Mucho más que un empate

Se había hecho de noche cuando se puso en verde el muñequito del semáforo —pi,pi,pi,pi…– y cruzamos el paseo de Zorrilla, en dirección al antiguo Lucense, aquél establecimiento, mitad bar mitad fonda, donde antaño paraban las cuadrillas de los toreros que actuaban en Valladolid y del que ahora mismo no queda sino el esqueleto de la fachada, apuntalado de forma aparatosa. Un  peatón despistado que venía en sentido contrario, preguntó a un supuesto conocido, así como quien no quiere la cosa: “¿cómo ha ido eso?”, y el supuesto conocido sin volver la cara, contestó de forma tan tajante como indolente: “Empate”. Pocas veces el laconismo de una palabra puede ser más descriptivo. Empate. Como cuando jugaban el Valladolid y el Sporting de Gijón, pongo por caso, un poco más arriba, en el viejo campo. Empate. El resultado, es lo que cuenta. El juego, es otra cuestión.

Mala cuestión es que la fiesta de los toros se haya convertido en un espectáculo resultadista, pero lo cierto es que, en la actualidad, el público de toros cuenta las sensaciones por orejas. Tantas orejas, tantos momentos felices. Ayer, tres, una por barba; por tanto, la cosa estuvo entretenida, según el desconocido peatón de marras. ¿Acaso no había más que contar, dicho sea en el sentido narrativo, no en el aritmético?

Por supuesto que sí. En la parte positiva, hay que resaltar que la corrida de Matilla, con los tres hierros de la casa ganadera, aportó el material bovino apropiado para que la terna de matadores se pusieran a pegar pases a los toros como si no hubiera un mañana. Sobre todo, los cuatro primeros toros, de aceptable presencia y bravos a más no poder. En la negativa, la paupérrima asistencia de público y la tarde, ventosa, amenazante de lluvia y desangelada a más no poder.

Les digo una cosa: El Fandi toreó de muleta al primer toro de la corrida con una armonía, un temple y una suavidad para muchos desconocida, sobre todo con la mano izquierda. Hubo tres o cuatro naturales sencillamente soberbios. Palabra. Pero es El Fandi, y al leer esto habrá quien tuerza el gesto o esbozará una sonrisa preñada de escepticismo. Allá cada cual. Aquí, servidor de ustedes, lo vio, lo disfrutó y lo cuenta sin ambages ni prejuicios. Otra cosa más: Miguel Ángel Perera está pleno de clarividencia y poderío, practicando un toreo de mano baja, firme y  templado, que no puede dejar a nadie indiferente. Y, en fin, Emilio de Justo ya no es un torero emergente. Es un torero cuajado, de lo mejorcito del escalafón.

Entrando ya en materia, digamos que David Fandila puso de su parte todo el empeño por salir triunfador del festejo, a pesar del mal tiempo y la frialdad ambiental. Fandi, es pura yesca. Se echa de rodillas en los saludos afarolados y los comienzos de faena y hace exhibición de músculo en los tercios de banderillas, pero conoce como pocos toreros los terrenos en que debe entrar a las suertes y suele clavar con precisión en lo alto. ¿Que no se reúne en la cara ni se asoma al balcón? Habrá de todo. Unas veces se reunirá y se asomará más y otras menos. ¿O es que los grandes banderilleros de la historia eran un dechado de perfección, tarde tras tarde y entrando con los palos a TODOS los toros, sean de la condición que fueren? Ja. Hay mucha demagogia y demasiada perversidad con este torero. Por lo demás, El Fandi realizó una larga faena al excelente toro que abrió el festejo, echando mano del abanico de su repertorio, y apenas le tropezó el toro la muleta en los pases con una u otra mano. Ya hemos destacado los naturales, que no pasaron desapercibidos para los que  “chanelan” de esto. Pinchó antes de la estocada caidilla y descabelló, por lo que el presidente consideró insuficiente la petición y hubo de saludar una ovación. Si le concedió la oreja del cuarto, otro buen toro de Matilla, con el que se afanó más y toreó menos relajado, pero agradó al público, al punto de que después de la estocada, también  bajera, le pidieron las dos orejas.

Miguel Ángel Perera se empleó a fondo con el segundo toro, bravo, alegre, de incansable movilidad. No dejó que profundizara el piquero en el puyazo y el toro se pegó un fuerte porrazo en la fortuita voltereta, a hincar los pitones en la arena. Otro golpazo, contra el hormigón del pilarote de la barrera, se llevó  el animal, al insistir Perera en un comienzo de faena muy “luismiguelino”,  apoyando una mano en la contera del último tablón de la barrera. La casta del toro le hizo venirse arriba y permitir al torero hilvanar series de muletazos por ambas manos de notable contenido e impecable ligazón. Al final, unas manoletinas con el sello de aquél Mondeño de los años 60, que tantas buenas tardes de toros dio en esta Plaza. La estocada provocó un desagradable “derrame sanguíneo bucal”, que dicen en América, y el premio se redujo a una oreja. El quinto fue un burraco  más serio y más destemplado, que punteó los engaños y racaneó las embestidas y lo mandó al tiro de arrastre de una estocada.  Miguel, saludó una ovación.

Pero las ovaciones más nutridas y más cerradas, además de los oles más rotundos de la tarde fueron para Emilio de Justo, especialmente en la faena al tercer toro de la corrida, otro de los notables ejemplares que trajo a Valladolid el empresario-ganadero-apoderado Antonio García Jiménez, Matilla, por más señas. Qué bien toreó de capa Emilio, rodilla en tierra, ganado terreno hacia los medios de la Plaza. Y qué bien de muleta, en un precioso prólogo de pierna flexionada, con ritmo y temple, para después correr la mano en redondo, a derecha e izquierda, abrochando las series con pases de pecho, hondos y hermosos. Uno de ellos, largo como una cita amorosa deseada con ansiedad, fue verdaderamente antológico. Y, al final, los ayudados por alto, mayestáticos, puro clasicismo. ¡Qué gran torero es este muchacho! Mató mal, es la verdad, porque pinchó y la espada se le fue al sótano, pero el público pidió la oreja y el presidente accedió. Después, hubo de enfrentarse al toro más complicado de la corrida, con el hierro de Peña de Francia. Alto, gordo, serio el toro. Además, bronco y a la defensiva. Emilio hubo de apostar fuerte para ligar pases de buen corte donde había poco material para la confección de una obra brillante. Volvió pinchar y a dejar la espada un poco más acá del morrillo y hubo de descabellar, pero la gente le despidió con una ovación.

A mayores, se hace necesario destacar la soberbia actuación de la cuadrilla de Miguel Ángel Perera: en la brega, Curro Javier y Javier Ambel y en banderillas, estos mismos y Jesús Arruga, que lo bordaron. Junto a ellos, dos pares antológicos (por la escasez del terreno, las dificultades del toro, la precisión y la angostura del embroque) de Morenito de Arles. Todos ellos, saludaron, montera en mano.

¿Empate? No joda.