Manzanares y “Ruiseñor” aúpan a las Corridas Generales

Llego a Bilbao cuando Bilbao (el Bilbo taurino) está de capa caída. De capa, de muleta y de todo lo que pueda representar para la Tauromaquia este enclave de la geografía ibérica que tradicionalmente se considera “clave” en el curso de la temporada de toros. Bilbao fue siempre punto de referencia, punto o cota empinada, puerto de montaña para los toreros y puerto donde se han estibado los toros más toros en todos los tiempos. Aquí, el toro, el torazo, pesa lo suyo. A la báscula y a los toreros. Decir Bilbao es mentar el trapío del toro por antonomasia. Por eso, y por las cosas adyacentes que giran en torno a la figura del toro, las Corridas Generales bilbaínas gozaron de especial predicamento entre los aficionados del mundo, porque aquí, en Bilbao, te das un garbeo por las choznas del inveterado kalimotxo y oyes a tus espaldas acentos de Boston, de Londres, de la zona más meridional del Midi francés o del mismísimo Estocolmo, que es el colmo, en lo que a reductos de la afición taurina se refiere. Digo gozaron y hablo en pasado aposta, porque las localidades de esta bellísima  plaza de toros, no ha mucho tiempo paradigma de funcionalidad y  confortabilidad, cada vez dejan más al descubierto esas cómodas butacas de poliéster color “azul Bilbao”. Paupérrimas entradas estos días atrás, a pesar de que actuaban toreros de renombre. La fiesta de los toros decae en el “bocho”, en la tierra de la desmesura y la esplendidez. Abróchense los cinturones, que vienen turbulencias.

Sin embargo, cuando ayer voy camino de la Plaza y veo columnas de gentes en la misma dirección, el remusguillo de la añoranza me devuelve a los años de boyantía y abundancia. ¿Se llenará la Vista Alegre? La realidad, en cambio, se manifiesta con aplastante rotundidad: algo más de dos tercios, no llega ni mucho menos a los tres cuartos del aforo. Mal asunto. Si tres figuras del toreo contemporáneo (cada cual con sus matices correspondientes) como Antonio Ferrera, El Juli y Manzanares no meten más que diez mil personas mal contadas cuando caben casi quince mil, vamos de cráneo. Y, créanme, no es culpa de la empresa. La empresa maneja el material que tiene. ¡Más quisiera manejar otro más rentable, de cara a la taquilla!

La corrida, sin embargo, satisfizo sobremanera a las buenas gentes que tuvieron la ocurrencia de ir ayer a los toros en Bilbao porque el ganadero madrileño Victoriano del Río aportó una materia prima diversa de presencia y de carácter. Tres cuatreños y tres cinqueños con los hierros que el ganadero utiliza para marcar su ganado bravo en las tierras altas de la comunidad de Madrid. Bravo, digo, pero con las naturales reservas, porque de los seis toros lidiados y muertos a estoque el único verdaderamente bravo y encastado fue el sexto, de nombre Ruiseñor, un burraco de preciosa estampa, con esos chaperones blancos, grises y negros en la piel que denuncia el goterón veragüeño de los domecqs.  Bravo en el caballo, el toro pareció adolecer de falta de fuerza en sus primeras correrías por la negra arena del coso bilbaíno, pero, amigos, que reserva de casta brava se abroquelaba en sus entrañas. Se fue para arriba el toro después de dos largos puyazos, en los que empujó de firme y con fijeza, y llegó al tercio final pidiendo toreros. Ahí estaba uno, de nombre José María y de apodo Manzanares, que armó la muleta y le plantó cara rodilla en tierra con guapeza, arrogancia y osadía, haciendo doblar al toro ante la tela roja hasta que le crujieron las costillas. Qué buena medicina para asedar tanta aridez. Acusó el toro este añejo comienzo de faena, pero nunca se dio por vencido. Es más, se recreció en muchas fases de la faena, hasta negarle al torero claridad en el viaje y humillación en el embroque por el lado izquierdo, de ahí que Manzanares no se empelara más en el toreo por ese pitón. Por tanto, la faena fue cimentándose en la derecha, ganado en intensidad y belleza a medida que el toro templaba su inicial fogosidad. No fue, por tanto, un toro fácil, ni mansueto, ni pastueño. Fue, sencillamente, un toro bravo y encastado; por eso, precisamente, la labor del alicantino tuvo enorme mérito, y sus series en redondos acabadas en belleza, enardecieron a los espectadores. Como, además, el rayo de su espada consumó un volapié inapelable, el premio de la oreja fue indiscutible. Incluso se pidieron con fuerza las dos, pero el presidente, quizá atendiendo a escasez de toreo al natural, mantuvo quieto en el palco un único pañuelo. Mejor dicho, dos, porque el azul premió también al bravo toro de Victoriano con una solemne y póstuma vuelta al ruedo. Otra oreja cortó José Mari en el tercero, un toro noble al que toreó a placer –esta vez, sí—con la mano izquierda, especialmente en las tres últimas series de la larga faena. Lo mejor –y lo más impresionante de la tarde—la estocada ejecutada en la suerte de recibir. Perfecta. Llama el torero al toro en la rectitud de la embestida, lo embebe en la muleta, tira de la embestida sin enmendar la compostura con un temple que hiela la sangre y, al tiempo, va envasando el acero por el hoyo de la agujas. ¿Ustedes creen que lo haría así Pedro Romero, el de Ronda? Déjenme que lo dude. Pedro Romero, que según dicen fue el Dios que fundó esta forma de matar toros, probablemente se haría a un lado y hundiría aquellos estoques de ancha hoja por donde ese mismo Dios le diera a entender. Y haría bien, porque a Curro Guillén, por  hacerse el machote, le segó la vida un toro de Cabrera en el santuario taurino de su tierra natal, o sea, en Ronda. He visto matar  miles de toros a los diestros más diestros en la suerte capital de  la lidia, la que llaman “suprema”, por la dificultad que entraña. Les aseguro que no he conocido nada igual a lo que hace, al volapié o recibiendo, este tío nacido en Alicante, que además, está considerado como torero de elegancia de formas manejando los utensilios de torear. Llegan a matar como mata Manzanares,  recibiendo a los toros, cualquiera de los toreros que el plañiderismo de la afición reclama para poner las peras a cuarto a las figuras y se convierte en un acontecimiento irrepetible. Así es la vida.

El otro triunfador de la tarde fue El Juli, que sustituyó a Roca Rey. Con un toro fofo y bajo de casta –el segundo— anduvo a gorrazos, porque le sobran recursos para solventar estas eventualidades, pero falló con las espadas y la cosa acabó en palmas de reconocimiento. Al quinto –bravucón e indómito—que manseó en varas y en diversas fases de la lidia, lo supo meter en el faldón de su muleta y acabó pegando pases de templanza y ligazón exquisitos. Se le fue la mano al lomo en la estocada, pero la mayoría del público pidió oreja con fuerza y Julián paseó sonriente el trofeo por el ruedo. Antonio Ferrera, en fin, tuvo enfrente dos toros bajos de raza, a los que consiguió sacar el mayor y mejor partido posible, y en ello empleó su esfuerzo. Falló con la espada en el cuarto y escuchó un aviso.

Aviso también a los navegantes taurinos que se asoman por estas fechas a la ría de Bilbao: la Aste Nagusia tiene en las Corridas Generales uno de sus principales alicientes. La marejadilla del absentismo en las taquillas se hace preocupante. Menos mal que ayer, un toro de Victoriano del Río  y un torero, Manzanares,  las auparon un pelín. Algo es algo.