El 20 no es taurino

El tema de la superstición es tan antiguo como el mundo. O lo que es lo mismo, los humanos somos supersticiosos por naturaleza. El hombre del paleolítico también debió serlo. El trueno le turbaba, el sol le cegaba (a veces le asfixiaba) y las catástrofes naturales le obligaban a realizar un descomunal sobresfuerzo para alcanzar la supervivencia. Se podría entender que, a causa de estos temores y sobresaltos, el hombre primitivo echara mano de su primaria capacidad de raciocinio para idealizar deidades, creadas a su antojo. Cada pueblo, cada comunidad de individuos forjó un ídolo propio, algo sobrenatural e inaprensible a quien rendir pleitesía. También la Mitología es, probablemente, un yacimiento inagotable de supersticiones. ¿Qué es la superstición? Según los científicos, lo antitético de lo razonable, el envés de lo demostrable; pero las gentes del común lo entienden como un asidero al que se agarrarse para convivir con lo ininteligible. Más contundente todavía es la definición que considera a la superstición  como “la religión de los incultos”… sin tener en cuenta que también algunas religiones practicadas por los “cultos” tienen su puntito supersticioso.

En el mundo de los toros, la superstición, entendida como añagaza provocada para evitar posibles males o instrumento para obtener venturas gratuitas, viene desde que se profesionalizaron las corridas de toros. Son innumerables las anécdotas de toreros supersticiosos, y es muy probable que no haya quien se libre de tan silenciosa pandemia. Si acaso, alguno se refugia en sus devociones religiosas, pero no tienen rubor en confesar que “le da suerte” un santo determinado de su santoral, de lo cual se desprende que al que “no le da suerte” no le reza. Para disimular, algunos reconocen que solo son “manías”, “antojos” o “caprichos”, pero en el fondo lo que les aterra es caer en las redes de la superstición, un virus que se inocula de tapadillo y no existe vacuna que lo neutralice. Cuenta Belmonte, a través de la maravillosa prosa de Chaves Nogales, que en el año 17,  antes de que saliera por el chiquero de la vieja Plaza de Madrid el toro Barbero, Juan estaba ensimismado en la tarea de meterse un pelillo de su pierna por entre la fina trabazón de la media, en el convencimiento de que, de lograrlo antes de que apareciera el de Concha y Sierra, triunfaría, ¡seguro! Logró su propósito y los aficionados madrileños presenciaron la mejor faena que vieran los siglos, según fuentes de toda solvencia. ¡A ver quién le quita al genial trianero la convicción de que el triunfo llegó porque el pelillo entró!...

El número es uno de los militantes que trae de serie la superstición desde la noche de los tiempos taurinos. Se lleva la palma el 13, un guarismo que tiene, incluso, contrarréplica: hay quien lo pide deliberadamente en los sorteos –de lotería o de lotes de toros--, lo cual no deja de ser una anti-superstición supersticiosa.

Confesión de parte: no me tengo por supersticioso, pero en cuestiones taurinas tengo comprobado que el número 20 no se ha portado bien con la Tauromaquia. En Ronda, hace dos siglos, el 20 de mayo de 1820 un toro de Cabrera, dicen las crónicas que grande, resabiado y a la defensiva, se había aquerenciado en tablas, negándose a cuadrar para que su matador, el señor Curro Guillén, le entrara a volapié. Entonces una voz salida del tendido, le apremia: “Ande, señor Curro, usted que presume de valiente, ¡reciba a ese toro!” encorajinado, el torero citó al morlaco y salió colgado de uno de los pitones, hundido en el bajo vientre, mientras en la Plaza se escuchaban gritos de terror y su compañero y discípulo, Juan León, se agarraba con fuerza al otro cuerno, zarandeando la cabeza del cornudo para que soltara la presa. La presa humana, Curro Guillén, murió a consecuencia de la brutal cornada y fue enterrado bajo la arena del más que bicentenario coso, frente a la puerta de toriles. Allí estará, donde también Antonio Ordóñez quiso reposar eternamente. El dibujo de la época nos muestra cómo la plaza de piedra de Ronda (“la de los toreros machos”, según Fernando Villalón) no tenía callejón en aquél tiempo, y su muro perimetral recogía la primera fila de tendido, por lo que existían numerosos burladeros para resguardo y cobijo de la torería andante por el ruedo.

Casi un siglo justo después (cuatro días menos) en Talavera de la Reina pasó lo que pasó el año 20 del siglo XX, lo que en el presente veinte-veinte (2020) deberíamos homenajear y recordar con la solemnidad que merece: que Joselito el Gallo se nos fue para siempre entre los cuernos de un toro perteneciente a una ganadería no asociada a la Unión, fundada quince años antes. No se están cumpliendo las previsiones de ciclos culturales, literarios y audiovisuales, porque un virus maligno se ha cargado prácticamente la temporada taurina. Demasiado viento en contra, demasiado infortunio, demasiados veintes.

Me ha costado trabajo hacer estas reflexiones en un momento como éste, en que el país, todo él, es un caos bamboleado por la imprudencia, la incompetencia y la imprevisibilidad de quienes tienen el deber de proteger a la población con medidas preventivas y recabar eficaces dotaciones sanitarias. Me ha costado porque ahí fuera se está muriendo gente a diario, por centenares, y yo me entretengo en mentar la “bicha” con dos efemérides taurinas luctuosas, sabiendo que mis lectores, en su mayoría, son taurófilos empedernidos y que el mundo de los profesionales de montera o castoreño tienen fragilidad en la epidermis, motivo por el cual serán pieza fácil para que en ella encarnice la superstición. Si alguien se siente  molesto, pido disculpas anticipadas por ello. No es mi intención sembrar yuyos en tiempos de tan cruel sensibilidad. Simplemente me hago eco de una circunstancia que considero curiosa y que determina una conclusión definitiva e inapelable: El 20 no es taurino.

Reitero: no me tengo por supersticioso; pero, como cada quisque, tengo mis “manías”.