billetes en una plaza de toros no es solo un éxito del promotor del espectáculo, sino la expresión visual de que la oferta es altamente atractiva.

Se impone, pues, avivar el ingenio. Y hacerlo cuanto antes, para poner en marcha un proyecto en el que la televisión puede ser el fuelle que avente la llama de una hoguera recién encendida por empresarios, toreros y ganaderos, principales bastiones de la Tauromaquia de toda la vida. ¿Y el público? Imprescindible; pero en el caso de que la normativa que impone el Gobierno de la nación mantenga la rigidez –aunque sea atenuada-- de espacios y la limitación de colectivos grupales, está claro que su participación no podrá ser presencial. Por tanto, es un tema de fondo que debe ser estudiado con sumo cuidado, porque no es fácil concordar un estado de opinión del público o poner de acuerdo a unos gremios con intereses muchas veces contrapuestos.

Es cuestión de encontrar una fórmula de comunicación que, manteniendo el interés del público, no lesione los valores esenciales de la Tauromaquia y ofrezca una nueva forma de verla desde ángulos novedosos, la mayoría vedados para el aficionado de a pie, además de aportar la necesaria pedagogía para captar nuevos adeptos y ensanchar el acervo del que tiene sólidamente arraigada su pasión por la Fiesta. Soluciones hay, se lo aseguro. El campo bravo, el toro de lidia y el arte del toreo son hontanares inagotables a los que, en casos tan dramáticos como éste, se hace necesario acudir para que su potabilidad ayude a mantener limpia y fresca una de nuestras más universales señas de identidad.

Comprendo que este es un tema sujeto a numerosas puntualizaciones y  discrepancias, pero creo que su abordaje es necesario como nunca jamás lo fuera. De no hacerlo, los antituarinos celebrarán nuestra dejadez como una victoria inapelable. Entonces empezaremos a llorar sobre la leche derramada, después de haber dejado la botella destapada al albedrío del puntapié alevoso, y eso sí que sería un error irreparable. Habrá que hacer algo