En la ciudad del pincho, pincharon los tres

No es por nada, pero aquí, en Valladolid, va para dos décadas que el pincho se puso de moda. Fue cuando el entonces alcalde, Javier León de la Riva, decidió adelantar las fiestas de septiembre a las que se reúnen en torno a la fecha del día 8, que es la señalada en el calendario para festejar a la Virgen de San Lorenzo, patrona de la ciudad. Tan certera decisión motivó que la feria de toros gozara de una temperatura mucho más benigna, soleada, incluso calurosa, arrumbando para siempre las tradicionales ferias y fiestas de san Mateo de finales de mes, que, dicho sea de paso, no venían a cuento, a no ser que vinieran al pelo para instalar  junto al Pisuerga las verdaderas “ferias”, nombre con el que, en puridad, se designó a las transacciones de ganado, en las que el campesino castellano agudizaba el ingenio para nutrir sus cuadras de acémilas y potrancas, que antaño fueran sangre vital para el laboreo. A calor o al rebufo de esta “feria” acuñaron el nombre un pequeño serial de corridas de toros, cita inevitable para las gentes de “pan llevar” o de “piñones hornear”, según la orilla del río capitalino que ubicara su asentamiento. El caso es que la benignidad climática llevó consigo otra ocurrencia del entonces máximo mandatario municipal, autorizando la salida a las calles de la rica gastronomía de la tierra, merced a una original red de “casetas”, en las que muy pronto se enseñoreó la pieza más codiciada: el pincho, a tal punto que el “pincho de Valladolid” se convirtió en una de sus señas de identidad, bien entendido que se dicen estas cosas desde el punto de vista lúdico y gustativo, porque en el plano monumental, histórico y artístico, este querido lugar de la vieja Castilla, en que vi la luz primera, es universalmente reconocido y admirado.

Pues bien, este año, las ferias y fiestas se han retrasado una semana, a instancias del nuevo alcalde –nada que ver con el anterior, en oportunidad, ingenio y eficacia– y nos ha pillado un relente del mil demonios, desluciendo en parte los dos primeros festejos taurinos de la feria. Ayer, por ventura, salió el sol y subió la temperatura, subiendo de paso el listón de asistencia a los toros, al registrar el coso del paseo de Zorrilla la mejor entrada de lo que llevamos de feria: tres cuartos largos de aforo cubrieron las gentes de Valladolid y localidades adyacentes, incluso de Nueva York, que llevan aquí unos cuantos días haciendo turismo por la ciudad y sus alrededores y, de paso, poniéndose morados a “pinchos” a más de catar los mejores morapios de la zona.

Probablemente, a juzgar por la perorata precedente, se podrá pensar que la corrida de ayer fue un peñazo, y que tal coyuntura la aprovecha el firmante para hacer un ejercicio de chovinismo; pero, les aseguro que está ensartada, precisamente, en torno al pincho, porque el pincho, también, es el nombre que recibe el estoque que utilizan los toreros para el desempeño de su principal función: matar al toro. Ocurre, sin embargo, que si se pincha, no se mata, y si no se mata no se triunfa. Es el silogismo elemental que se lleva aplicando en la fiesta de los toros desde tiempo inmemorial.

Ayer, en Valladolid, tres toreros, tres figuras de la tauromaquia contemporánea, se hartaron de pinchar. Ponce, de forma sorprendente, por exagerada, El Juli por precipitación incomprensible, y Manzanares, que tiene en su mano derecha un cañón, porque la palma de esa mano se ha dañado recientemente con el pomo del estoque, por cierto, lesión muy común en los matadores. De no haber sido por esta lamentable contingencia, ayer los toreros hubieran cortado en Valladolid un porrón de orejas a una noble y flojita corrida de Domingo Hernández, que se movió tras las telas de torear con una boyantía de rechupete, y ustedes me entienden.

Enrique Ponce, se hartó de dar pases al primero de la tarde, de brava e incansable acometida, con esa prestancia y solvencia tan proverbial en el torero valenciano. Pases todos ellos (no menos de cuarenta) de variada factura, planta erguida y trazo suave. Faena larga, como casi todas las suyas, que tuvo escaso eco, quizá por ese mantra del “primer toro”, que pilla a la gente en plena digestión, sin haberse metido de lleno en la corrida. También influyó, desde luego el desacertado uso de los aceros, porque si no, alguna oreja hubiera caído. No obstante, saludó una ovación. Peor fue lo del cuarto, un toro que se movió con ritmo continuado y nobleza para regalar, al que Ponce llevó prendido en los vuelos de la muleta, sobresaliendo algunos detalles de relajo y cadencia, además de un final de faena de pierna flexionada que fue acogido con entusiasmo por el graderío, pero… se puso a pinchar y pareció que no acababa. Jamás he visto a este torero tal cúmulo de fallos en la suerte final. Pinchar, sí, pero, tanto, tanto, no. ¿Cuántos pinchazos, siete? Perdí la cuenta. Le avisaron, pero tampoco esto es noticia. Y le aplaudieron con fuerza, con algún pitito por allí.

El Juli le cortó la oreja a su primer toro, pero si no llega a ser por la visita intempestiva de una ventolera, probablemente el premio hubiera sido mayor. Otro buen toro de Domingo Hernández, ganadería que, por cierto, conoce al dedillo este torero. Bravo, pero exigente toro, al que embebió con el capote el torero en un bello y variado quite por chicuelinas y tafalleras  que remató con una pausada cordobina y después lo toreó de muleta con impecable autoridad, quizá algo presuroso, porque las acometidas del toro se sucedían, imparables, y no siempre de meridiana claridad, pero El Juli solventó los problemas sin que apenas se percatase el personal del mérito que acumulaba la labor del torero. La estocada casi entera puso en sus manos un premio bien justo. El quinto se fue de rositas en el primer tercio, es decir, sin picar. Pero nada de nada. El tibio sangrado del morrillo no fue más que un refilón, porque el toro chascó la vara de Salvador Núñez, así que llegó a la muleta protestón, desabrido y en plena forma. Julián trató de someterlo, pero el animal se negó al sometimiento y se rebeló de forma bien palmaria. ¿Hubiera dado mejor juego de haber sangrado? ¡Quién lo sabe! Lo que se sabe es que acabó indómito, acudiendo a oleadas a los cites del maestro, que pinchó una vez antes de meter la espada, por lo que el público, comprensivo y ya familiarizado con los pinchazos, le ovacionó.

José María Manzanares dibujó un precioso fajo de verónicas al tercer toro, muy bien lidiado por Juan José Trujillo. Su jefe lo toreó de muleta con la ampulosidad acostumbrada, aunque le molestaran las impertinentes rachas de viento. Ligó mucho y bien los pases y aunque la mayoría resultaran de escaso ajuste su limpieza y templanza fueron evidentes. Se rajó el toro al final de la faena y Manzanares no vio claro el lugar y momento de cuadrar a un toro, que reculaba buscando tablas, demorando una enormidad la ejecución de la estocada, suerte de habitual contundencia en este torero. Esta vez, de contundencia, nada. Pinchó y pinchó, antes de calar hasta la mano, pero salió a saludar una ovación. El sexto, más escurrido de carnes que sus hermanos de camada, pareció seguir con fijeza los capotes y la muleta en el comienzo de faena. Estuvo a punto de prender a José María en un vencimiento inesperado, pero su escasa codicia (la del toro) le impidió hacer carne. La faena fue algo discontinua, aunque tuvo evidentes retazos de bella composición. Y, sobre todo, feliz colofón: estocada letal. Oreja al canto.

La corrida acabó, pues, entre ovaciones, así que la mayoría de la gente salió tan contenta. Muchos se quedaron en las barras de las casetas que flanquean las principales vías y plazas de la ciudad. Había pinchos para dar y tomar. Y pincharon a discreción. Como antes lo hicieran los toreros en el ruedo de su coso taurino. Pincharon los tres.