Algo hemos hecho mal

Quizás sea una reacción de viejo currante de ciencias y letras, las dos opciones de la enseñanza que había que elegir cuando se terminaba aquél lejano bachillerato, del que guardo tan gratos recuerdos. Quizás entienda que ambas son vías o formas de alcanzar el conocimiento de las cosas, que es el fielato de la cultura,  pero para nada divergentes, sino convergentes y por ello con ambas me he ganado el sustento, para llegar hasta aquí con la conciencia tranquila y las manos limpias. Quizás sea que necesite un bagaje mucho más amplio para sintonizar con el lenguaje de las nuevas generaciones de españoles, un lenguaje nuevo, moderno, nada que ver con el rico, riquísimo que  hemos exportado a cientos de millones de seres humanos que llenan la inmensidad de un continente del globo terráqueo. Pero, me van a perdonar, es que oigo la radio y veo la televisión o leo la prensa de papel o digital y tengo la impresión de que el tiempo me ha desubicado. Me harto de oír detrás tuyo, delante mío, alante, trescuartista u otras barbaridades de variado bulto y me quedo a cuadros. Lo tengo que poner en cursiva porque hasta el corrector automático del ordenador –al menos, el mío-- me lo rechaza. Esto de que me corrija una máquina me descoloca y me encocora. Es como si me regañara; pero no con la dulzura y paciencia comprensiva de aquellos queridos profes de mi tierna juventud, sino con la dureza inmisericorde de un artefacto de destrucción masiva: ¡gilipollas!, ¡ignorante!, parece gritarme por lo bajini, con su acento cortante y metálico. Si no fuera porque temo meterme en un peligroso tremedal, diría que las máquinas tienen nombre femenino porque, al menos en estos tiempos que vivimos en España, están facultadas para insultar sin el menor recato y con la mayor indulgencia, utilizando el lenguaje soez y trasnochado del macho ibérico maleducado. Por eso no lo digo; pero no me negarán que suena mal un taco cargado de testosterona en la voz de una mujer. A mayores, si la lenguaraz –lenguaraza, dirían Adriana Lastra o Carmen Calvo por ejemplo-- le añade al término malsonante una carga de profundidad con abundante munición de ignorancia, aquello se convierte en un cóctel Molotov incontrolado. Así ha ocurrido con una chiquita pamplonesa de pelo lacio y desparpajo despendolado, llamada Maialen, que concursa en el programa OT, de TVE, durante una sobremesa compartida con otros tres compañeros del concurso, supongo. No suelo ver los programas de esta Casa desde hace tres años,  pero como quiero cerciorarme de la veracidad de los hechos compruebo en RRSS que, en efecto, ha dado un espiche acerca de las corridas de toros, utilizando el tono de esa nueva jerga femenina, tan habitual en las piezas más activas del antisistema,  cargada de giros rotundos y aplastantes, asegurando, muy convencida ella, que la Tauromaquia consiste en el sacrificio de un animal que pasa por “un estrés del copón”, al que ponen banderillas en la espalda mientras “un montón de gilipollas están bebiendo, fumando y descojonándose”. “Ostras, es que es muy nazi. Muy sicópata”. Y después de esta perorata verdulerilla, asegura que los impuestos que ella paga “quitando mierda” –supongo que trabajará en asuntos de limpieza—van a parar ”a la puta Tauromaquia”. Qué quieren que les diga, a mí estas cosas no me producen indignación, sino una pena infinita. Que una muchacha de veintitantos años haga una exhibición de ignorancia tan apabullante sobre el mundo de los toros y el arte del toreo, es para que todos los que estamos a este lado del camino nos lo hagamos mirar. Todos. Los aficionados y los profesionales. Algo hemos hecho mal. No es posible que una joven se pronuncie con esa visceralidad incongruente, con la procacidad que al parecer exige la “movida” contemporánea y una preocupante desenvoltura. No tiene ni idea de lo que dice, pero lo suelta a botepronto, como suelta la prédica el chamán que no puede desprenderse del vudú. La niña del exorcista no lo haría mejor. Así que a ver qué hacemos para solventar este tipo de contingencias, porque los tiempos no pintan bien por la línea del horizonte. Insisto, lo estamos haciendo mal, muy mal. Hemos contemporizado tanto, tanto --¡bah, no vamos a ponernos a su altura!, escuchamos con frecuencia ante casos como este--, que los medios de comunicación han arrinconado el tema taurino hasta convertido en una cuestión recurrente o testimonial. Y estas cosas son difíciles de desactivar, porque el personaje en cuestión no tiene nada que perder… ni que ganar. Ella  misma se define como una friki desordenada  y se presenta como una heroína que se anuncia como “Chica Sobresalto”, toca de oído y compone “de oído”. Más claro, agua: habla “de oído”. No más preguntas, señoría. Eso ha debido pensar, también, la cantante Estrella Morente, hija de quien le diera al cante jondo una voz y un tarab personalísimo, incubados en el templo granadino del Albaicín, que ha tenido la ocurrencia de contestar a las incoherencias de la susodicha como mejor sabe una artista de su talla: cantando. En este caso, un poema de Bergamín que comienza diciendo: Ni el torero mata al toro/ni el toro mata al torero/los dos se juegan la vida/al mismo azaroso juego… Bello detalle de quien, como esposa de torero, se duele al castigo gratuito de una incompetente. Fue un correctivo imprevisto, una sorpresa que dejó medio paralizada a una tal Nía, que compartía escenario con la estrella nuestra para cantar a dúo, con ligero acento aflamencado, el tango de Gardel, “Volver”. Eso mismo habría que hacer con la Tauromaquia en España, volver a los tiempos en que Televisión Española tenía máxima audiencia en las corridas de toros ofrecidas en directo y Radio Nacional de España ofrecía un boletín diario de noticias, había programas de radio nocturnos los domingos y los principales rotativos contaban con una firma de prestigio –discrepancias aparte—en la crítica taurina.  El fallo está en las luchas intestinas entre sectores de la Fiesta que tienen intereses encontrados y en un empecinamiento retrógrado por ver la paja ajena y no la viga propia,  en ese mirar siempre para atrás, en vez de para adelante; pero fundamentalmente, en un abandono de la pedagogía elemental, aturdida entre una maraña de tópicos, dogmatismos y fundamentalismos. ¿Y qué hemos conseguido? Ya ven, que la juventud de esta contemporaneidad tenga una idea de la fiesta de los toros que se acaballa entre lo endemoniado y lo vomitivo. Por eso no crean que monto en cólera ante el discurso falaz de una indocumentada. Ella dice lo que piensa, porque ha recibido un mensaje de fácil calado, y no el verdadero, el que apela al entendimiento, explicando con conocimiento de causa lo que ocurre en el encuentro vital entre dos seres de distinta condición, con la muerte de por medio. Así que doy carpetazo al asunto y me retiro a mis aposentos en medio de un mar de confusiones. ¿Soy un carca? ¿Un nazi? Nada de eso. Me lo acaba de soplar una ministra del nuevo  macrogobierno de mi querido país, una chica  muy maja que le ha puesto las peras a cuarto a la RAE con su estrambótico descubrimiento: adultocéntrico. Eso es lo que soy.