Uno de Talavera que apunta alto

Talavera, al ataque, sí señor. La feria de Otoño de Madrid ya tiene el primer triunfador. Es novillero, se llama Tomás Rufo y tiene sus veinte julios recién cumplidos. Un mozo que venía avisando durante todo el verano en esta Plaza de Las Ventas, que es fortín inexpugnable para la mayoría de los jóvenes valores de esta vacilante Tauromaquia contemporánea y, sin embargo, es algo así como pan comido para este talaverano que nos ha dejado con la boca abierta a quienes solo le conocíamos por referencias. Buenas referencias. “Hay uno de Talavera que apunta alto”, fue para el que suscribe el único dato que manejaba nada más sentar las posaderas en el mullido de la almohadilla que nos protege de la dureza y el calorcillo reconcentrado de la piedra de Colmenar de los tendidos.

El caso es que la novillada telonera de esta feria partida por gala en dos fines de semana largos, fue un prólogo bien brillante, en buena parte por el excelente juego de cuatro de los seis novillos que trajo a Madrid Ricardo Gallardo. O sea, notable alto para el ganadero, con sobresaliente para el jugado en quinto lugar, un burraco con hechuras de toro que dio un extraordinario juego en los tres tercios de la lidia. Bravos y encastados (con los matices de rigor) y más que cumplidores en varas, los tres primeros, mansote a la defensiva el cuarto y malaje topón, con ganas de coger indisimuladas, el que cerró el festejo. De lo anterior se deduce que el mejor lote de los fuenteymbros de Gallardo cayó en manos del novillero que despertaba, a priori, las mayores expectativas, es decir, Tomás Rufo. El de Talavera.

La suerte es así de caprichosa, pero también premia a los aficionados  impenitentes que tienen el ocio permanentemente domiciliado en estas Ventas del Espíritu Santo, ya sea para asistir a ferias de alto bordo o festejos de verano, y a su rebufo a quienes el nomadeo itinerante de la temporada nos desplaza –con mayor o menor frecuencia—hacia las afueras del “foro”.

Por tal motivo, me complace resaltar la actuación de este muchacho, casi barbilampiño, que ayer tarde toreó como dios en Madrid. Ya avisó en el primer novillo de su lote, segundo de lidia ordinaria, replicando visiblemente “picado” al quite por gaoneras, escalofriante y angustioso, de Fernando Plaza con otro por el mismo palo, bien que menos lucido, lo cual sirvió como abrupta declaración de intenciones: no estaba dispuesto a que, esta tarde, nadie le ganara la partida. Y nadie se la ganó.

La faena a ese segundo novillo, estuvo fundada en el reposo, la firmeza, el temple y el mando, porque todas ellas son virtudes indispensables que hay que desplegar cuando el torero se encuentra ante un toro bravo y encastado.  Soberbios fueron los naturales, de largo trazo y remate curvo, y por el estilo los pases en redondo con la mano diestra, pero por un momento pareció que el público –más de 16.000 espectadores, con abundancia de caras jóvenes por doquier, ¡qué alegría!—no acaba de entrar en la excelente labor del torero... hasta que Tomás decidió poner epílogo a su obra con cuatro soberanos pases por bajo de excelsa belleza e interminable intensidad. Fue en ese instante cuando la Plaza rompió a celebrar con roncos ¡oooooooles!... lo que antes solo había sido subrayado con parcos ¡bieeeeeen!... de la grey profesional que suele acompañar a los toreros desde la tronera de los burladeros o las tablas del callejón y de los conspicuos aficionados que ocupan los tendidos. La estocada tendida, pero eficaz, puso en manos del joven toledano la primera oreja de la tarde y de la feria.

Pero eso no fue nada comparado con lo que sucedió en el quinto novillo, ya destacado como el mejor de la corrida. Peleó el animal con bravura y fijeza en varas y acudió a legre al cite de los banderilleros, Rafael González y Fernando Sánchez, a quienes hicieron saludar montera en mano. Montera en mano, también, se fue Tomás Rufo hacia las tablas del 2, donde estaba distraído Florencio Fernández Castillo, el popular Florito, más que mayoral, mariscal con mando en Plaza, cuando impone su autoridad a la manada de bueyes que tiene a su mando en la terea de hacer volver a los corrales a los toros rechazados en el ruedo. Allí, sobre la contera de la valla de madera, torero y mayoral se fundieron en un abrazo tras el brindis del paisano. Dos talaveranos se habían dado cita en la capital del reino, cada cual, en su papel correspondiente; pero ambos fueron, por unos minutos, protagonistas de los momentos más brillantes de una tarde de toros en Madrid.

Casi sin probaturas, este Rufo talaverano comenzó a enroscarse a la cintura al buen novillo de Fuente Ymbro con pases desmayados, de figura erguida y brazo libre abandonado al rafe de la cadera. Tres tandas de esta guisa incendiaron de alborozo los tendidos, la última, rematada con una pase por la espalda cosido a un cambio de mano largo y bello, como el beso apasionado de dos enamorados; después, otras tres tandas de pases naturales espléndidos, todos ellos de ruta larga y remate en arco, enganchando el belfo del novillo en los flecos de la muleta hasta el remate final, con pases de pecho también de curvilíneo trazado. Si  no llega a ser porque se embolicó con el de Fuente Ymbro en el final de la última serie y bajó la intensidad del ambiente de alborozo en los graderíos, tras el espadazo tendido que acabó con el novillo, pudiera haber cortado Tomás Rufo las dos orejas. Así y todo, las pidieron con fuerza. Una estuvo bien, pero dio hasta dos vueltas al ruedo. No es que este chico haya tirado la puerta de Las Ventas abajo, pero ha llamado con fuerza y se la han abierto de par en par. La Puerta Grande, digo. Aldabonazo gordo, se lo aseguro. Después…

Del resto de la novillada, destacar la facilidad para torear mostrada por el debutante francés El Rafi. Un apodo que llama la atención, porque no es usual que en Francia pongan el artículo por delante del sustantivo que indica nombre propio. Es más bien cosa de la gente del bronce, o de las zonas urbanas del viejo Madrid, donde el casticismo todavía ha dejado impregnado de estos dichos el lenguaje común de los madrileños (en mis tiempos de estudiante pude constatar que a los jugadores de los equipos de Madrid se les ponía un “el” por delante: “el” Ufarte, “el” Amancio, etcétra). Es una peculiaridad casi exclusivamente reservada al madrileñismo. Cosa cañí. ¿Pero, en Francia?...

El caso es que este chico, o sea, El Rafi, toreó con limpieza y buen aire al novillo que rompió plaza, un bravo fuenteymbro que apretó en varas y acudió a los cites con fijeza y recorrido. Le anotamos dos series de impecable técnica toreando al natural, pero el problema es que en el toreo la técnica no puede ser el principal soporte de la obra. Sea como fuere, El Rafi no llegó a los tendidos en éste, al que mató de una estocada con escandaloso derrame, y mucho menos en el cuarto, que fue complicado, por su malintencionada mansedumbre y clara tendencia a rehuir la pelea. El esfuerzo del  muchacho fue encomiable, pero ni el toro (casi lo era, faltaba mes y pico para cuatreño) merecía tanta exposición a la voltereta ni el público (en su mayoría pasota y desconsiderado) tanto desafío al evidente riesgo. Además, citó a recibir y le salió un golletazo. También es mala suerte.

Había interés entre los aficionados por ver si Fernando Plaza revalidaba la excelente impresión que causó su actuación en la pasada feria de San Isidro. Podría decirse que no tuvo toros, porque el tercero, que fue bravo en los dos primeros tercios, se vino abajo demasiado pronto en la faena de muleta, y el sexto fue, con diferencia el más deslucido del lote de Fuente Ymbro. En éste, precisamente, fue donde Fernando dio una dimensión de absoluta entrega, que es tarea ineludible para todo torero, y los que empiezan con mayor razón. Es, simplemente, cuestión de responsabilidad. Plaza no dio un solo paso atrás en la Plaza, a pesar de los topetazos del novillo al estaquillador de la muleta. De un gañafón, le partió el novillo el raso del calzón, pero ni se inmutó el torero ante paradas en mitad de la suerte, ni en las arteras miradas a los muslos y amagos desconcertantes para cualquier principiante. Tiene Fernando Plaza un  concepto del toreo muy en la línea “tomasista”, que no es mala cosa. Le hizo guardia al novillo con la espada y después se lio a pinchar hasta que le dieron un aviso; pero, mantiene incólume su crédito en Madrid.

A Tomás Rufo se lo llevaron en hombros. Uno de Talavera que apunta alto, ya ven. Talavera, pues, empieza a tomar posiciones en vísperas del año en que se cumple el centenario de la muerte del torero más grande que vieron los siglos. Fue allí, en Talavera. Todo el mundo lo sabe.