¡Estamos en Pamplona!

Esta es la realidad: el torero de nombre Cayetano cortó ayer cuatro orejas en Pamplona y se proclama –de momento—arrebatado triunfador de la Feria del Toro de las fiestas de San Fermín. No le den vueltas. Son cuatro, las mismas orejas que tenían los dos toros de su lote. Dos toros de Núñez del Cuvillo que salieron al ruedo con los cartílagos peludos pendiendo de un hilo, tal eran las excelencias que atesoraba la reata de procedencia que tiene por hábitat natural la finca El Grullo, allá por los confines gaditanos de Vejer de la Frontera. Cuatro orejas como cuatro soles, que llenaron de felicidad el rostro de este torero de dinastía, bisnieto de aquél que era de Ronda y se llamaba como él. A ver quien le quita a este Cayetano, contemporáneo de nosotros mismos, el triunfo rotundo que se podría derivar del pleno de trofeos que ayer paseó por el ruedo de esta Monumental plaza de toros. ¿Que a usted le parece excesivo el premio? No sabe bien cómo se las gastan en esta tierra de toros cuando un torero les entra por los ojos a estos navarricos festeros, que tienen la hospitalidad encastrada en su ADN y la generosidad por bandera.

Justo será reconocer que la corrida de Núñez de Cuvillo, y en especial esos toros que se lidiaron en tercer y sexto lugar, propiciaron el éxito del torero con la potabilidad de sus embestidas, en especial las del último de la tarde, de nombre Rosito, bello de lámina, de bravura entintada en nobleza, que iba y venía tras las telas de torear que era una bendición. Por tanto, me pete comenzar este análisis de urgencia por el final de una corrida que supuso el culmen de la fiesta, la cima de una apoteosis cayetanista que fue mucho más allá del éxtasis colectivo, para entrar en ese espacio extra-taurino que se suele abrir cuando el protagonista acapara otras atenciones, aparte de las inherentes a su quehacer frente al toro. Cayetano es un torero de valor racial barbateño bien contrastado, pero que suele aportar, de cuando en vez, esos fucilazos de arte que traen esencias del tajo de Ronda. Le he visto, de novillero (Zaragoza) y de matador (Barcelona, reaparición de José Tomás), cuajar magníficas actuaciones que sería bueno tener en cuenta cuando suceden hechos como los que ayer protagonizó este torero en la sexta corrida de la feria de San Fermín. Les puedo asegurar que aquellas tardes de toros fueron muy superiores a la de ayer en Pamplona; y sin embargo, los premios han sido muy parejos. Por tanto, es obvio deducir que pudiera haber sobredimensión en los galardones. En los de ahora mismo, naturalmente. Dicho lo cual, no crean que es demérito alguno del torero, sino consecuencia de una situación ambiental bien diferente. ¡Estamos en Pamplona!

Ciñéndonos estrictamente a los hechos, debemos decir que el tercer toro de la corrida, de nombre Aguaclara, fue un cuvillo que empujó con fijeza en varas y bien picado por Chano,  que también es importante. Tomó los vuelos del capote del torero con buen aire y llegó al tercio final con templado viaje y sobrado de nobleza. Cayetano lo toreó algo despegadillo, pero templado, con ambas manos, siempre en línea con la embestida, rematando las series con largos pases de pecho. Cuando entró a matar y cobró una estocada un punto desprendida, pero de de letales efectos, dábamos por hecho que la oreja iría a parar a sus manos. Probablemente el torero también lo pensara, pero hete aquí que la presidenta, por buen nombre Silvia Rosa Velázquez (la cito contra mi costumbre, por su excepcionalidad), se apresuró a concederle ¡dos!, ante la sorpresa quizá del propio torero. Y todos –o casi todos—tan contentos. Estamos en Pamplona. Así las cosas, cuando apareció sobre la arena para cerrar la corrida  un hermoso ejemplar de pelo colorado, bien puesto de pitones, se nos echó encima la certeza de que, a nada que colaborara con el menor de los Rivera Ordóñez, el triunfo anterior se transformaría en apoteosis final. Y así fue. Cayetano saludó al toro con una larga cambiada de rodillas sobre la raya del tercio, lanceó después a pies juntos sin apreturas y se sentó en el estribo para comenzar la faena de muleta, continuando en seguida con el toreo en redondo, pero arrodillado. Sabe este torero que al público que acude a los toros por San Fermín le gusta un rodillazo tanto como a los escolares la más apetitosa de las golosinas, y de esta guisa estuvo toreando Cayetano el tiempo necesario para calentar la caldera de los tendidos de sol… y echarle gasolina a los de sombra. El toro, que fue bravo en el caballo de picar y recibió dos buenos puyazos de Pedro Geníz, llegó al tercio final embistiendo con tranco largo y armónico, desplazándose hasta más allá de la curva final del muletazo. Toro, pues, para bordar el toreo. Y a fe que algunos de los pases naturales le salieron pintiparados a Cayetano, y sin embargo, fueron recibidos con mayor alborozo los derechazos que dio mirando al tendido. Eso es tener buena vista y buen olfato para ofrecer al público lo que demanda y recoge de mayor grado. Mirar al tendido y entrar la Plaza en ebullición jubilosa fue todo uno. Así que cuando se volcó en el morrillo y clavó la espada hasta la empuñadura, por momentos se me pasó por la imaginación que podía cortar el rabo. Se lo pidieron con auténtico frenesí, pero la presidenta, en esta ocasión, echó mano de la cabalidad y “solo” concedió las dos orejas. Con ellas recorrió el anillo, más feliz que una perdiz, este Rivera Ordóñez, a quien a estas horas le estarán negando el pan, la sal y hasta la tortilla de patatas media España. O más. Pero, no le den vueltas, las diatribas no podrán jamás con la estadística. Al toro también se le premió con la vuelta al ruedo, lo cual no empaña la evidencia de que ayer, salvo sorpresa mayúscula, se reveló el nombre del triunfador absoluto de estos sanfermines que ya perciben el tintineo de las mulillas. Se llama Cayetano, y no es de Ronda.

También cortaron oreja Antonio Ferrera (sustituto de Roca Rey) y Miguel Ángel Perera. Aquél, se la cortó a un torito moribundo, que pesó justo, justo, justo –¡qué casualiad!—los 460 kilos que marca el Reglamento para los toros que se lidian en Plazas de primera categoría. Se llamaba el desvalido semoviente Arrojado, y a punto estuvo de arrojarse al piso en más de una ocasión, de no haber estado ante él la muleta templada y la mente lúcida de  Ferrera, en modo maestro del temple, o si prefieren de la habilidad de practicar la suerte del “tente mientras cobro”.  Este cuvillo, dócil hasta la bobez, en vez de miedo daba pena.  Creo que el pobre animal agradeció que Antonio le metiera la espada al primer intento, y murió santamente sobre la raya del tercio, en paz y en gracia de Dios, pero sin una oreja. Fue el despojo de un despojo de toro, lo que paseó el torero. En el que abrió el festejo, que salió al ruedo escobillado de un cuerno y no acabó de romper para adelante en la muleta, bastante hizo Ferrera con arrancarle algunos pases estimables. Fue uno de los dos toros deslucidos de la buena corrida de Núñez del Cuvillo, que murió de tres pinchazos y una estocada, entre el malestar de gran parte del público, que no perdona los pinchazos, aunque se ejecuten con derechura y limpieza. ¡Estamos en Pamplona!

El otro trofeo de la oreja fue cosa de Miguel Ángel Perera. Sucedió en el quinto, un jabonero lustroso que recibió dos puyazos del piquero colocado ante la puerta de salida, Ignacio Rodriguez. Por tanto, como también intervino en su turno en el toro anterior de su jefe de fila, es de suponer que su compañero de collera, Francisco Doblado, compartiría con su compañero de collera sueldo y demás prebendas. ¡Menudo chollo! Anécdotas al margen, justo es consignar la magnífica brega de Javier Ambel, en un tercio de banderillas en que destacó el soberbio par de Jesús Arruga. Después Perera se explayó en una faena de muleta comenzada de rodillas con pases cambiados y proseguida de pie con series en redondo  de trazo limpio, pero escaso ajuste, que fueron jaleadas con entusiasmo. Fue este jabonero un toro extraordinario, por su bravura, codicia y nobleza que aguantó la exigente y larga faena de Miguel. Una labor que barruntaba premio doble, pero pinchó antes de la estocada, y ya se sabe que aquí estos fallos penalizan una barbaridad. Oreja, y gracias. En el toro anterior, que empujó de firme en varas y picó con acierto el precitado Ignacio Rodríguez, Perera se lució en varias fases de su faena de muleta, siempre  toreando con la muleta por abajo y ligando los pases con su proverbial facilidad. Esta vez arreó un golletazo que fue protestado con fuerza por un sector de los tendidos. ¡Estamos en Pamplona!

Por sus calles en penumbra se fue en hombros Cayetano, rodeado de una enfervorizada multitud. Pamplona, en lo que atañe a la cuestión taurina, es suya. No les quepa la menor duda.