El pelo del invierno

Aquí, en Valladolid, al frío que deposita el invierno en otras zonas geográficas más meridionales, le llamamos “fresco”. Dícese por estos lugares mesetarios que a los vallisoletanos nos trae al fresco que haga frío durante los últimos  meses del calendario, porque tenemos el cuerpo hecho a la bajura del  termómetro y nos aclimatamos en seguida a la nieve, la lluvia más fría que la madre que la parió y, sobre todo, a  esa otra bajura de las nieblas meonas y su carga de gélida humedad, una pesada manta que no deja ver ni huevo a dos palmos de distancia, porque empaña el cristalino de la vista, además de dejarte la cara como una albóndiga a medio guisar. Las nieblas de por acá podrán acarrear una novelesca carga de misterio, pero atraviesan el filtro (o el fieltro) incluso de la piel lobuna y se cuelan hasta el tuétano de los huesos, para qué nos vamos a engañar. Y como no les engaño, aún a costa de abjurar de uno de los valores que me otorga el terruño y –lo que es más grave– defraudar el prurito que abanderan mis paisanos, hago de paso una confesión de facto: habré nacido “en el mismo Valladolid”, pero en cuestiones de frío (o de “fresco”) soy un cagueta. Ya en estos primeros días de diciembre voy por la calle envuelto en ropajes, con más capas que una cebolla. No me pasan ni las balas. Y ustedes me dirán, ¿qué nos importan sus aversiones y su indumentaria? Y, sobre todo,  ¿qué tiene que ver el frío con los toros? A mi entender, mucho.

Desde tiempos inmemoriales están en franca contradicción. La historia refiere que los toros llegaron a la vieja Iberia por dos vías de penetración: la continental de las tierras indoeuropeas (la más creíble, más lógica) y el litoral mediterráneo de las montañas del Magreb (la versión mitológica, menos lógica). Fue pasar el toro por las crestas de los Pirineos y una  parte apreciable de esos bóvidos feroces –los más lanudos, hoscos y ásperos, acostumbrados a los rigores climáticos– se afincó por allí, en la montaña, adonde el hombre comenzó su aventura venatoria para cobrar de entre la fauna animal una de las piezas más codiciadas, por la calidad de su carne y su tamaño. Tierras abajo, algunos toros se quedaron a la abrigada de las riberas de los ríos, desde el Órbigo y el Esla (que con tanta minuciosidad como brillantez ha referido Manuel Fernández del Hoyo) hasta el Jarama y más allá del Tajo, todos ellos desparramados en las llanuras mesetarias. ¡Menudos toros difíciles de domeñar debieron ser los castellanos!, unos, asentados en las llanuras pinariegas y marismeñas del Raso de Portillo, otros, en las arideces peladas que tangentean el Campo de Montiel. Y, en medio, los llamados “toros de la tierra”. De la tierra madrileña de Colmenar. Pepe Hillo no quería verlos ni en pintura, hasta que uno de ellos (de Peñaranda de Bracamonte) se lo llevó por delante.

Lo cierto es que el toro primigenio decidió agruparse en grandes rebaños en las tierras de Extremadura y la Alya y Baja Andalucía. Por algo sería. Eran otras llanuras más confortables, unos cielos más azules y unos ambientes más cálidos; y dejo apartadas –un aparte para nada discriminatorio, que nadie se mosquee– las de Salamanca, frías donde las haya y específicamente recogidas en la Castilla más occidental, porque la Historia de la Tauromaquia no contempla su preponderancia en el apartado ganadero hasta finales del siglo XIX.

Todo esto, obvio es decirlo, se refiere exclusivamente a los toros bravos, a los de lidia, a los que fueron base principal de un ejercicio ecuestre y nobiliario y acabó convirtiéndose en un arte maravilloso, privativo de nuestra idiosincrasia y nuestra cultura: la fiesta llamada “de los toros”. Nada que no  tenga raíces o reminiscencias ibéricas puede adjudicárselo, ni nadie en el mundo que no cumpla estos requisitos raciales y  antropológicos puede practicarlo con una mínima garantía de éxito. Así de claro.

Sin embargo, no me resisto a incidir sobre la influencia negativa de los fríos del invierno en la crianza del toro bravo. ¡Lo he visto tantas veces! Especialmente llamativa  es la escena de los que se hallan refugiados de la ventisca junto a los troncos centenarios de las encinas en las dehesas de Salamanca. He visto temblequear a toros fornidos, de mirada lacia y cabizbajos. He asistido –a prudente distancia– a partos sobre la nieve, que será muy llamativo y cinematográfico, pero debe tener un punto de crueldad, especialmente para el recién nacido. “¡Vaya panorama que hay aquí afuera! ¡Con lo calentito que estaba en las entrañas de mi madre!”, diría el becerrillo, en caso de que hablara. No hace falta. Se le ve medio desvalido, agradeciendo los lametones de la recién parida, enroscado en sí mismo sobre la nevada. De estas escenas, el que mejor podría dar detalles es Antonio Bañuelos, que cría sus toros bravos en el páramo de Masa, tierras de Burgos arriba. Podrán decir que es ley de vida, que en seguida los animales se habitúan a la inclemencia ambiental, pero… a mí nadie me quita de la cabeza que esto del frío invernal debe ser fatal para todo bicho viviente, humanos incluidos. En tiempos no demasiado lueñes, los lazaretos del campo bravo estaban llenos de víctimas de la perniciosa influencia del termómetro, cuando desciende a números negativos.

Los toros de allá abajo, Despeñaperros p’allá, están en mejores condiciones ambientales. Donde va a parar. Allí los inviernos son primaveras, dicho sea desde el punto de vista de los de aquí arriba. Es lo del frío y el “fresco” a que hacía referencia. Probablemente la temperatura no influirá en el carácter o el comportamiento del toro cuando llega el momento clave de su lidia, pero hay que tener en cuenta que esta se produce en los días más calurosos del año. Así y todo, la culpabilidad del frío es bien visible en el aspecto que presenta el toro en las primeras corridas del año. Se afea su arrogante estampa. Trae la piel con unas greñas francamente antiestéticas. “Es el pelo del invierno”, se dice. Claro que, en algunos casos y en algunos cosos, como los de Ajalvir y Valdemorillo que celebran sus festejos taurinos cuando el general invierno todavía no se ha planteado la retirada, también los espectadores van abrigados hasta las trancas. Es el “pelo del invierno” de la gente de a pie. La que es friolera de nacimiento. Que me lo digan a mí.