La galga “Liosa”

Soy un pésimo cazador, en el más amplio sentido de la expresión. Tendría la adolescencia recién estrenada cuando  Trifino se empeñó en que le acompañara en un abrasador día de agosto a que fuéramos “a la codorniz” a la hora de mientras siesta, y no quieran saber el desastre que protagonicé;  pero se lo cuento: primero, porque iba perdiendo los cartuchos por el rastrojo. La escopeta, con doble carga de munición, pesaba un quintal y la subía constantemente a la altura  de la canana, con lo cual iba sacando, uno a uno, aquellos cilindros de cartón que encerraban los perdigones,  y después porque sudaba como un perro y no pegué un solo tiro. Bueno, uno, sí… al pobre perrete que nos acompañaba para recoger las piezas. Nada serio, por fortuna para el animalito, pero el disgusto fue enorme. Desde entonces, la caza está vedada para mí.

No del todo, ciertamente. La caza con galgo es otro cantar. O sea, que me encanta. No cazo, pero veo, observo y disfruto. Tengo unos amigos de la infancia que son cazadores empedernidos, y me metieron el gusanillo en el cuerpo cuando, ya mozo talludo y tallado (estaba en la mili,  y vivía en el pueblo, con mis padres), me venían a buscar en los inviernos terribles de Castilla, con una niebla que meaba sin compasión y unas heladas de tiritera. El cazadero era variado, pero me gustaba el de la Vega, por su planeidad y, por tanto, mejor visibilidad. La caza con galgo es de una belleza y una emoción indescriptibles. Sale la libre y salen tras ellas los perros (o perras) como exhalaciones, emprendiendo una persecución de continuo sobresalto. La perseguida, por sus quiebros, requiebros y jeribeques, en un afán desesperado por alcanzar la supervivencia, y los perseguidores por esa picazón biológica que les hace correr con desenfreno, hasta, llegado el caso, morir en el empeño. Siempre me pregunté, por qué los galgos salen disparados tras la liebre ¿Quién les ha impulsado a semejante desgaste físico, a tan desaforada obsesión por alcanzar la presa? ¿Es la liebre enemiga acérrima del galgo, y viceversa, desde la creación del mundo? ¿Viene algo de esto escrito en el Génesis? Todas estas cuestiones jamás me fueron aclaradas. La lógica parece inclinarse por un capricho más de la Naturaleza.

La perorata que antecede viene a colación de una noticia que me ha llenado de “orgullo y satisfacción”, que diría el monarca emérito: la galga Liosa ha ganado el LXXXII (82, no echen cuentas) Campeonato de España de Galgos en Campo. Liosa es de Clemente, apellido de Miguel Ángel, el hijo de Idulfo y Julia, a quienes tenía frente por frente de mi casa, desde que amanecía hasta el anochecer. La galga campeona se ha batido el cobre con los congéneres especialistas más acreditados del país. Y ha ganado. Ha batido al galgo andaluz Escorpión, el otro finalista, y mi pueblo de adopción, Matapozuelos, ha brincado de alegría hasta la pingorota de la torre de la Iglesia de la Magdalena, que es la Giralda de Castilla, por si no lo saben.

Y ustedes se preguntarán, ¿a qué viene este panegírico galguero en una página de toros. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Pues tiene que ver, y  mucho.

Siempre me ha llamado la atención esa extraña conjunción entre la gente del toro y la del galgo. Cuentan que Joselito el Gallo, cazador ocasional en el cortijo de El Cuarto, arrendado por la familia Miura, llevaba la galga al lado de la cincha de la jaca Pandereta, su preferida. También los flamencos: Manuel Torre, cantaor gitano excepcional, analfabeto y caprichoso, llegaba a los saraos donde estaba contratado montado en un pollino y dos galgos a su vera. Los galgos, siempre con él, y si alguien protestaba, no cantaba. Hay muchísimos ejemplos al respecto, de personajes menos “imperiales” que los citados; pero se puede asegurar que, toreros y cantaores, galgueros empedernidos.

La primera vez que tuve noción de la obsesiva afición de los toreros por esta disciplina me la proporcionó Paco Ojeda en Medina de Rioseco, al término del tradicional festival taurino que organizaban los hermanos Peralta. “¡Tienes que darme un galgo de los de tu pueblo!”, me gritó desde la ventana del hostal, donde se cambiaba de ropa. “Vale!”, respondí, sin saber a ciencia cierta cómo me las apañaría. No hubo galgo, en aquella ocasión, pero sí cacería en el pueblo, donde Paco se pegó no menos de ocho horas montado a caballo. “Aquí, en Castilla, las liebres son de gasolina súper; allá abajo, de gasoil”, me dijo refiriéndose a la velocidad y resistencia de las liebres de la meseta  castellana, de lo cual se infiere que los galgos deben estar a su altura.  Hace cuatro años, creo recordar, me llamó por teléfono Ojeda por el mismo asunto. Se vino al pueblo desde allá abajo y se llevó un cachorrillo precioso, después de hacernos pasar un día maravilloso de charla taurina en el bodeguín, con asador, que Josito tiene en su casa. También Espartaco, muchos años atrás, se llevó un ejemplar de pelo barcino (en términos taurinos, chorreado en verdugo), del inolvidable amigo Pepe Román,  que debió hacer carreras espectaculares por las vegas de la Baja Andalucía. El banderillero Ecijano puede dar cuenta de ello.

En Castilla la Mancha, esta disciplina cinegética cuenta con un aluvión de partidarios, muchos de ellos, como los hermanos Lozano –toreros, empresarios, ganaderos de bravo y apoderados de toreros—son de los más apasionados hablando del tema. También me viene a la memoria Manuel Vidrié, con el que coincidí en mi pueblo, o Andrés Vázquez, y no digamos Joao Moura, que tiene los galgos por centenares. Cito a vuelapluma, en la seguridad de que hay mucha, muchísima, gente del toro y del cante involucrada hasta las cachas en la cuestión. La letra de un fandango de Huelva es bien significativa: Quien pega un tiro a una liebre/debía estar condenao/ una liebre se avasalla/ con dos perros acollaraos/ y si se va, ¡que se vaya! Estoy de acuerdo. La escopeta –no es por mi impericia al respecto– me parece una traición. 

En fin, que esto de la caza a campo abierto entre una lumbre hervíbora de orejas enhiestas (la liebre) y un carnívoro fibroso, de hocico afilado, patas de acero y costillar resaltado sobre la fina piel (el galgo), es uno de los espectáculos más apasionantes que conozco. Y de los más veraces. El galgo tramposo, el que con zunas y astucias de trilero no va por derecho tras la pieza, se convierte en un negro baldón para su dueño.

No ha sido el caso de Liosa, de Clemente, es decir el apellido de Miguel Ángel y, por tanto, de su hijo Tomi, impecable instructor y cuidador de tan soberbio ejemplar. La galga que presentó el Club Siete Iglesias, que es el nombre de Virgen Patrona de Matapozuelos.

Liosa, ha formado un lío grande, en las planicies de Madrigal de las Altas Torres, cuna de Isabel la Católica, y el dueño de esta preciosidad canina se ha llevado la Copa de Su Majestad el Rey. Lío grande también, de fiestorro consecuente con la proeza,  en el pueblo de Matapozuelos. ¡Liosa, campeona de España! Ole por los míos, y sobre todo por ti Miguel Ángel, compañero y vecino, con quien tantas veces jugué entre el polvo y el barro de la calle o en la cancha de los improvisados campos de fútbol. ¡Venga ese abrazo, amigo!