El arte no admite prisa

Lo primero que sorprende en este tramo final de la feria taurina de San Fermín es que la reventa acosa a los viandantes ofreciendo boletos a buen precio, que uno no sabe si es una prudente demasía y una prudente rebaja. Pero boletos –entradas— había de sobra en la mañana de la corrida de ayer, o lo que es lo mismo, el segundo cartel de relumbrón, con figuras del toreo o serios aspirantes a serlo de inmediato, ante toros de apetitosa delectación por las susodichas figuras. Resumiendo: se exhibían toreros de renombre en la que llaman la Feria del Toro, lo cual se debiera traducir en eso que antes se conocía por la muy gráfica frase “la reventa por las nubes” y que ahora se halla a ras de suelo o con un pié en el primer peldaño del sótano. Se podría justificar esta bajada de expectación en la tiesura que almidona los bolsillos de algunos abonados –peñistas, incluidos—cuando la semana larga festera quema las últimas etapas y ralea el poder adquisitivo de quienes quieren mantener la supervivencia económica a toda costa, también a costa de perderse la corrida de la tarde y endosar los boletos a la reventa. Esto, en Pamplona y por estas fechas, es más viejo que la tos.

A ojo de buen cubero, la Plaza estaba llena a reventar. Como todas las tardes. Apenas se notaban las pequeñas deserciones. Y en este ambiente y con el termómetro empinado de los treinta grados para arriba, comenzó la quinta  corrida de toros en la Monumental de la capital de Navarra.

Corrida que se nutrió de una variado encierro de Victoriano del Río, disparejo de hechuras, al punto de cifrarse diferencias de más de 100 kilos de un toro a otro, lo cual denota una lamentable falta de coherencia a la hora de reseñar el ganado en el campo. Cuatro cinqueños, primero, tercero, cuarto y quinto y dos cuatreños habían recorrido, en un pis-pas, los más de ochocientos metros del encierro mañanero, de nuevo en poco más de dos minutos, entre el desencanto de los corredores y de los cientos de miles de telespectadores que madrugan para ver el flash de un tropel de toros y cabestros que corren en comandita como alma que lleva el diablo ante la estupefacción del gentío que los rodea.  Esto es un si es no es. Un trampantojo del encierro angustioso y emotivo de toda la vida.

No tanto fue la corrida por la tarde, porque ciertamente se vieron cosas. Y buenas. Por ejemplo, tres toros de don Victoriano de alta nota. El primero, de noble condición y amplia durabilidad en el tercio final, a pesar de los 605 kilos que se repartían por su colosal anatomía; el cuarto, abecerrado y feucho (510 kilos), pero bravo y noble, y el quinto, con cinco kilos menos que el anterior, de gran movilidad, bravo y de gran fijeza, aunque al principio de la faena  se empleara con una calamocheante embestida.   Más deslucidos el segundo, también de terciada anatomía y encogido de cuello, el tercero, manso en varas y bajo de raza, y el sexto, abanto de salida, gazapón exento de codicia.

Con este material bovino y ante un público más proclive a estar atento al ruedo que en tardes anteriores, debutó en Pamplona Pablo Aguado, el torero revelación de la temporada, se reivindicó Antonio Ferrera como uno de los diestros más imaginativos y sorprendentes de su escalafón y consolidó su prestigio de figura Julián López, El Juli.

Ferrera disfrutó del mejor lote de toros, pero hizo disfrutar a los aficionados atentos y a los espectadores neófitos con su toreo recién acuñado, asentado sobre el pilotaje de la imaginación y la templanza. Al castaño grandote que abrió el festejo lo toreó de capa con suavidad y elegancia, antes de que el de Victoriano derribara al piquero de turno, Antonio Prieto. Fue un toro castaño de pelo que se empleó con gratificante docilidad a la muleta de Ferrera, manejada siempre con ese ensimismamiento peculiar con que el extremeño adoba las suertes. Faena de gran cadencia, templanza y regusto en algunas fases de toreo en redondo sobre ambas manos, con adornos oportunos y graciosos desplantes. Todo muy almibarado, a la vez que profundo, lo cual puede que provoque cierta incoherencia para el ojo contemplativo del conspicuo aficionado, pero es indudable que impacta positivamente en los espectadores. Citó a recibir y le salió una estocada atravesada, refrendada con tres golpes de verduguillo que redujo el premio –iba para premio gordo—a una gran ovación. Se superó en el cuarto, al que toreó de capa con esa semicuclilla que sorprende  a la gente, de la que se sirve para llevar embebido al toro en la bamba del capote. Después, le salió bordado el quite marcialino de la mariposa –¡que gustazo, contemplar viejas suertes desempolvadas!–  y realizó un deslumbrante comienzo de faena, con muletazos por bajo de desbordante torería. Las series de pases en redondo fueron pura inspiración, probablemente perdidos en la nebulosa que provoca en esta Plaza el receso de la merienda. Aquí en que suscribe, no se lo perdió, y les aseguro que fueron, con diferencia, los mejor ejecutados, por su largo tazo y exquisito temple. Lástima que la espada entrara por lugar inadecuado en horrendo metisaca y pinchara antes de la estocada. La vuelta al ruedo fue clamorosa. Hoy torea de nuevo, en el puesto del lesionado Roca Rey. Se lo ha ganado a pulso.

El Juli es inasequible al desaliento. En esta Plaza se le quiere como en pocas de su misma categoría y se le valora como verdadera figura del toreo. Su primer  toro, segundo de la tarde, se defendía a cabezazos y fue imposible canalizar tan destemplada embestida; pero en el quinto, se desbordó la julimanía –esto es, la manía de volcarse favorablemente con el torero– que siempre se hace presente en Pamplona. Inició la faena con un improvisado molinete de rodillas, especie de pistoletazo de salida que hizo que echara a correr el júbilo colectivo posterior. El toro cinqueño, bien picado por José Antonio Barroso y banderilleado con acierto por José María Soler y El Pilo, fue apaciguando el molesto calamocheo de principio para acabar por seguir la muleta del torero con gratificante codicia, y El Juli lo toreó a placer. Faena larga, que pasó por un ligero declive después de un metraje largo e intenso, lo cual motivó a Julián a emplearse en circulares y cambios de mano que completó con éxito y encendieron el entusiasmo en el graderío. Listo, El Juli. Si no llega a descabellar dos veces después de la estocada, sale por la Puerta Grande, pero la oreja concedida, fue indiscutible.

A Pablo Aguado, indudablemente, se le esperaba con expectación. Llena de ilusión a los aficionados. Está en boca de todos, lo cual genera una lógica e imprevista carga de responsabilidad para este joven torero. Su primer toro, cinqueño, terciado y geniudo, apenas le permitió algunos apuntes de su excelente concepto del toreo. Trató de suavizar el arisco comportamiento de ese primer toro de su lote a base de emplear el suavizante que él mismo se fabrica con la fórmula magistral de la naturalidad, el reposo y la templanza. Se vieron pasajes de belleza estética, pero la emoción no acabó de llegar a los tendidos. Y eso es indispensable para cuajar en un torero que llame poderosamente la atención. El sexto fue un toro deslucido, de difícil acceso al toreo que practica Aguado, de cite enfrontilado y desplazamiento conjunto de cintura, brazo y muñeca, con las zapatillas hundidas en la arena. Acabó con él de media estocada que provocó derrame y dos descabellos, y se le ovacionó con calor desde distintos sectores de la sombra.

Digámoslo con claridad: Pablo Aguado sabe torear como los ángeles, pero está en ese peligroso filo de la navaja que debe entrar hasta las cachas por la línea que separa el arte del destajo. En este último toro de la corrida se le jalearon pases vulgares, y eso no le favorece. No era toro para bordar el toreo, aunque lo quisieran ver algunos  miembros de su recién llegada feligresía. Pablo dibujó bocetos, preciosos desde luego, pero no llegó –no podía llegar– ese deseado final de “acabar con el cuadro”. Puede y debe hacerlo, pero es preciso que no se precipite. O que no le aboquen a la precipitación, que esa es otra. La cosa está muy clara: el arte, no admite prisa.