Cuando el credo es común, el combate es nulo

El mano a mano de ayer en Valladolid no respondió a las expectativas. Sin llegar a culminar en fracaso, hay que reconocer que se lo pasó muy cerquita. Busquemos los motivos o socavemos en el arenal del planteamiento las concausas que pintaron un rictus de desencanto en las caritas de los miles de aficionados, íncolas y forasteros, que llegaron hasta la vera del Pisuerga para ver torear “en apasionante mano a mano” a Morante y Aguado, sin importarles el azote del airón que batía hasta los recovecos de esta ciudad castellana, bella y vieja, ni la incertidumbre que planea siempre sobre las corridas de toros. Antes de las seis de la tarde, se enseñoreaba por los aledaños de la plaza de toros el bullicio que precede a la presentida apoteosis; después de las nueve de la noche, el suplicio de unas horas perdidas y una renta dilapidada se paseaba tristemente por las calles de la ciudad.  Recapitulemos:

Primera premisa: los mano a mano, en los toros y en cualquier disciplina que plantee ventilarse alguna cuestión entre dos contendientes, deben estar presididos por un frentismo inapelable: el de “tú para mí” o “te vas a enterar de lo que vale un peine”, pongo por caso. Llegar a las manos, si falta hiciere. Máxima rivalidad entre conceptos, la guerra del norte contra el sur, hasta consumar lo que pudiéramos bautizar –no sin cierto y exagerado dramatismo–   como un “guerracivilismo” taurino. Ahí está el busilis de la cuestión, en el choque frontal de ideologías o creencias. Dos rivales dejan de serlo cuando comparten un mismo estado confesional. Trofeos aparte, cuando el credo es común, el combate es nulo.

Algo parecido debe ocurrir con los “mano a mano” entre Morante de la Puebla y Pablo Aguado; el primero, un genio que quiere atisbar en el segundo un ferviente practicante de su propia doctrina; y éste un apóstol rendido a su maestro. Hay una fotografía en la que Aguado hace de costalero de Morante. Pablo lo lleva en hombros cuando todavía él es un novillerito prometedor. Es bien significativa la estampa, porque indica quien lleva a quien sobre los hombros, sin que se le caigan los anillos, ni mucho menos la preciada carga que transporta.

Esta pequeña introducción quiere demostrar que la idea de poner en el menú un primer plato de angulas en ensalada y de segundo angulas pasadas por la sartén, o viceversa, acabará por hastiar a los paladares más refinados y colmar a las andorgas más sofisticadas. Las angulas no se han criado para competir entre sí sobre mesa y mantel, sino para dar ese punto de exquisitez que justifica su categoría de manjar y, por supuesto, su precio de mercado. En el menú de la fiesta de los toros, también deben entrar en liza –en lid directa y a cara de perro—los estilos contrapuestos, pero no menos emocionantes o atractivos para el público. Unos torreznos de esta tierra, con su corteza, tocino y puntita de carne en salazón, o un cuarto de lechazo delantero, son muy recomendables en algunos casos.

Ayer no se llenó la plaza de toros del paseo de Zorrilla. Tres cuartos de entrada, o así. El sol, con grandes calvas. Demasiadas. Mucho revuelo de entradas, mucho reventa calentando en el bolsillo los boletos de sombra y muchas llamadas de teléfono inquiriendo –¡por caridad!—una entradita para el “mano a mano” del miércoles y a la hora de la verdad, había papel en taquilla para dar y tomar. Pero, la mayoría de sol. Y ayer, el sol de Valladolid era bien confortante, porque la tardecita era de otoño bien pasado. Sin embargo, está visto que está mal visto ir a los toros al sol. Se identifica con la posición social. Al sol, los tiesos no se asan. Salen de allí igual de tiesos, o más aún, después de pagar su entrada. No se esperaba ese pequeño gatillazo en la taquilla. Moraleja: Morante y Aguado no son una pareja de baile que entran en franca beligerancia, sino dos refinados artistas que bailan al mismo son, con pequeños matices. Por tanto, estos “mano a mano” me parece que carecen de sentido. No huele a competencia feroz, sino a correligionarios bien avenidos.

Otro problema fueron los toros, en un principio reseñados de Juan Pedro Domecq; pero por lo visto –eso me cuentan las fuentes más solventes– los toreros no estaban a gusto con el resultado de las últimas corridas del celebérrimo hierro ganadero y solicitaron una recomposición: dos de Juan Pedro, dos de Jandilla y dos de Garcigrande. Ya están los seis, tres de hierros diferentes para cada uno de los “manomanistas” y todo arreglado. ¿Arreglado?

A Morante apenas le dejó dibujar el primero un instante de plasticidad en unos lances a la verónica y los muletazos en redondo que fueron un primor… hasta que el juampedro tiró la toalla. También influyeron los gritos destemplados del voceras de turno y el incordio de un viento helador que forzaba revuelos de telas toreras y gestos de contrariedad en el rostro de los hombres de luces, sobre todo de Morante, que acabó pinchando más que los clientes en las barracas de la feria y escuchó un aviso. Al jandilla lo toreó de capa con esas cuclillas tan toreras que convierten los lances de brega en una pequeña obra de arte. Flojo y a la defensiva, el toro de Borja Domecq tampoco favoreció la inspiración del de la Puebla, que esta vez acertó de una estocada entera, entrado de aquella manera. Peor fueron las cosas en el quinto, un zambombo de Garcigrande que topaba en los capotes y lo picaron mucho y mal, además de sufrir una lidia desquiciada. Morante tomó la espada de acero para iniciar con ella la faena de muleta. Hubo un momento, tras doblarse por bajo con el animalote cornudo, que pareció meter en vereda al imponente y malino colorado, pero quiá, todo fue un espejismo. Lo que siguió fue un concierto de oleadas del toro y pinchazos del torero, hasta que metió media espada por la parte de allá. Bronca.  Una cosa es cierta: a José Antonio no le ha embestido un toro en estas últimas corridas. Las rachas –malas–, son así y también hay que lidiar con ellas.

Pablo Aguado lo tenía todo a favor. El clima emocional, sobre todo, porque el  ambiental era el mismo para todos. Toreó de capa magistralmente al primero de su lote, de Juan Pedro. Un buen toro, al que el joven diestro instrumentó algunas series de muletazos que pusieron al público en pie. Este tío, torea como los ángeles: despacio, despacio, despacio. No tiene prisa por acabar las suertes y termina las series con pases de pecho muy reunido con el toro o con trincherillas y cambios de mano que son una preciosidad. También lució en el cuarto, de Jandilla, quizá el toro más asequible de la corrida, al que Iván García colocó dos soberanos pare de banderillas. El matador, lució especialmente con la mano derecha, llevando al jandilla prendido en los vuelos de la muleta con un empaque que daba gloria verlo. Acertó a meter la espada con una estocada trasera y se llevó la única oreja de la tarde. Una tarde que no pudo acabar en belleza porque el sexto, de Garcigrande fue el toro más exigente de la corrida. Aguado fue arrollado y prendido de forma espectacular antes de que Iván García bregara con talento y templanza. Afortunadamente ileso del percance, hizo Pablo Aguado un soberano esfuerzo por meter en vereda a este encastado y díscolo toro salamantino, y lo consiguió en algunas fases de la faena, pero se aturulló con  la espada, al punto de escuchar un aviso.

Pena de corrida. Comenzó con los integrantes del paseíllo destocados y el público en pie en sus localidades mientras sonaban las notas del himno nacional, que ya se ha hecho costumbre en esta Plaza, y nos parece muy bien. No tan bien nos parecen estos manos a mano sin sentido, aunque hay que reconocer que ayer metieron en Valladolid a media Sevilla taurina y unos pocos miles de devotos de estos toreros. Insisto: la cadencia y la armonía no pueden rivalizar con el ritmo y el compás. Son de la misma familia.