La fábula del toro “Morceño”

Al toro Morceño  lo repudió su madre al nacer –que es caso bien raro entre los individuos de la raza bovina y los animales, en general– y lo recogió Saturnino a la revuelta de la encina de corteza vieja que tangentea el abrevadero de la Cántara Gorda. El caballo hizo un escorzo, porque casi lo pisa, y el ¡soooooo!… de Saturnino que acompañó al tirón de rienda le paró en seco. Allí estaba el recental, negro como la endrina, encogido entre un brezo tardío y tiritando de frío, porque la anochecida anunciaba cencellada. Saturnino es el mayoral de la finca Almenara, un pago de doscientas ochenta hectáreas, entre tierra de labor y monte bajo, a la abrigada del teso que le da nombre. Lleva toda la vida entre toros y cochinos, porque su misión –y su pasión– es el ganado. La tierra mollar del cereal y las giganteas está arrendada desde hace años; pero los toros son cosa suya, como lo fueron de su padre y su abuelo, que también él puede presumir de dinastía, aunque sea hombre de campo. Empieza a contarme Saturnino la historia del toro Morceño y se va por las ramas para presumir de ese linaje sin blasón que tienen a gala las gentes castellanas de p’allá, hacia la raya de Portugal, donde llevan siglos escuchando el mugido del toro y el ron-ron del marrano. Habla de sus antepasados con un orgullo espontáneo y simple, sin dobleces, como el jaramago asilvestrado, mientras las tenazas dentellean las brasas de la lumbre al ordenarlas en la retaguardia del hogar, ya fuera de la trébede. De pronto, como espoleadas por el atizado, una nube de negras morceñas aletean por cima de la fogata. Y entonces, Saturnino me pone al tanto:

–Anda, mira, ahora me acuerdo, por qué lo de Morceño. Resulta que a su malamadre le llamaron Morceña porque cuando nació era tan negra como esas  pajas quemadas que se van p’arriba, por el conducto de la chimenea, envueltas en humo. Una anomalía poco frecuente, porque el pelo del encaste nuestro es cárdeno, o como mucho, entrepelado oscuro. Así que, como manda la costumbre, Morceño, le pusimos también al recién nacido.

Después de hacerse lenguas con la bizarría de sus antepasados, maestros en la cosa de mancornar, echándose sobre la “media vaca” de cuero que protege su barriga la encornadura de las recién paridas díscolas por el desahijado o la de los toros “pegados” que refugian su bochorno por las espesuras del monte, Saturnino me contó que metió bajo el sobaco a Morceño, todavía sin limpiar de los restos de placenta, y lo colocó doblado sobre el arzón de la silla, hasta que llegó a la cocina y extendió las manos hacia la llamarada, que tanto ilumina como calienta. Recuerda que le dijo a la parienta: “Mira qué regalo te traigo”, al tiempo que arrimaba al animalito al amor de la lumbre. Y comenzaron a darle leche de la cabra que se refugia bajo la tenada. Así, hasta que pudieron meterle entre la manada de añojos, empresa nada fácil, porque el animal se revolvía hacia la querencia de la cocina y a las amorosas manos de su parienta. Si por ella hubiera sido, lo cría hasta que muera de viejo, pero no fue así la cosa. La cosa fue que Morceño se lidió y le cortó las dos orejas El Viti, en la feria de Salamanca.

El relato tiene no menos de cuarenta años de antigüedad. Me fascinaban –y me fascinan– las historias de la charrería, por eso me quedé prendado con la que salió de la boca de aquél inolvidable mayoral de piel surcada por fríos, vientos y soles, que se fue de este mundo sin conocer Canarias –era su ilusión–, pero, a cambio, conocía como nadie “su” ganadería,  toro por toro y vaca por vaca, a las que llamaba por sus nombres junto a los morriles del pienso o se los voceaba a los machos, para meterlos en la mangada cuando llegaba la hora del embarque.

La reata de “morceños” sigue siendo larga y fecunda, porque los vientres de las hembras son proclives al “macheo”; por eso, cuando al cabo de los años traspongo de  nuevo la portera de Almenara en que se hallan los toros “de saca” de esta temporada, me encuentro entre la manada a un cinqueño altivo y guapo, que mira retador a quien se ponga de por medio. Es, de momento, el último Morceño de la ganadería. Le observo atentamente y él no me quita ojo, pero noto una cierta opacidad esas dos negras bolas de billar, que apenas pestañean. ¿Tristeza, quizá? ¿Incertidumbre, tal vez? Cualquiera sabe. Los toros bravos son un pozo de misterio.

He querido regresar junto a la vieja chimenea campera, pero ya es historia. Otra historia. Toda la casa, aledaña a la principal de la finca, es historia. La cocina de leña de encina se ha convertido en un muestrario de electrodomésticos. El reló de cadena que Saturnino miraba de cuando en vez, se ha cambiado por el smartphone de última generación que luce su hijo, un nuevo Saturnino, a quien todo el mundo llama Satur.  Ha desaparecido la mesa camilla, y con ella el hule con el mapa de España que Satur heredó de su padre, el que recortaba la tierra nuestra contando con las de León, Zamora, Salamanca, Valladolid y Palencia. Pero, ahí afuera está un Morceño actualizado, fornido y bien armado, que tiene cinco años y espera lidia.

Precisamente, en esa espera he creído encontrar el fundamento de la tristeza que trasluce la mirada del toro. En la pasada primavera, estando reseñado para lidiarse a principios de septiembre, le pegaron una cornada durante el revoltijo de una pelea. Se pasó el verano de cura en cura, con la mosca picona enredando en la frescura de la herida, y no se curó del todo hasta bien entrado el otoño, pasando a integrar la “saca”  del año siguiente, que es en el que estamos. El año de la crisis más gorda que hubiera podido imaginar la mente más catastrofista. Año de pandemia, de miedos, de confinamiento de los humanos que habitan pueblos y ciudades y de tensa espera para la tropa bovina que monta guardia tras las cercas de espinos del campo bravo.

Ajeno a los males que acarrea tan malhadado año bisiesto, Nos mira Morceño con las corvas enterradas entre los espigones de la reciente primavera. Puede pasarse otro año en blanco, y su negra piel se ha entrepelado ligeramente, más por canosidad que por desajuste morfológico. Se está haciendo viejo y ello le postula al rechazo de los toreros, porque la edad, ya se sabe, alimenta el sentido de autodefensa. Reaviva la memoria, al menos, la de los toros bravos.

La memoria del que suscribe también se ha reavivado, al evocar una historia que no puede encajarse más que en el formato de la fábula. La fábula del toro Morceño,  miembro de un linaje de acreditado prestigio y dador de las mejores virtudes de su casta. Si no se lidia este año –cosa harto probable— y no cambia la normativa vigente, que prohíbe la salida al ruedo de toros con los seis años cumplidos, este bello ejemplar que se yergue campanudo sobre la dehesa es uno de los muchos aspirantes a ser carne de matadero. Por eso me da pena contemplarle, ajeno a su incierto destino.

Al propio tiempo, me da pena que me apene: No hay mayor insulto para el toro bravo que la compasión.