En el día en que enterraron a Belmonte

Según se avizora tras los cristales de mi ventana, el día de hoy, Viernes Santo del 2020, aparece soleado y bello. Primaveral. Un día para disfrutar de la libertad del albedrío, dentro de los parámetros razonables que impone el hecho luctuoso que culmina y da sentido a la fe de la Cristiandad. Pero para mí, como para millones de españoles, es un día más de enjaule, de sórdida cotidianeidad. Un día más de meditación acerca de la situación atroz que nos maniata y atenaza, nos atemoriza e inhabilita, como los haciales que el herrador de mi pueblo colocaba en los belfos de las caballerías. Y en esta situación vamos tirando como buenamente se puede, instalados permanentemente en el soliloquio contador de los pasos –de acá para allá, de allá para acá—que damos por el pasillo de una casa asomada a la calle desde la quinta planta del edificio. Un Viernes Santo en Valladolid sin el opaco retumbar de los tambores y el rejonazo de clarines y trompetas que acompañan el desfile de túnicas y capirotes, con las calles llenas de una vaciedad de todo punto impensable, hace que la primavera se oscurezca de insólita tenebrosidad, como si la muerte que hoy debiera solemnizarse más que nunca en esta ciudad, se empeñara en recordarnos que nos aguarda ahí fuera. Por tanto, habrá que refugiarse, un día más, en la lectura y en los instrumentos de comunicación que la tecnología ha puesto a nuestro alcance, con la esperanza de que mañana –es un decir-- nos despertemos de un mal sueño.

En medio de tales ensoñaciones caigo en la cuenta de que tal día como hoy el torero Juan Belmonte era enterrado en Sevilla, en medio de la general consternación. Tal día como hoy, 10 de abril, hace 58 años el Viernes Santo estaba a diez fechas de distancia, porque la Semana Santa se vislumbraba en el escalón de abajo, en la semana siguiente; pero Sevilla ya estaba recogida en su orgullo semanasantero, organizando el procesionado de sus imágenes, afinando instrumentos y entrenando costaleros. Dos días antes, la noticia de la muerte de Belmonte  había conmocionado a la población, no solo a la sevillana, sino a todos los españoles y, en general, al mundo de los toros. “Belmonte ha muerto” titularon los periódicos y repetían los locutores de radio y la reciente televisión de España. Era una noticia inconcreta, porque, de inmediato, surgía la inevitable pregunta: “¿De qué ha muerto Juan Belmonte?”

En aquél tiempo, este querido país nuestro era proclive al oscurantismo cuando se daban casos considerados de cierta escabrosidad, lesivos para la doctrina oficial que imperaba en la sociedad, pero muy pronto las especulaciones comenzaron a tener carta de naturaleza, a la vista de las imprecisiones, contradicciones y titubeos en que incurrían los informales informantes. La verdad era ésta: Belmonte se ha suicidado. Se ha pegado un tiro en su finca Gómez Cardeña, del término municipal de Utrera, tierra de toros por excelencia. Sin embargo, la certidumbre del suicidio no llegó a la opinión pública hasta pasados muchos meses --quizá años--, tal era el prurito de precavida ocultación de los hechos por parte de las que pudiéramos llamar élites influenciers de entonces, a saber,  autoridades políticas, eclesiásticas y periodísticas. Estas últimas, también, porque los principales rotativos no se atrevieron en principio a ratificar lo que en boca de las gentes era asunto sabido: Belmonte se ha pegado un tiro.

En aquél momento, las especulaciones se desataron en tropel. Ciertamente, Juan Belmonte había tenido una vida de lo más ajetreada, tanto dentro como fuera de los ruedos. Casado por sorpresa con la peruana Julia de Cossío  --ella firmaba Julia Cossío de Belmonte--, tuvo con ella dos hijas, Blanca y Yolanda (Yola, como cariñosamente se la conocía), pero antes, de soltero, un hijo con Consuelo Campoy que llegaría a matador de toros, anunciado en los carteles Juanito Belmonte y prohijado después en la familia, por expresa aceptación de doña Julia, una mujer bella y culta, emparentada con la alta aristocracia limeña; pero al margen de los sobresaltos que vivió sobre la arena de los ruedos, los clamores que despertó con la excelsitud de su arte y la percha literaria que en torno a su imagen fueron configurando destacados miembros de la prolífica generación del 27, lo cierto es que el torero que tal día como hoy enterraban en Sevilla fue un hombre que parecía sumergido en un esoterismo permanente, con reflexiones premonitorias que dan escalofrío. Dice en su Biografía:  …Llegué a estar tan sugestionado con las lucubraciones literarias que terminé pensando en suicidarme…tenía en la mesilla de noche una pistola, y muchas veces la acariciaba y jugaba con ella, dando por hecho que, tarde o temprano, iba a disparármela en la sien.

Después, Juan Belmonte se motejaba así mismo de cobarde, porque estaba convencido de que no sería capaz de tamaña ·”heroicidad”; él que siempre fue considerado un héroe surgido de la naturaleza, apodado “terremoto”, “pasmo”, “cataclismo”, “fenómeno” y no sé cuántos ditirambos más; él, que es sin lugar a dudas una referencia clave en la evolución del arte del toreo, vivió sobrenadando en un mar de contradicciones, pero acabó disparándose junto a la oreja derecha, como revela una carta del dibujante Andrés Martínez de León a su amigo El Nili, desvelada por el diario ABC, con la firma de Andrés Amorós. ¿Por qué motivo?  Todo apunta a que Juan se consideraba incapaz de lidiar el toro más difícil que se le venía encima, apretándole contra la querencia de su vida de forma inexorable: el de la vejez. Le atormentaba la incapacidad física que fabrica la erosión del tiempo y, al parecer, un amago la enfermedad facial, la misma que acabó desfigurando terriblemente a su amigo Julio Camba. Ese pudiera haber sido el motivo por el cual un genio de la Tauromaquia llamado Juan Belmonte, acabó por entrar a matar a sí mismo.

Las horas posteriores a la detonación que sonó en la anochecida en Gómez Cardeña también fueron confusas y terribles, muy propias para excitar la morbosidad de las gentes. Desplazar el cadáver a Utrera para practicar la obligada autopsia ocasionaría un vendaval de murmuraciones y, en consecuencia, un escándalo que podría lesionar la memoria del gran torero. Se optó por hacer la operación en la propia finca y, después llevarlo a Sevilla, para que la multitud pudiera homenajearle y despedirle con las ovaciones que 42 años antes habían dedicado a su compañero y más directo rival Joselito el Gallo.

Otra cuestión espinosa fue el lugar de enterramiento, de ahí que la palabra suicidio se apartara del vocabulario “oficial”. A los suicidas, la ley eclesiástica les prohibía darles tierra en lugar sagrado (el camposanto), lo cual hubiera sido el colmo de la vejación para un ídolo nacional como Juan Belmonte. Joselito llevado en hombros majestuosamente como un rey y Belmonte a hurtadillas como un villano, era una postrera humillación, a todas luces innecesaria. Menos mal que el arzobispado estuvo a la altura de tan especiales circunstancias y se le dio sepultura como Dios y la lógica de la razón, demandan.

A 58 años de distancia, cosas como estas pasan por mi memoria en el día en que enterraron a Belmonte, cuando el sol ilumina la ciudad, un Viernes Santo totalmente desconocido para los habitantes del lugar. Solo la memoria se activa. Miro por la ventana y solo acude a la mirada  la increíble imagen de la nada. Y nada más.