Casi nos roban el mes de agosto

Nos han intentado robar el mes de agosto. El mes considerado desde tiempo inmemorial como genuinamente más taurino del calendario español. En este país nuestro, universalmente reconocido por las mentes bienpensantes, limpias, ordenadas y sensatas, como el factótum del desarrollo de la cultura y el progreso de lo que pudiéramos llamar “civilización occidental” durante el ecuador del anterior milenio, pocas cosas se identifican entre sí con tanta evidencia como el mes del ocio y los calores con el hecho tradicional de correr toros en calles, plazas y cosos en la más variada y localizada diversidad de emplazamientos geográficos. Agosto y el toro siempre fueron de la mano en “esta España mía, esta España nuestra, ay, ay”…, que decía Cecilia, aquella cantautora trasgresora de los pasados años 70 melenuda y melodiosa, trágicamente desaparecida en pleno éxito. Pues, bien, como digo, el agosto del 19 del nuevo siglo parecía licuarse para los espectáculos taurinos, desvanecerse para sus más arraigadas tradiciones, por mor de la irrupción de su competidor más furibundo: el fútbol. El fútbol, en España, ya hace años que nos ha comido la tostada. Aquellas pasiones compartidas por los españoles –fútbol y toros—ya no es un dúo, sino un monólogo. El fútbol, nos gana por goleada, que es lo suyo. En otro tiempo, el balón de la noticia futbolera solo rodaba durante La Liga, o sea, el tramo de Campeonato en que los más significados equipos españoles –y los españoles, todos, significados o no—se enfrentaban entre sí, en el espacio de tiempo que abarca desde bien entrado septiembre hasta recién entrado mayo. Por tanto, el verano era taurino  y agosto, el mes de la Fiesta por excelencia. Solo toros. Novilladas y corridas a tutiplén en localidades de variado censo de habitantes y encierros y encerronas por doquier, en pueblos –incluso aldeas– de reducido cupo vecinal. Se medía la medianía de la categoría de los toreros si alguno de ellos no estaba contratado el 15 de agosto, que era fecha en que celebraban miles de fiestas en que toreaba todo dios.  Pero esto se ha puesto del revés, a qué ocultarlo. Y el revés nos lo ha dado el fútbol. Fútbol hasta en la sopa, y durante todo el año. Acaba la Liga, la Copa y el copón de la baraja y se abre la temporada de fichajes; aún no se resuelven los fichajes y empiezan los partidos de pretemporada. ¡Hala!, todo es bueno para el convento de los periódicos especializados o las secciones deportivas de los de información general, en papel o digitales. Una torcedura de tobillo de Messi provoca alarma y terror, mientras apenas se da importancia a que el pitón de un toro le cueste a Paco Ureña un ojo de la cara. “Es que ya no hay toreros que interesen tanto como antes”, se oye por ahí. Mentira. Está demostrado que Roca Rey y Pablo Aguado, por ejemplo, ponen el cartel de No Hay Billetes en las taquillas.  “Es que los ganaderos crían toros atontolinados”…, dicen otros. Ya, que se lo hubieran dicho a Román cuando lo llevaban a la enfermería de las Ventas y sentía que la muerte le acosaba durante el trayecto, mientras dejaba la arena del ruedo rociada y engrudada por su sangre caliente. Nadie parece darse cuenta de que el fútbol se nos ha ido inoculando en vena, año tras año, hasta hacernos dependientes –adictos—a una droga que ataca a la sinrazón y promueve el vandalismo. Y, encima, los futboleros no tienen “antis” como tenemos los taurinos. Podrán tener enemigos acérrimos, de irreconciliable rivalidad, rayana incluso en la guerra abierta o la confrontación política, pero, al menos, a los aficionados a los toros nos habían dejado libre el espacio del mes de agosto. Ya, no. Durante esta semana que agoniza, recién estrenada la octava hoja del calendario, un nuevo asunto ha tenido en vilo a media España, qué digo media, ¡a España entera!: establecer definitivamente los días en que se deben celebrar los partidos de la inminente temporada. No se ponen de acuerdo, La Liga y la Federación, por cuestiones de pasta (gansa) u otras menudencias. Guerra total entre los principales dirigentes de ambos Organismos. Lío. ¡Que venga el juez! Y el Juez, en este caso de “lo Mercantil”, acudió a la cita y dictó sentencia. Se llama Andrés Sánchez Magro. Un juez muy especial, inteligente e hiperactivo, bon vivant donde los haya, bohemio de cinco estrellas, taurino hasta la médula y coleccionista de amigos, entre los que felizmente creo encontrarme. Me cuesta verle mostrando las puñetas de su toga, rodeado de papeles y apoyado sobre el cedro barnizado del estrado principal de un Tribunal de Justicia; pero ese es su oficio, quiero decir su principal oficio, aunque prefiero verle en cualquier plaza de toros, hablando en profundidad de lo que más le apasiona en su azarosa vida: el toro y el torero. Prefiero al  Andrés de gafas de sol, sombrero ladeado y puro entre los labios, sentado en el tendido de una plaza de toros o en la trastienda del “remate” de la corrida. Quién me iba a decir que Andrés Sánchez Magro sería noticia de portada en telediarios y prensa en general, por un tema ¡del fútbol!, y que esa noticia restaría actualidad a los festejos taurinos en pleno mes de agosto. Menos mal que la cuestión ha sido solucionada con celeridad y eficacia por el magistrado, porque si esto se hubiera prolongado en el tiempo, alguien podría acusarle –banalidad nada improbable—de responsable subsidiario de un robo con el agravante implícito de sustracción de protagonismo: el de un mes a una Fiesta. De esta forma, queda agosto para rato. A nuestra entera disposición. Una vez dictado el auto de marras, se celebró ayer en Palma de Mallorca una corrida de toros de especial relevancia, por lo que significa para el definitivo impulso hacia la reimplantación de los toros en un territorio español en que anidan repudios y rencores difícilmente explicables. Me complace destacar el exitazo de público (casi lleno) y el fracaso del pequeño grupo de intolerantes que se manifestó contra la celebración de la corrida en las cercanías del maravilloso y nonagenario Coliseo Balear, donde han actuado los más grandes toreros que se inscriben en el arco que sustenta su venerable historia. Una historia que la ignorancia y la ignominia de una progresía pacata y ridícula se empeñada en malversar. En este agosto, pues, la fiesta de los toros ha recuperado su mes emblemático, mientras se pregunta, como se preguntaba Joaquín Sabina con respecto al robo de su mes de abril del calendario que guardaba en un cajón:  ¿cómo pudo sucederme a mí?  Pues, en este caso, porque el fútbol es un duro, durísimo rival, porque el juez Sánchez Magro nos ha echado un capote y porque lo de Palma de Mallorca es –debería ser—noticia de primer orden. Si no, nos roban el mes de agosto de la forma más impune e insospechada. Nos hemos salvado por tablas.