Jorge Isiegas, buenas sensaciones

 

¡Y luego dicen que no va gente a los toros! Ayer, En Zaragoza, a eso de las cinco en todos los relojes, los aledaños de su vetusto coso taurino eran un hervidero de humano que se arremolinaba junto a su rocambolesca fachada para ir entrando, poco a poco, gota a gota, al interior de este formidable recinto que el inolvidable Arturo Beltrán convirtió en espacio confortable para el público y válido para practicar el arte del toreo. Se dice rocambolesca no como definición de un estilo arquitectónico sino como calificación gratuita –fuera de norma–, dada su enrevesada, abigarrada y abstrusa mezcolanza de floripondios, arcadas, ménsulas y colorines. Pero es una belleza, se lo aseguro. Pues bien, ayer tarde, este magnífico y añoso edificio que hace más de dos siglos –245 años, tiene la moza—mandó construir el prócer aragonés Ramón de Pignatelli, estaba a reventar de público a un par de minutos de que sonara el clarín. Llenazo…. y calorazo, porque la cubierta a medio abrir convertía a esta Plaza en un cocedero que hacía borbotear el sudor del más gélido de los cuerpos que allí se aposentaran. Cerca de mi localidad, cuatro de esos cuerpos se apretujaban entre sí, visiblemente preocupados. Parecía que no les llegara la camisa al cuello. Eran dos adultos y dos jovencitos, dos hombres y dos mujeres, miembros de una misma familia, padres y hermanos del torero que acaba de asomarse en solitario al ruedo para recibir ese otro calor que tanto alienta y sublima a quienes afrontan una responsabilidad desconocida. Viste de blanco y oro, se llama Jorge Isiegas y es aragonés de pura cepa. Va a recibir la alternativa.

Debo declarar que no le perdí ojo a la señora, y les aseguro que la joven madre pasó por estados anímicos radicalmente diferentes, siempre centrados en la situación a que se ve abocado su hijo, apretando en su mano una medallita de la Virgen del Recuerdo, según pude recabar, ya bien finalizada la corrida. ¿Qué piensa una madre cuando es testigo presencial del hecho que protagoniza su hijo, en trance de jugarse la vida ante un ser irracional y ante miles de ojos que le acechan desde alturas bien diferentes? No alcanzo a descifrarlo, pero debe ser algo tan agrio como dulce, tan tenso como emotivo, tan contradictorio como hermoso. En esas estábamos cuando el público se puso en pie ante el desmonterado muchacho y sonó una ovación rotunda, unánime, de alto voltaje,  con la que estas buenas gentes de la capital de Aragón querían manifestar el favor y el fervor irrenunciable hacia un torero de la tierra, uno de los suyos. Veinticuatro años de ilusiones, sueños y quimeras, bien apretados en un traje de luces, recién estrenado.

En esas estábamos cuando salió el toro. El de la alternativa. Un toro colorado herrado con el marbete de Núñez del Cuvillo, bien conformado de cuerpo y generosamente armado. Serio, el toro. Jorge Isiegas  lo toreó a la verónica con soltura, esgrimiendo su buen concepto del toreo clásico, procurando calmar el picoteo de su sistema nervioso. La madre del torero no pestañeaba, respiraba con jadeo y aplaudía con frenesí. Su rostro delataba ansiedad, un deseo de que aquello acabara pronto, pero sobre todo que acabara bien, en todos los sentidos. Lo cierto es que la lidia de este primer toro de la corrida transcurrió entre la euforia del público, que estaba en sintonía con la madre del torero. Una euforia justificada, porque tras un tercio de varas cumplidor, el cuvillo se empleó bravo y noble ante los capotes, acudiendo con alegría al cite de los banderilleros, que lo bordaron, con dos pares soberbios de Juan Carlos Rey y otro del paisano Jesús Arruga, que ha echado una temporada extraordinaria. Después de la ceremonia de la alternativa, coprotagonizada por El Juli y Paco Ureña, el nuevo doctor –toricantano, ya saben—se empleó a la tarea de soltar los nervios y torear al noble toro con un plausible entusiasmo, pero evidenciando unas dotes de torero cuajado que no por esperadas dejaron de sorprender. Este Isiegas parece que conoce perfectamente el manejo de los utensilios de torear, y compone las suertes con una mezcla de limpieza, temple y garbo que acaba por desembocar en lo que considero su mejor virtud: torería. Realizó una faena larga. Demasiado larga, a mi juicio, pero comprensible en quien quiere disfrutar de una ocasión única, trascendental para el devenir de su futuro; le dio muchos pases al toro, porque el toro tenía un amplio caudal de nobleza, y me complace destacar que algunos de ellos –como los de pecho—tuvieron empaque de torero caro. Remató su primera labor como matador de toros matando de una estocada algo caidilla, pero letal, y los tendidos se poblaron de pañuelos. Le concedieron una oreja y le pidieron la segunda. Si por su madre hubiera sido, le conceden hasta la tercera. Es natural. Después, el toro de la jota salió con el paso cambiado. Fue, con mucho, el peor de la corrida, porque fue, también, el más avieso. En este toro se pudo ver la capacidad del joven torero para solventar una dura papeleta, porque el bóvido no quería embestir y quería coger. Lejos de perder los papeles y andar a la deriva, este Jorge Isiegas se movió por el ruedo con sereno desparpajo y le plantó cara al avieso cuvillo con una clarividencia –y un valor—que hacen concebir fundadas esperanzas a la fiel parroquia aragonesa de que pueden contar en su nueva y primordial etapa.  Hay torero. Lo que hace falta es que, de aquí en adelante, haya suerte.

En lo tocante al juego del ganado la corrida decepcionó. El lote de El Juli, compuesto por un toro de seis años (sí, seis, aunque supongo que la hoja de su  documentación reflejaría que los hubiera cumplido más allá de este 11 de octubre); un toro extraño de hechuras, que una clara contradicción en su anatomía: anovillado de cara, degollado de papada, sin morrillo y con un resto de cuerpo largo y barrigudo, que parecía una vaca a punto de parir. Pero se mostró bravo y alegre, embistiendo con largueza y eso que llaman los neoprofesionales de todo esto “calidad”. Eso sí, transportaba 644 kilos y tenía las pezuñas delanteras afiladas como cuchillos y “talonadas”, según Esplá.  Esto hizo que, poco a poco, fueran mermando sus facultades, al punto de negarse a embestir después de las dos primeras tandas de muleta. También a Julián le decepcionó este toro, cuya faena había brindado al público, y lo mató de una estocada saltarina. Peor fue el cuarto, descastado y cobardón, que no tuvo un pase decente y murió de pinchazo y estocada. Una tarde adversa en el lote para este torero, al que hace ya muchos años le vi cortar un rabo en esta Plaza a un toro del mismo hierro.

Paco Ureña entró en el cartel sustituyendo al lesionado José María Manzanares. No se devolvió un solo boleto y Paco se justificó ante el mejor toro de la corrida (cinqueño y galopón, tercero de la tarde) con una faena de largo metraje, en la que intercaló algunos muletazos tocados por ese personal trazado que imprime este torero: compás muy abierto, ceñimiento y mando. Media estocada  caidilla y delantera fue suficiente para que los pañuelos salieran al aire y la oreja fue a aparar a sus manos. El quinto, que también tenía buen tranco, fue banderilleado con lucimiento por Agustín de Espartinas y Azuquita, después de que Isiegas le bordara un quite por faroles invertidos. Esta vez la faena de Ureña fue tan larga como intermitente de calidad. Falló con la espada y escuchó un aviso.

Cuando la corrida acabó la gente salió a la calle con el semblante radiante, complacida por la actuación del nuevo valor de la tauromaquia zaragozana.  Se llama, recuerden, Jorge Isiegas y  causó las mejores sensaciones en el día de su alternativa. Ah, y tiene una madre y una Virgen que le protegen. Así, cualquiera.