El Cid, sin cortar orejas, deslumbra en Valladolid

El Cid llegó a Valladolid para decir adiós. El Cid torero, el llamado Manuel Jesús, sevillano de Salteras, el que se ha fraguado en miles de batallas para conquistar las fortalezas llamadas Plazas de Toros y, sobre todo, para ganarse el favor de quienes fugazmente las habitan, llegó una vez más a la que fuera –también fugazmente— corte de las Españas y salió al tercio de su ruedo para saludar montera en mano una ovación  de gratitud de los pocos vasallos que acudieron a esta cita postrera. Era el sincero homenaje de las gentes castellanas a un hombre de rostro atezado, vestido de tabaco y oro, que ya tangentea en el horizonte de octubre el ocio bien ganado, el que tantas veces se cita alegremente como “el descanso del guerrero”,  en esta ocasión más válido y cierto que nunca. Este  Cid torero vino a Valladolid a torear, naturalmente. Y toreó de forma magistral, se lo aseguro. Fue en el cuarto toro de la corrida, una corrida de El Pilar que bien mereció una tarde soleada y cálida, con los tendidos a rebosar de público, y no ese viruje que levanta las telas que manejan los toreros y alerta a los toros acerca de su posición en la creación de las suertes. Ese viento que no ha dejado de entrar de gorra, tarde tras tarde, en este más que centenario coso taurino, arruinando faenas o provocando percances. A El Cid, por ejemplo, le pegó una voltereta el primer toro de la corrida por culpa del viento y por poco se lo come en el suelo (el toro, no el viento). Susto. Manuel volvió a la palestra como un novillero sin caballos y continuó toreando con clase y empaque, aunque la gente ya estaba más pendiente de lo que anunciaba el gris marengo del cielo que del buen hacer del matador. Matador decidido, pero poco acertado esta tarde; porque si la espada (dejemos en paz a la Tizona, que duerme plácidamente en la urna del Museo de Ejército en Madrid) llega en entrar al primer viaje estaríamos hablando de Manuel Jesús, El Cid como el triunfador de la feria de Valladolid. Porque toreó de muleta magistralmente a un excelente toro, bravo, noble y codicioso, jugado en cuarto lugar, un toro que se iba hasta el final del muy largo trazo que Jesús dibujó en tres series de naturales sencillamente extraordinarias. De figurón del toreo. Fue una faena plagada de detalles de imponente torería en los muletazos en redondo y en los pases por bajo. Hasta en las manoletinas finales, que no suelen entrar en el repertorio de este torero, pero… se perfiló Manuel con la vista clavada en el morrillo y se puso a pinchar una y otra vez. Cada pinchazo, un ¡oh!… de decepción en el público y un cerrar de ojos y de incredulidad del torero, crispado y abatido. Cuando entró la espada, se le obligó a dar una vuelta al ruedo clamorosa, de las de verdad, de las que valen más con algunas orejas rateras.

Dos paseó Alberto López Simón. Bien merecidas, porque el público las pidió de forma vehemente y porque el torero se empleó a fondo en los dos toros de su lote. Dos toros de diferente condición. El primero de su lote –que sacó de la tronera del burladero a un monosabio y le infirió una cornada, leve, en el escroto—fue noble, pero mansito, acabando por buscar las tablas al final de la faena, y el que se lidió en quinto lugar de mayor movilidad, más encastado y de patente nobleza, fue mucho más completo, pero en ningún caso merecedor de la vuelta al ruedo que se le dio en el arrastre. A los dos los toreó López Simón con su habitual disposición, clavando los pies –sin zapatillas, por cierto– en el piso y jugando los brazos con soltura, pero sobre todo, los mandó al desolladero de dos espadazos bien efectivos. Desde luego, fue el triunfador numérico de la corrida. Una buena corrida de El Pilar, con dos feos contratiempos, precisamente, los que cayeron en el lote de Ginés Marín. Dos pájaros de cuenta, especialmente el que cerró el festejo, para lidiarlos sobre las piernas y matarlos guapamente, como hizo Marín. Dos sorpresas negativas insperadas que contrastaron con el rumbo bonancible de la corrida, que pusieron en el rostro del toreo un rictus de enojo y contrariedad cuando plegó su capote de paseo en el antebrazo y se iba rumbo al hotel, mientras su compañero López Simón se iba en hombros de la Plaza. La suerte, en el toreo y en la vida, es así de caprichosa.

Llovió con fuerza durante el segundo toro, lo cual provocó la desbandada de los espectadores que raleaban –un tercio de Plaza, escaso—en los tendidos, en busca de las localidades cubiertas. Después, templó la tarde y se vieron magníficos pares de banderillas a cargo de Lipi y Curro Robles. Pero el que  templó de verdad, con dos pares y no de banderillas, precisamente, fue un tipo que se llama Manuel Jesús Cid Salas. Se va de los ruedos, pero se queda en la memoria de quienes hemos sido testigos de su impecable trayectoria. Ayer, en Valladolid se le dio la vuelta al ruedo a un toro de El Pilar, de nombre Deslumbrante, pero quien deslumbró en esta tarde de toros, anubarrada y ventosa, de poca gente y mucho arte, fue El Cid.