Entre ilusiones y fantasías

No quisiera meterme en el tremedal de la fantasía, porque la fantasía es algo intangible y, por tanto, cosa volátil que suele aparecer difuminada sobre el lecho del tiempo. Sin embargo, ayer tarde, en este Valladolid de mis amores, puede que me dejara llevar por la corriente de una ventolera destemplada e implacable que ha querido deslucir el primer acto-prólogo de su feria taurina  anual y me subí al carro de la fantasía casi sin darme cuenta, mientras veía torear a un muchacho de Salamanca, espigado de cuerpo, afilado de cara, de perfil aguileño y algo –muy poco– patizambo en el andar. Mientras torea de capa la fantasía empieza a ganar espacio en mi cerebro, y cuando comienza la faena de muleta con pases por bajo y piernas flexionadas, siento que una gratificante sensación acaba por ocupar un lugar concreto entre las telarañas del recuerdo. Y se me hace la luz: diría que estoy viendo –reviviendo—aquellos más que mediados años 70 en que apareció ante mis ojos, en este mismo ruedo otro salmantino llamado Julio Robles, bien que oriundo de un pueblo de Ávila. El muchacho en cuestión se llama Antonio Grande. Tiene las mismas hechuras, los mismos movimientos, la misma mirada taciturna y ese moverse por el ruedo ante la cara del toro con el sonido –ras–ras-ras…– de la suela de unas zapatillas de considerable dimensión con las puntas ligeramente divergentes, para buscar la colocación idónea en el prólogo de las series. ¡Es la réplica asombrosa de Julio! ¡Santo cielo! ¡Qué sorpresa! ¡Qué grata sorpresa!

Naturalmente, debo prevenir que todo lo antedicho hay que ubicarlo en la inconcreta figura de la fantasía. Nadie ose tomar deliberadas e imprudentes conclusiones, porque fantasear no es sino la forma gratuita que le permite a los humanos alcanzar un inesperado gozo cuando se encuentran envueltos en el  placebo de una cuestión imaginaria. No me digan que no es bello –y saludable— ejercitar la imaginación cuando entran en el juego las cosas buenas. Más en este juego de vida y muerte que es el toreo. Si recordar es volver a vivir, fantasear debe ser algo así como la antesala idílica de lo imposible. Con esto último me quedo. Por tanto, pido a quienes me lean indulgencia plenaria por los antecedentes descritos, habida cuenta de que en tales circunstancias la cabalidad de juicio tiene difícil asiento.

Digo, pues, que este Antonio Grande –ya verán qué pronto empezarán los ditirambos fáciles y tópicos, a costa del apellido– me pareció un torero de ambición recién estrenada, que maneja los utensilios de torear con un alto sentido de la estética, la hondura, el temple y el dominio de la situación. Sus lances y muletazos llevan a un embroque de asentado trazo, cintura rota, brazo lacio y muñeca bien lubricada… cuando la embestida del toro y el estado de ánimo del torero lo permiten, naturalmente. Es, desde luego, una baza de futuro a tener en cuenta, con las prevenciones y precauciones de rigor que, en cuestión del arte del toreo, se hacen indispensables. No obstante, es menester consignar que obligó a que rompiera hacia adelante su primer novillo, con una capacidad de mando impropia en un novillero de escaso bagaje en actuaciones, pero bordó algunos muletazos en redondo con la mano derecha, además de unos pases naturales largos, profundos y de limpio dibujo, inductores de una forma de torear que transmite con facilidad la emoción a los tendidos, y este es un valor que, en todo tiempo y lugar, siempre ha cotizado al alza. También mostró una capacidad resolutiva muy apreciable en el segundo novillo de su lote, de amplio genio y destempladas embestidas, al que acabó sometiendo sin aspavientos, oponiendo elegancia a la agresividad, algo poco común entre los de su gremio. Para colmo, maneja la espada con arrojo y desparpajo, sin volver la cara. Dos estoconazos –el segundo de efectos fulminantes—pusieron en su  mano sendas orejas.

Los compañeros de este epígono de Julio Robles fueron Marcos y Fernando Plaza. Aquél (el llamado Marcos) sorteó un novillo de bandera, jugado en cuarto lugar, al que realizó una larguísima faena de muleta. El novillo parecía una fábrica de embestidas en jornada continuada y el novillero aprovechó tan favorable coyuntura, toreando ensimismado la dulcedumbre de aquél bombón de bravura relleno de nobleza, y justo es reconocer que algunos muletazos al natural tuvieron templanza y ajuste, aunque parte del público apreciara más las cualidades del animal que las calidades del joven espada. Hablando de espada, ¡menudo espadazo arreó el mozo! Dos orejas para él, mientras se pedía tímidamente la vuelta al ruedo para el novillo. En el primero del festejo –jabonero de pelo y esmirriado de carnes—, que paseó su blanda nobleza por el ruedo, se empleó Marcos con evidente voluntad en largas afaroladas y faroles de rodillas cuando manejó la capa y mas rodillazos cuando utilizó la muleta. Pinchazo y estocada. Palmas. Mala suerte para Fernando Plaza. Se llevó el peor lote, el más desabrido, deslucido y destemplado de la buena novillada de los hermanos Revesado, con el hierro de Torrealba. Se le vieron detalles (un quite por tafalleras y algunos muletazos al primero de su lote), pero bajó sensiblemente el tono con respecto a su actuación en la feria de San Isidro de Madrid. Aquél día gustó más. Tampoco anduvo fino con los aceros y oyó un  aviso en el tercero.

Marcos y Grande, salieron en hombros. Hubo poca gente en el coso del paseo de Zorrilla. No me pidan cifras, porque no se me dan bien estos cálculos matemáticos a ojo de buen cubero. Mucha, pero que mucha piedra, al descubierto. Lo normal en estos casos. Los tiempos en que los novilleros arrastraban masas de aficionados, pasaron a mejor vida, no nos engañemos.

No obstante, ayer hubo motivos para prender la llama de la ilusión en quienes asistimos a este comienzo de la feria de San Lorenzo vallisoletana. La ilusión se llama Antonio Grande, y por lo que a mí respecta, viene del brazo de una fantasía, que se llama Julio Robles. Esto último, repito, no me lo tomen en cuenta. Los aficionados ya veteranos, en casos como éste, somos proclives a desparramar estas locuras.