El otro Juncal

Anoche me acosté tarde. Tardísimo. Podría decir que eran las tantas, pero en puridad eran las cuatro y pico de la madrugada. Me puse a cacharrear con el mando de la tele y me tropecé con el Filigrana y el Aceituno vestidos de luces en un pueblo castellano de la España profunda de posguerra, la de carros y talanqueras, vino y garrota, almedreros, tracas y trileros. Este era el paisaje del mundo rural en fiestas que acaba de sacar a pasear al santo o la virgen en quien depositan sus devociones las gentes del lugar, un punto minúsculo en el mapa de la provincia que volverá a tomar su cariz sórdido e inhóspito cuando la fiesta acabe y el toro muera. El toro siempre fue –y lo será, salvo catástrofe no descartable– el asunto nuclear de “la función”, que es el nombre con que se reconoce a la fiesta patronal en la inmensa mayoría de los pueblos de España. Filigranas y Aceituno son los personajes centrales de la novela “Los clarines del miedo”, de Ángel María de Lera, un melodrama llevado al cine con notable éxito en los años 50. Así que, a pesar de haber visto esta cinta –“cinta”, así se llamaba entonces al rollo de celuloide– un porrón de veces, me quedé absorto frente a la pantalla. Como un pelele, que dicen en mi tierra. Lo malo es que, cuando la película termina y me dispongo a apretar el botón rojo del mando que manda apagar el aparato, la programación de la cadena (Trece TV) me sorprende con el inicio de otra de toros: La Becerrada… y ya no me pude escapar.

La becerrada es una delicia de película. Leen esto los cinéfilos, los que todos los años sacan el abono en la Seminci de Valladolid (la mayoría por imposición social) o los críticos reputados (esos que califican de “obra maestra” verdaderos truños de películas), y me mandan a freír espárragos. Me importa un comino. Me encantan estas películas de contenido beatífico, ayuno de violencia, de diálogos pintados de blanco impoluto, de monjitas y caciques, etcétera. Estas cosas, qué quieren que les diga, me transmiten una ternura infinita. Si además entran en escena toreros como don Antonio Bienvenida, don Antonio Ordóñez y don Mondeño (las monjitas les ponían el “don” a todos ellos) haciendo unos cameos divertidos y toreando en un tentadero o en las Plazas de Málaga y el Puerto de Santa María, con un color de calidad excelente, díganme si –dadas las circunstancias personales y profesionales que concurren en mi carácter– el conjunto no reúne ingredientes suficientes para que se me abrieran los ojos como platos. Y en esa expectante y noctámbula postura me mantuve hasta las cuatro y pico.

Sin embargo, con ser el condimento y el bagaje aportado más que suficiente para justificar tan denodado trasnocho, lo que colmó mi expectación y alentó mi interés por la película fue comprobar en los rótulos de entrada que figuraba como guionista de La Becerrada  un tal Jaime de Armiñán, que a la sazón debía tener treinta y pocos años. Pero cuando apareció la figura de uno de los protagonistas –por no decir el principal—con el nombre de Juncal, magistralmente interpretado por Fernando Fernán Gómez, ya no me pude apartar de la pantalla del televisor.

Empecé a atar cabos: de aquí debió partir la idea de la serie taurina más exitosa de todos los tiempos, el Juncal emitido por TVE en el año 1989, cuando ya Jaime había llegado a la plena madurez como novelista, escritor y director de cine y teatro. Por aquél entonces nos conocimos y realizamos juntos, con Andrés Amorós, un viaje de vuelta en tren desde el Puerto de Santamaría a Madrid, un tiempo compartido que, por lo que a mí respecta, quiero calificar de inolvidable. Fue entonces cuando le invité a que me acompañara en los comentarios de la corrida que trasmitiríamos por TVE desde Burgos –en la que intervenía el burgalés Luis Miguel Calvo, hijo del Juncal de Paco Rabal en la serie—a lo que Jaime aceptó, en un detalle que no me cansaré de agradecer.

Este Juncal de La Becerrada, el de Fernán Gómez, tiene otro cariz que el de Rabal. Es otro Juncal; el primitivo, el que debió prender la mecha de la inspiración a Jaime para procrear el siguiente. Representa al tipo frescachón, caradura, fantasioso e ingenioso, que no es lo mismo. El Juncal de Fernán Gómez refleja al pícaro de travesuras veniales, el que ha de avisparse cada día que amanece para comer y tomar café copa y puro, además de ir a los toros, sin que le cueste una peseta. Un tipo inofensivo, al que solo le mueve la infantil petulancia de codearse con los ídolos de la Tauromaquia de aquél tiempo –primeros años 60– y un afán de pisar en mármol, acostumbrado al canto rodado. Ello le cuesta sofocones constantes y agravios públicos que harían enrojecer al más descarado de los pillos; pero a este Juncal le parecen gajes del “oficio”, ese oficio del ocio permanente que ha de lograrse sin recurrir al esfuerzo físico y solo puede sustentarse con un exquisito y hábil aguzamiento del ingenio, muy propio los zagalones y lazarillos que inventara Diego Hurtado de Mendoza, siglos atrás.

A través de mi largo recorrido por el mundo de los toros he conocido a varios juncales de este porte. Son los profesionales del “toque”, esa dádiva que les permite subsistir y derrochar alegría e ingenio por donde van, de plaza en plaza, de hotel en hotel, de fiesta nocturna hasta el día siguiente; pero, salvo excepciones, son discretos e inofensivos, diría yo que hasta necesarios. La vanidad que manejan solo tiene por receptor a su propio crédito. Dice el Juncal de Fernán Gómez a las monjitas de San Jinés de la Sierra, que Antonio Ordóñez y él son como hermanos, unos segundos antes de que sea echado de la puerta de la habitación del hotel sin contemplaciones. O que Antonio Bienvenida le está esperando en el tentadero, lo que no evita que uno de los vaqueros le empuje hacia las afueras de la placita, porque no deja de molestar.  O que Mondeño…., en fin, que es un sujeto tejido por apariencias inútiles que sueña permanentemente con la dicha que puede suponer convertirlas en realidad. Al final, este buen hombre, se amolda al régimen casi de anacoreta de las ”caridades” que se meten en el mundo de los toros para obtener de la caridad de las figuras del toreo y de un ganadero su gratuita participación en un festival (una “corrida”, dicen ellas), única tabla de salvación para poder alimentar a los ancianos en el “Hogar del Vencido”, donde rebosa la bondad y la misericordia, pero no hay un duro en el cepillo de iglesia del convento ni pan en el cajón de la cocina.

Reconozco que el Juncal de Rabal me cautivó, pero este  de Fernán Gómez, el otro Juncal, me ha quitado el sueño bárbaramente. Hasta las tantas, me tuvo despierto. Soy un sentimental.