Un “pecador” en el confesionario de Acho

Picando en el teclado de ese ordenador de bolsillo que es el Smartphone (pequeño diablo celular que ya forma parte de la cotidianeidad de nuestro indumento), me aparece en pantalla la sorprendente alocución de un empresario taurino que con voz serena y verbo claro, pide perdón al público, a los aficionados, a sus clientes. El hecho, por insólito, me deja atónito, ojiplático, que diría un cursi de la  nueva progresía. No entra dentro de la normalidad. Se nota en seguida que es una declaración espontánea, reflexiva, de humildad no fingida. El protagonista de este comunicado, por vía oral y ante una cámara de video, se llama Pablo Moreno Valenzuela, el rostro visible de una organización empresarial mexicana llamada Casa de Toreros que este año ha compartido gestión con otra peruana titulada Consorcio Perú, responsables ambas de la confección de la feria taurina Señor de los Milagros, recientemente celebrada en Lima, la capital de Perú; un ciclo de toros de asolerado prestigio que este año ha constituido un fiasco absoluto, por los paupérrimos resultados registrados.

Pedir perdón pública y voluntariamente, asumiendo un error, es uno de los gestos más hermosos que el ser humano puede hacer en esta vida, de ahí que su infrecuencia, cuando se rompe, debe ser digna de loa y respeto, si queremos ser consecuentes con la dificultad que entraña. A ver quién es el guapo que en semejante tesitura inclina la cabeza y se ofrece al rapapolvo sin  pestañear. Lo normal es buscar excusas, escurrir el bulto o echarle la culpa al empedrado tras el tropezón.

Moreno Valenzuela se ha puesto ante la cámara para culpabilizarse del desaguisado, aunque supongo que también habrá de compartir culpas, en la proporción correspondiente, la empresa peruana asociada con la suya; pero el hecho fehaciente es que quien ha dado la cara es el mexicano. Y lo ha hecho con una serenidad que se asemeja –salvando las distancias—a la que imponía a los niños don Abilio, el cura de mi pueblo, cuando nos predicaba que había que ir a confesar, porque el pecador “no ha de tener miedo a reconocer su culpa”. Y es lo que ha hecho el licenciado Moreno, que dirían sus compatriotas: meterse en el confesionario de Acho con absoluta resolución, reconociendo lo malo que le atañe, abjurando de ello, y anunciando la indomable decisión de ir a la búsqueda de una buena nueva.

Por tanto, esta descubierta sin ambages, esta decisión de no escurrir el bulto, me ha recordado algunos preceptos del sacramento de la penitencia que nos metió en la cabeza a los colegiales otro cura (hoy va de curas la cosa), un presbítero de la Colegiata de Medina del Campo, llamado Gaspar (don), el nombre también de aquél jesuita del siglo XVI, apellidado Astete y autor del Catecismo que llegó a ser una especie del vademécum del buen cristiano. Me acuerdo de los tres primeros: examen de conciencia, contrición de corazón y propósito de la enmienda.

Ignoro la religión que profesa (si profesare alguna) el citado empresario mexicano, pero en su alocución parece que practica los citados preceptos porque reconoce que la elección del ganado peruano fue un error mayúsculo, lo siente en el alma y garantiza un golpe de timón para enmendar tan flagrante error. He aquí al pecador arrepentido en su diáfana expresión.  ¿Es o no es una confesión a la usanza cristiana en toda regla?

Si los eufemismos tuvieran pesos o medidas, Pablo Moreno comienza con uno ciertamente de escaso tamaño, pero que invita a la sonrisa: la del Señor de los Milagros de este año, dice, fue una feria “atípica”. Hombre, “atípica” es una cucharadita de azúcar a la taza de un café que fue bien amargo. El pasado ciclo taurino fue lo que se conoce en términos taurinos como un petardo. Ello no empece la congratulación que merece el examen de conciencia y la contrición de corazón que reporta.

El propósito de enmienda es, de momento, tan rotundo como esperanzador. Afirma el Presidente de Casa de Toreros que su empresa ya está en contacto con siete ganaderos españoles para comprar corridas de nuestro campo bravo y confeccionar con ellas una feria de 2020, que va a acabar con el cuadro, o algo así. A la vista del desastre ganadero anterior, parece la solución más lógica. Ahora bien, para llevar ganado de acá hasta allá hay que plantearse una inversión no solo económica, sino también de logística e infraestructuras. Los toros, por supuesto, han de viajar con mucha antelación, instalarlos en el hábitat adecuado y ser manejados por gente experimentada, contar con bajas imprevistas (no reemplazables fácilmente) y garantizar su inviolabilidad (espero que esto se entienda). Todo ello, contando también con la comprensión de los propietarios de la cabaña brava peruana, inevitablemente heridos en su amor propio, si se lleva a total efecto (siete corridas son el completo de la feria) la compra de ganado foráneo, en este caso, español.

Tampoco se crea que lo de aquí está para echar cohetes, pero es indudable que hay una baraja de ganaderías en un momento excelente, y las figuras del toreo (Andrés Roca Rey, entre ellas) las conocen a la perfección. Si en verdad se va a llevar a efecto esta decisión, será un ciclo de toros que tendrá expectante a todo el mundo taurino.  La del Señor de los Milagros es una feria de altísimo prestigio, y la de Lima una afición extraordinaria. “La Sevilla de América”, le llaman.

Y todo esto, esperemos que para bien, acontecerá en uno de los escenarios más emblemáticos de la capital peruana, ubicado en el entorno del Rímac, entre el Puente y la Alameda: el más que bicentenario coso de Acho, la flor de la canela taurina de Hispanoamérica, el santuario lúdico en que se ha instalado un confesionario, ante cuya rejilla se ha postrado humildemente Pablo  Moreno Valenzuela, para pedir perdón. Por eso, ante la imagen de un pecador cumpliendo la penitencia de su arrepentimiento, uno no puede por menos que rendirle pleitesía y hacer un ejercicio de indulgente benevolencia. Ni siquiera conozco al señor Moreno, pero su noble gesto merece que el Señor del Perú cristiano se lo premie con un ciclo de toros de relumbrón, que para eso es el de los Milagros. Pecadores –quién lo duda– somos todos.