Caballero, otra vez

La sangre de este Caballero me ha vuelto a impresionar, esta vez en la lejanía del eco que transportan los muy diversos soportes informativos, que bombardean la actualidad por tierra mar y aire. Mientras regreso de Zaragoza, en pleno declive diurno del día de El Pilar, abro una clarita para reponerme de la cansera del viaje por carretera y abro, también, esa ventana indiscreta llamada “móvil” o “celular” que nos esclaviza –me temo que ya irremediablemente— hasta la extenuación y la noticia me salpica brutalmente: el torero Gonzalo Caballero ha sido herido muy gravemente en Madrid. Otra vez. En la plaza de las Ventas. Otra vez. Al entrar a matar al toro. Otra vez. En el muslo izquierdo. Otra vez. Demasiadas “otras veces” en tan poco tiempo, porque hace apenas cuatro meses ya apareció la misma secuencia, en el mismo sitio y a la misma hora. No hay derecho a tanta cerrilidad en la búsqueda de la tragedia. No hay derecho, sobre todo, a esta cacería impenitente de la misma pieza. No hay derecho.

En la fiesta de los toros, muchas veces (demasiadas) olvidamos que la muerte tiene permanentemente reservado un asiento en la Plaza. Y los más olvidadizos somos, probablemente, quienes nos dedicamos a la información taurina, porque lo habitual es que el festejo se desarrolle dentro de una razonable normalidad, lo cual nos obliga a atenernos al resultado y a ejercer un juicio crítico sobre el mismo. Enjuiciamos desde la plácida soledad que ilumina la pantalla de un aparato cibernético o de la potestad sonora que nos otorga la cercanía de un micrófono. Escribimos, taca-taca-taca-taca, con absoluta tranquilidad, pagados de nosotros mismos, dejando que el corrector automático zascandilee en busca de errores sintácticos u ortográficos, para encubrir el lastre de ignorancia que invade en este aspecto al periodismo de nuevas generaciones y acaba por infectarnos –¿por mimetismo?—a los veteranos que lo llevábamos a rajatabla. Hablamos, bla-bla-bla-bla en la radio, la televisión o en el diabólico smarphone de bolsillo que forma parte de nuestro indumento cotidiano y opinamos solemnemente sobre lo que ocurre o ha ocurrido en el ruedo como oráculos de la modernidad, amparándonos en ese sagrado derecho –tantas veces prostituido—que llaman “libertad de expresión”. En cualquier caso, no echamos cuenta de que ese asiento invisible del graderío está ocupado. Tiene abono. No lo percibimos porque, afortunadamente, casi siempre se va de vacío, sin haberse cobrado la víctima propiciatoria (el torero), aunque lo intente de forma persistente a través de su mejor aliado (el toro), que tira tarascadas, propina volteretas o hiere de mayor o menor gravedad.

Ayer, en Las Ventas, Gonzalo Caballero volvió a ser prendido cuando ejecutaba le suerte del volapié, la más comprometida, la más riesgosa de las suertes de la tauromaquia de todos los tiempos: la Suerte Suprema. Le volvió a coger el toro cuando aún no había soltado la empuñadura del estoque, envasado hasta las cintas en el morrillo del cornúpeta. Y es que Gonzalo se tira a matar con una rectitud que escalofría, trayéndose hacia sí mismo la cabeza del animal y con la vista clavada en las péndolas que bordean su espina dorsal. Mata sin miedo a morir. ¡Qué angustia produce ver en semejante trance a este Caballero! ¡Madre del Amor Hermoso!…

Ayer, en Madrid, le volvió a cazar un toro sin que se llegara a consumar la suerte, sin que “vaciara” la embestida hacia el costillar contrario que las “normas” exigen, dirán los amantes de la ortodoxia, los peritos de escuadra y cartabón, los especialistas del tiquismiquismo. No saben todos estos que a Gonzalo Caballero las “normas” le resbalan. Quiere vencer en el duelo mirando  a los ojos del  enemigo, no preparando la fuga en pleno ataque. Gonzalo no ha leído a Pepe Hillo, ni a Paquiro, ni a Guerrita, porque entiende que en el toreo la literatura es papel mojado, que no hay comparación entre los movimientos de evasión que liberan al torero y el tic-tac de un corazón que se satura de emociones. Esas deben ser sus reglas. No le den vueltas. Algunos toreros no entienden de vulnerabilidad.

Me dicen que Gonzalo Caballero está ingresado en un hospital madrileño, en cuidados intensivos, porque las heridas son de suma gravedad. El toro le infirió dos cornadas de 30 y 25 centímetros, destrozando la parte alta del muslo y seccionándole la vena femoral. Es un muslo que debe estar mermado de mucha consideración, porque son demasiadas heridas punzantes de cuernos e incisas de bisturís que cortan un pelo en el aire. Demasiados bypass en la ligadura de los vasos sanguíneos seccionados. Demasiados drenajes. Demasiadas cicatrices sobre cicatrices… Demasiado castigo en un mismo cuerpo. Estoy convencido de su recuperación, pero no tanto de las secuelas síquicas que la brutal y persistente carnicería en el espacio físico del torero puedan anidar en el estado anímico del hombre.

Es sobradamente conocida la relación afectiva –no entro en puntualizaciones—de Gonzalo con Victoria, la nieta del rey emérito don Juan Carlos de Borbón, y doy por hecho que algunas publicaciones ofrecerán extensa información acerca de estos vínculos del torero con la familia real española. Es natural. Irán a verle al hospital algunos de sus miembros, incluso velarán su muy deseado restablecimiento. Estas cosas impresionan mucho a buena parte de la opinión pública. A mí me impresionan más las imágenes de la cogida, cuando el toro le cuelga del pitón derecho, le campanea y le vuelve a cornear en el aire y en el suelo,  y cuando el muchacho se encoge doliéndose ostensiblemente de la parte afectada y deja un reguero de sangre sobre la arena de de Las Ventas. Había brindado la faena y muerte del toro de Valdefresno a don Máximo García Padrós, el célebre cirujano de esta Plaza Monumental de Madrid que le atendió en la enfermería, tras el grave percance del pasado mayo.

A buen seguro que cuando este Caballero indómito llegara a la enfermería, desguazado físicamente, pálido y exánime, y le tendieran en la camilla de reconocimiento, el bueno de don Máximo se echaría la mano a la frente y rumiaría por sus adentros: ¿Otra vez aquí, Dios mío?…