Bordar al torero

A la “Maestra Nati” le han concedido la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Justo y necesario. Creo que es una de las Medallas más merecidas de cuantas otorga el Ministerio de Cultura, ese que el año pasado “se olvidó” del  mundo de los toros. Es un galardón que debe honrar sobremanera a quien lo recibe; otra cosa es que el recibiente responda a los conceptos en que se basa su concesión, esto es,destacar en el campo de la creatividad artística y cultural, algo que la llamada “Maestra Nati” cumple sobradamente.

Habrá quien se extrañe del entrecomillado, pero es que, para quien esto firma, la “Maestra Nati” es, principalmente, la señora madre de quien recibirá el premio, aquella que tenía el taller en la calle Jardines de Madrid, una calle estrechuca que iba desde Montera a Clavel. Creo que era el número 12, primera planta. Allí me perdí una noche madrileña de la mano de Pepe Escamilla, fotógrafo y cameraman de altísimo nivel en aquellos años finales de los 60, con quien realicé mis últimas experiencias “serias” en el periodismo taurino de mi etapa universitaria. Creo recordar que había una especie de fiesta, para celebrar el lisonjero éxito en la plaza Vista Alegre de Carabanchel de un novillero llamado Antonio Pérez (que me perdone, si yerro). El caso es que, entre una patulea de cortes de taleguillas, casaquillas colgadas a medio coser, medias dobladas en cajones, zapatillas alineadas, capotes de paseo y de brega, estoques, muletas, morillas de montera y demás cachivaches propios del lugar, se abrió una clarita en el suelo y aparecieron varios pollos asados –dorados hacía horas y, por tanto, fríos como témpanos--, que nos comimos a mano alzada, sin pan ni nada, y se llenaron unas copitas con el dorado color del vino fino. Apareció también una guitarra, alguien cantó por tanguillos y bulerías y se armó la de Dios en un santiamén. En esas estaba yo, como pulpo en un garaje, mirando y oyendo, entre abrumado y extasiado, cuando salió a los medios Isabelita, irguió su espléndida figura, y dejó escapar de la jaula de sus muñecas el aleteo pajaril de unos dedos prodigiosos. Isabelita, por soleá. ¡La madre que la parió!

La madre en cuestión era, repito, la Maestra Nati, dueña del taller, ausente de aquél desiderátum improvisado, a quien no llegué a conocer; pero con Isabelita, su hija, tuve el placer de coincidir en varias ocasiones. Me fascinaba su belleza y su arte, también el de la confección de ternos de torero, aditamentos complementarios  y utensilios de torear; pero su carácter sencillo, cariñoso, de buena gente de ley, terminó por acendrar en mi interior un sentimiento admirativo y sincero, sin fisuras.

Isabelita se casó con el torero Enrique Vera, almeriense guapo a rabiar, a mayores, actor de cine protagonista (entre otras) de la película Tarde de Toros. Torero de buen corte, entre corte y corte de su ropa de torear enamoró a la bella hija de doña Nati. Se separaron, o se divorciaron, no lo sé ni me importa. Lo que sé es que el hijo de ambos, Enrique, también probó fortuna en los ruedos, pero acabó percatándose de que lo suyo estaba entre tijeras, hilos y agujas.

Muchos años después de la relatada “laborada” (mi madre llamaba así a las fechorías veniales) Enrique Vera-hijo me enseñó los entresijos de su definitiva profesión: sastre de toreros. Pude admirar lo que es trabajar con los cinco sentidos puestos en la tela reluciente y recamados varios. ¿Trabajar? Más bien emplearse a fondo en una actividad artística. Hay que ver lo duro --pero hermoso-- que es bordar con pasamanería, hilo de oro, plata o azabache, con la pupila dilatada de tanto cerciorarse de la exactitud de la puntada, la trayectoria del canutillo, la alineación de las lentejuelas, las muletillas, los hombrillos recargados de rosas y pedrería, con sus remates de bellotas de caramaña, o el mismísimo bordado de una imagen venerada por el cliente en medio del capote de paseo. ¿Acaso no tiene mérito crear arte con el oficio del recamar increíblemente las prendas que se enfunda un ser humano para jugarse la vida, ante miles de personas?

Quien no haya visitado estos talleres y observado con detenimiento la elaboración del producto, no sabe bien el esfuerzo que realizan los sastres de toreros, maestros en el arte de vestir de luces,  y su correspondiente “cuadrilla” de auxiliares. Por si esto fuera poco, hay que “lidiar” con la premura del cliente, el torero que encarga en febrero dos vestidos “para  Fallas”… y  no puedes fallar. O al que no se le acaba de encontrar el punto exacto de “la cruz”, que es el encuentro de la taleguilla en el vórtice de la entrepierna, donde se añade un poquito más de tela para confeccionar la bolsa donde “cargará” los genitales. Estas cosas las aprendí de mi amigo Justo Algaba, que es otro de los artistas que debería tener en el horizonte una próxima Medalla.

De momento, la del año 2019 se la lleva la “Maestra Nati”, que es como Isabelita ha patentado la excelencia de su progenitora. Ignoraba que su segundo nombre fuera Natividad, pero me parece una gran idea que haya querido inmortalizar esta Marca España.

No sé por qué, me da la impresión de que Isabel Natividad García Frutos (nombre que figura en el carné de identidad de la premiada) es reticente a que le recuerde con el diminutivo que tanta veces he citado, pero ella me sabrá disculpar, porque no puede dudar del afecto que le profeso y porque sabe que todas estas citas –anécdotas incluidas—son fucilazos gratificantes que permanecen perennes en mi memoria.  Nos hemos encontrado últimamente y siempre la he llamado por el nombre con el que más la identifico: Isabelita. Si prefiere el de "Maestra Nati", que me perdone esta maestra de maestras.

Mira, querida Isabelita: Si bordar es el arte de la ornamentación por excelencia, bordar la ropa de torear es el arte de bordar al torero. Ellos, los toreros, frente al toro bordarán el toreo; pero tú, tu familia y tu gente, lo bordas con el patronaje clásico de tiza, regla, plantilla y cartabón, siempre a costa de un trabajo ímprobo que consume vista, pero  nunca acabará con el talento. Bien mereces este grandioso premio, Isabelita, Maestra Nati. Tú siempre lo has bordado.