De mutuo acuerdo

Entre fríos, lluvias y nieblas, camina enero, que aquí en España es el mes que tiene al mundo de los toros metido en la nevera. Asomas la gaita por encima de la chalina que mediotapa la nariz para  olisquear noticias y te quedas in albis. Nadie sabe nada, todo está en proyecto. El periodismo de toros se las ve y se las desea para encontrar algo de interés que llevarse a la boca de  su portal de la Red, emisora de radio, pantalla de televisión o sección en prensa escrita.

Enero es el mes de la incertidumbre para la información taurina, desde luego, pero también es un generador infatigable de expectativas, esperanzas e ilusiones para quienes hacen visera con la palma de la mano y visaje con las pestañas para ver si ve algo. Y no se ve nada. Son los que están a la expectativa de un impreciso o borroso futuro y los que han empeñado su palabra en aclararlo, en su calidad de hábiles e influyentes gestores, en este último caso, los receptores de una inconcreta promesa que, lejos de alimentar esperanzas mantiene la brumosidad: “no te preocupes, a ver si encuentro un hueco, ya hablaremos”. Esta es la frase habitual del inquirido hacia el inquiridor, normalmente el empresario de alto bordo y el nuevo apoderado respectivamente; aquél, enfrascado en el enredo de atar a las figuras para consolidar el núcleo de sus carteles, y éste en la tarea de cumplir su promesa –por demás quimérica, generalmente–, de instalar a su poderdante en el puesto que merece, es decir,  de encontrar “un puesto donde ponerle”, que es cacofonía sintáctica de uso habitual entre la gente de coleta (postiza) y aledaños. No se trata de un puesto en el mercadillo, sino en el de la “milla de oro” del Manhattan taurino español.

Así se las gastan los nuevos apoderados de aquellos toreros –figuras aparte, ¡solo faltaría!—que terminaron la temporada con la indigestión que provoca el desencanto de la escasez de contratos. Nuevos apoderados y, a la recíproca, nuevos poderdantes que surgen como consecuencia de las rupturas entre toreros y representantes, hecho habitual que tiene lugar todos los años a final de temporada. Se produce y se reproduce entre los meses de octubre y noviembre, cuando llegan las primeras lluvias y se rescatan los últimos soles, como los níscalos en los pinares de Matapozuelos, donde llenaba grandes cestos en mis años mozos, dicho sea sin ánimo de molestar a nadie. La situación (no de los níscalos, sino de los toreros y sus nuevos apoderados) siempre se presenta escenificando una fingida cordialidad en la ruptura de entrambos y un mensaje de felicidad que destilan los integrantes del nuevo proyecto, utilizando los estereotipos de una frase para la despedida, “de común acuerdo”, y otra para la llegada del nuevo compromiso, sellada con  “apretón de manos”. Por lo que a mí respecta, esas manos apretadas que se manifiestan virtualmente como un acto de mutua e inmarcesible lealtad, me produce enorme ternura y, a la vez, una lacónica dubitación. Representan la fe en el encuentro de la “tierra prometida” que, según la Biblia, Dios aseguró para el profeta Abraham o la del “potosí” que Pizarro prometió a los aventureros conquistadores, llevadas ambas al espectro taurino.

En estos días fríos de enero, la cabeza de un buen número de toreros es una fuente de insomnios. De  buenos toreros, se lo aseguro; porque, actualmente, los toreros que “saben torear” completan un ejército de apreciable contingencia. Los ves practicando de salón o en tentaderos y se te abre la boca de admiración. No hay jovencito ensoñador de triunfos y glorias que no mueva las telas de torear con suprema elegancia y exquisito temple. Y no digamos ya los curtidos en cien batallas que se encuentran orillados por causas varias, pero de clase indiscutible. ¿Qué hacemos con tan abundoso material?

La realidad es que, en estos momentos, la tendencia a celebrar festejos está en curva descendente. Véanse los números de sucesivas anteriores temporadas y verán que el panorama es preocupante. Cada vez, menos corridas y un número ínfimo de novilladas. Ésta es la dura verdad; por tal motivo, los del apretón de manos tienen que estar en un sinvivir cuando llega el mes de enero sin que las buenas noticias hagan su aparición con la puntualidad prometida.

Un año más, en enero se empiezan a congelar las ilusiones de decenas de valores contrastados, difuminados u ocultos entre su niebla. En descargo de la gestión de los mentores, diré que no lo tienen fácil. La familia taurina,  numerosa donde las haya, se ve engullida por su propia numerosidad en sus muy variadas vertientes. La proliferación de candidatos es abrumadora, por tanto la probabilidad de hallar el resquicio perseguido, es escasa; pero que nadie pierda la esperanza, porque nunca se sabe dónde está la liebre encamada. Ya ven, vuelve a los ruedos Talavante, acompañado por Joselito, en funciones de apoderado –¡qué “nuevo” más experto– y todavía tenemos fresca en la memoria la exultante explosión de Pablo Aguado. Siempre habrá algún aliciente para nuevos gozos o un “tapado” al que aferrarnos, a pesar de la tenebrosidad de enero.

No echen tantas culpas al “sistema”, resobado término que hace a todo; “sistemas” siempre los hubo y la fiesta de los toros ha vivido momentos de auge y esplendor incuestionables, a pesar de la atávica necesidad de los españoles –más aún de los aficionados a los toros— por practicar la flagelación de lo propio, con ese afán por incidir en la mácula con más ahínco que por reconocer y resaltar lo espléndido.

La autodestrucción –qué cosas– ha llegado a ser una de nuestras señas de identidad.  Eso sí, “de mutuo acuerdo”.