El toro que no quería salir

El toro Madroño no quería salir. Estaba reseñado como quinto de la tarde, que debería ser el “bueno”, según el orden que imponían los ganaderos de antaño, pero este Madroño, de Adolfo Martín, se hacía de rogar. Asomaba la gaita, miraba  a diestra y a  siniestra, arqueaba su rabo macizo y nervudo  y en seguida volvía grupas hacia el pasillo de toriles. Así, hasta tres veces apareció en el ruedo y desapareció rumbo a las umbrías de chiqueros este toro remolón, entre la hilaridad del público y la preocupación de los toreros. A esas alturas de la tarde, fue lo único que rescató del marasmo a las casi veinte mil almas que poblaban los tendidos de Las Ventas. Por fin, Madroño, decidió abandonar la pequeña mangá que flanqueaban dos portones de recia madera y apareció en el ruedo luciendo al completo la inmensidad de su anatomía, una caja que albergaban casi 600 kilos de carne, tejido adiposo, músculo y hueso, repartidos desde la mazorca del cuerno a  la penca del rabo. Era Madroño un toro más serio que madre que lo parió, cinqueño, de mirada torva y negra, que daba miedo ver hasta en la prudente lejanía. Sus primeros pasos sobre el ruedo denotaban una inquietud precautoria, como si temiera lo peor. “No me gusta un pelo este ambiente” debió pensar el negro toro mientras se movía pesadamente en terrenos del 2. Precavido también salió a su encuentro el torero Domingo López Chaves y le ofreció el capote, sintiendo de cerca el bufido del animal, mientras acometía desordenadamente a la tela rosa, llenándola de babas. Pasó un verdadero quinario el diestro salmantino, hasta que se hizo con el gañafoneo del toro de Adolfo y lo llevó a los medios bregando esforzado, más que toreando aplomado, y lo dejó allí, a la espera de que Jesús Talaván tomara el relevo en la función que le compete en este turno de la lidia. Ahí terminó una de las pocas secuencias que merecen llenar de letras los 24 párrafos que acabo de teclear sobre la pantalla del ordenador. Imagínese el lector cuán plomiza y desabrida fue la corrida que cerró el ciclo de la Feria de Otoño de Madrid.

La mansada que Adolfo Martín Escudero envió a la Monumental de la capital del reino de España fue de aúpa. No se salva ni uno de los seis toros que desenjaularon en sus corrales, va para tres días. Ni uno. Si el ganadero fuera de los que se agarran al clavo ardiendo de tal cual arrancada, de la pelea en el caballo de algún toro o a la impericia de algunos toreros, para justificar un fracaso en toda regla, se estaría haciendo un flaco favor a sí mismo. Adolfo, no es de esos. Adolfo sabe mejor que nadie lo que sus toros hicieron en el ruedo; por eso le vi salir de la Plaza apesadumbrado, deprisita, sin dar opción a los oportunistas de rigor. “Hoy no ha habido suerte”, suelen decir estos embusteros piadosos; pero la tozuda realidad es que todos perdimos. Los toreros, una oportunidad largamente buscada y los aficionados, una tarde familiar y reposada o una siesta de pijama y orinal.

A mayores, la corrida tuvo una muy deficiente presentación, con desequilibrios  de báscula y aspectos bien poco agraciados. Ya el primer toro de la tarde ofreció la clásica estampa del toro que antaño se corría en las calles del pueblo, por los días del santo o la virgen que devocionaban los lugareños. Los cuernos apuntaban en direcciones contrarias, al este y al oeste, o al norte y al sur, según se oriente la aguja copernicana. Un adefesio de toro. El segundo, escurrido de carnes de pitón a rabo, el tercero un cinqueño moruchón, pareció más  corpulento por el recuerdo de las “raspas” anteriores, el cuarto un cardenito anovillado y el sexto un toro acarnerado que lucía dos pitorros por cuernos y era más feo que Picio. Todos ellos de romana absolutamente descompensada, en algunos casos con diferencias de más de 100 kilos de peso.

A todo esto, agréguenle un comportamiento de absoluto descastamiento, ofreciendo embestidas ralentizadas y con la cara alta que parecían portar la pócima de la antiemoción, cortando el viaje en el centro de la suerte o mirando arteramente al torero como si fuera una pieza de caza codiciada. Solo el cardenito que se jugó en cuarto lugar ofreció algunas embestidas por el pitón izquierdo, todas ellas de nobleza amuermada, pero  nobleza al fin y al cabo, y el sexto pareció moverse con un punto de vivacidad, hasta que echó el freno definitivamente. El resto, parecían reos de su fatal destino a quienes les habían impuesto la dura pena de obligarse a acudir a las telas de torear, tal era el remoloneo que desprendían sus perezosos andares.

Por todas estas cosas, los toreros salieron de las Ventas con un rictus de contrariedad, además de un cabreo de mil diablos. Curro Díaz, esperado siempre con ilusión, por la calidad de su toreo, solo pudo escenificar algunos pases naturales de apreciable largura y templanza. Lo demás fue un debatirse entre la inoperancia por falta de material propicio y la fatalidad por la negrura de su suerte. Por lo menos, en esta ocasión estuvo eficaz con la espada. Manuel Escribano se fue dos veces a porta-gayola, las dos con una lujosa puesta en escena y el riesgo evidente que comporta hincarse de rodillas para farolear a lo imprevisible. Esta vez, salió más o menos bien parado de la situación. Imposible con el moruchón tercero, que le hizo pasar un mal rato en banderillas y en la faena de muleta y valentón con el sexto, hasta que el toro de la cara fea se puso gazapón insoportable y se lo cepilló de una estocada. Entre medias, Domingo López Chaves se estrelló frente al motor gripado del segundo de la corrida, al que llegó a darle fiesta –moderada, eso sí—por ambos pitones, en un alarde que demuestra su estado de torero en plena sazón. Apetece verle la próxima temporada. El grandullón que no quería salir no le quitó ojo desde que se decidió a romper hacia las soledades del ruedo de Las Ventas, pera dejar bien clara su condición de toro reservón, que se quedaba a media arrancada, con el hocico sobre las zapatillas del torero. Lo mató Domingo de pinchazo y golletazo paletillero. El toro que no quería salir, no merecía otra cosa.