Mandan callar al público en Pamplona, ¡qué osadía!

Poco antes de comenzar la corrida, un propio se esforzaba en fijar convenientemente contra la pared del callejón y bajo la encimera de las barreras del “7” el cartel que contenía una leyenda que bien podría calificarse de desconcertante, insólita e ingenua. Todo a la vez, porque de todo tenía. Lean y juzguen: “Se ruega silencio. Torea Andrés Roca Rey”. Díganme si no es desconcertante que un allegado al torero ose capitalizar para el beneficiario el comportamiento de público, direccionándolo a discreción: ¡Shssssss!, ¡A callar! Díganme si no es insólito que esto suceda en una plaza de toros, y díganme si no es ingenuo pensar que el cartelito vaya a surtir efecto en este volcán de locura colectiva que son los tendidos de la Monumental de Pamplona en tarde de toros sanferminera, donde todo es imprevisible, excepto el guirigay multicolor, los cánticos y los gritos estridentes que acompañan a los trompetazos, saxofonazos, trombonazos y, por supuesto, el apaleamiento inmisericorde del cuero del bombo, a manos de un tipo forzudo y amplio pestorejo, que viene a ser el corazón de la banda: ¡booom!, ¡booom!, ¡booom! Y así durante dos horas y media, de las catorce –más o menos– que se ocupan de tales menesteres estos músicos ciclópeos que pululan durante una semana por la vieja Iruña. La pancartita –por supuesto, ineficaz– venía a reeditar la famosa frase conminatoria del rey Juan Carlos al voceras de Hugo Chavez: “¡Por qué no te callas!”; aquello estuvo bien, pero ¿qué se calle el público de los tendidos de Pamplona porque torea Roca Rey?” ¿A quién se le ha ocurrido semejante patochada? Aquí, en las corridas de San Fermín, no se bajan los decibelios así toree el Sursum Corda, que en una comunidad de tanta tradición católica como la de Navarra debe ser lo más de lo más.

Toreó Roca Rey en Pamplona, así, señor. Y bien que toreó al primer toro de su lote, un jandilla de avacada estampa, escurrido de carnes y abundante de materia córnea.  Fue el menos toro de una corrida desigual –con los hierros hermanos de Jandilla y Vegahermosa–, descabalada de aspecto y descompensada de los atributos que tratan de especificar algo tan subjetivo como el trapío. Este primero del lote del joven diestro peruano acusó falta de fuerza desde que apareció en el ruedo, por tal motivo –o por la fuerza de la costumbre de este torero—llegó a los últimos tercios de la lidia sin picar. Así, como lo leen. Pero fue un buen toro, bravo, alegre, codicioso y encastado… hasta que se le fue agotando la gasolina de la casta. Roca le tomó pronto la medida y lo toreo de capa con su habitual compostura, dentro de una pretendida solemnidad, y muy bien de muleta, porque le dio fiesta por ambos pitones, primero en un explosivo comienzo de faena con las dos rodillas en tierra, toreando templado y reunido y, después, en varias series en redondo ligadas, y dos de naturales de palmaria ampulosidad. El toro se movía brioso y bravío y  Roca Rey le tomaba el puso con el paño rojo de su muleta en una labor que caló muy pronto en los tendidos. En todos los tendidos, incluso en los que se les había hecho le citada y singular rogatoria. Tanto caló, que se llegó a escuchar un nuevo grito de guerra que puede hacer fortuna: “¡Tú sí que vales!” Así es este público. Va a su bola. Reacciona como Dios le da a entender. Tenía Andrés a la masa coral metida también en la canasta de su poderosa muleta cuando llegó el desastre con las espadas –el guaterló, que diría Rafael el Gallo–. Un pinchazo hondo y no sé cuantos golpes con el estoque de cruceta provocaron dos avisos y algo peor: la evidencia de que el torero está seriamente lesionado en el hombro. No obstante salió a torear al sexto, con el hierro de Vegahermosa, un toro serio, de embestida incierta, complicada y a la defensiva, ante el cual se precisaba un soberano esfuerzo para domeñar tanta violencia. Pegaba el toro tornillazos a la salida de los pases y el torero se fue decididamente… a por la espada de muerte, para quitarse de encima tanta destemplanza. Volvió a clavar media espada y a fallar con el verduguillo. No estaba la tarde para Roca, ni el horno para bollos. Volvió a ser avisado. ¿Toreará la corrida de mañana?

De Vegahermosa fue el toro que abrió la corrida. El mejor de lote que envió a Pamplona la familia de Borja Domecq. Sus hechuras incitaban a la suspicacia o al escepticismo, porque de cuello para arriba su estampa se empinaba de forma descarada. Hecho cuesta arriba, en el argot. Pero el toro fue capaz de humillar el testuz y seguir la tela de los utensilios de torear con codicia y bravura, posibilitando la limpidez del toreo a la verónica de Diego Urdiales y  una docena de muletazos, a derechas e izquierdas que fueron verdaderas tazas de agua limpia dentro de una jornada de calderos con líquido elemento nada potable. El pinchazo, la estocada y los dos golpes de descabellos dieron paso a un aviso y a una ovación de la gente de sombra. Demasiado poco para tan buen toro y tan buen torero. El cuarto fue el buey Apis. Ni en la Tauromaquia de Goya o las láminas de Daniel Perea se ven ejemplares tan descarados de cuernos, tan grandones y tan pezuñones. ¿Adónde vamos a llegar con estas desmesuras? Además, fue un galafate de nula bravura, salvo en media docena escasa de arrancadas en que pareció tomar la muleta con tanta ingenuidad como falta de casta. ¿Cómo estuvo Urdiales con semejante ejemplar de la fauna ibérica prehistórica? Digamos que estuvo atento, que ya es estar. Lo mató de media estocada y creo que llegó a descabellar, pero para entonces este público también estaba atento a lo suyo: la merienda. Y, créanme, estas cosas acaban contagiando. Ya me perdonarán.

Después de lo descrito toca proclamar que Sebastián Castella fue el triunfador de la corrida, puesto que cortó la oreja del quinto toro de la tarde, con el hierro de Jandilla, un toro serio, de nerviosa movilidad, al que supo sacar buen partido con capa y muleta, en una labor de indiscutible tesón, basada en su proverbial facilidad para tomar en corto a los toros y ligar los pases en terrenos de reducida superficie. Lo mató de una excelente estocada, así que el premio  puede considerarse justo. El segundo de la corrida fue un mansurrón cobarde que acentuó sus maldades después de un comienzo de faena incomprensible, al hilo de las tablas, con pertinaz hincapié en que el animal adquiriera resabios. Esa al menos fue la impresión que causaron estos extraños muletazos; pero el toro fue el peor de la corrida. Su defensivo carácter finó tras un feo pinchazo y media estocada también fea, a más no poder.

Cuando salimos de la Plaza la mocina se arracimaba en el ruedo para salir a las calles de Pamplona. El del bombo, seguía en sus trece: ¡booom!, ¡booom!, ¡booom! Y así, hasta las claras del día. Pamplona por San Fermín, somos así, señora.