El Guerra, tampoco hubiera ido

Aquí quería ver yo al Guerra, tanto que decía del sol y las moscas. Aquí, con más de 40 grados centígrados de temperatura, al retortero del sol, de un sol de injusticia social, que no hay derecho a que los pobres aficionados que andan más tiesos que una regla tengan que pasar por la tortura de ese rejonazo  implacable y paletillero de los rayos de nuestra principal estrella del sistema interplanetario, medio desnudos, echando mano del paraguas de varilla estrecha para parar lo imparable, protegiéndose la chola con sombreros de paja, tal que hacían los segadores que venían a Castilla por estas calendas desde las tierras altas de la península, o con viseras multicolores, o, en fin, haciendo ídem con la palma de la mano por encima de las cejas, que es la fórmula más barata, empírica y tradicional de despistar al sol. Así estaban, dispersos para no darse calor entre ellos, ese puñadito de heroicos espectadores el pasado sábado en la plaza de toros de Zamora, los que quisieron entrar a ver la corrida porque el cartel era de lujo: Morante, El Juli y Manzanares. De esta guisa, también, se colocarían en sus localidades los dos muchachos que me condujeron hasta el vetusto coso zamorano cuando faltaban quince minutos para las siete de la tarde, de una tarde que ardía por los cuatro costados a la vera del Duero. Ellos también iban al sol, porque la sombra es cara para sus escasos posibles. Andaba uno desorientado entre ristras de ajos y barracas de feria y los chicos se brindaron a llevarme hasta la vieja Plaza, donde se hizo torero un zagalejo menudo y encorvado al que llamaban El Nono y era de Villalpando, antes de que se convirtiera en uno de los toreros más amados por la afición de Madrid: Andrés Vázquez. Hacía un montón de años que no paraba por allí. Está la Plaza trasnochada, avejentada, nada cuidada. Los burladeros del callejón son inhabitables, o hechos para los gnomos de cuentos de hadas; pero el cartel era sumamente atractivo y la sombra estaba a reventar. No hay duda: la baratura del sol ya no es atractiva para esta sociedad, instalada en la comodidad o el “estado del bienestar”, que tanto llena las bocas de nuestros políticos. ¡Anda que no he ido yo veces al sol!, la solana, la solanera o como quiera llamarse a los tendidos plebeyos de las plazas de toros. Allí me llevaba mi padre de niño, porque no había para más. Al sol. Allí también iba yo en Las Ventas, cuando llegué a Madrid para estudiar en la Universidad. Me los he recorrido todos, desde la última fila de la andanada del 4 hasta los altos del 7. Todo el sol del mundo me he comido yo en Madrid, tan ricamente; pero comprendo que, tal como está organizada la sociedad contemporánea, ponerse al sol –a esta racha estratosférica de verano abrasador– durante más de dos horas, con ropa de calle es, como poco, una temeridad. Por eso me admira el sacrificio de los aficionados que se sentaron sobre esa piedra caliza, quemante a más no poder, que podía causar graves deterioros en las partes pudendas de los seres humanos de ambos sexos. Podría hacer chascarillos con esta situación, como el humorista Paco Gandía hizo con su célebre parodia del niño y los garbanzos en la Maestranza de Sevilla, o rescatar la célebre frase de otro sevillano guasón que lanzó a pleno pulmón y desde la soledad de la solana,  este grito en el mismo escenario: “¡Pena me da lo que estará pasando esa pobre gente de sombra con lo que sale de aquí!”…, pero creo que la cuestión no es apta para bromas.

Una cosa es bien cierta: en tardes de toros de sofoquina inaguantable, ir al sol debería estar premiado. ¿Cómo?, pues por ejemplo con un “dos por uno” en los boletos, a ver si así las familias, peñas y demás congregaciones de individuos se arrimaban a la taquilla. O, mejor, que se acondicionen las partes altas de estas localidades calientes con artilugios protectores de los rayos dañinos. Antes, no ocurría esto. Antes –mucho antes de ahora—las primeras localidades que se agotaban eran las baratas, es decir, las de sol. Se llenaban las solaneras y raleaban las de sombra. De hecho, el gran Casiano, último empresario de la vieja Plaza de la Puerta de Alcalá de Madrid y primero de la nueva de la carretera de Aragón, llegó a colocar un cartelito en la fachada encalada de la primera de ellas, que decía: Oy no ay sol; un estrambote ortográfico que pudiera causar la hilaridad de quien lo leyere, si no fuera porque en nuestra contemporaneidad, cosas parecidas se leen a diario en la redes sociales, incluso en medios de comunicación, televisiones incluidas.

Los tendidos de sol, pues, han dejado de ser prioridad en el tirón del boletaje. Por tanto, ya no tiene sentido evocar aquella greguería de Ramón Gómez de la Serna,  con la que retrataba el llenazo de esos tendidos soleados: Alguna rubia relucía entre las morenas; pero como si fuese una morena que ardiese, que se ha incendiado bajo el fuego de la tarde. Seguro que a Rafael el Guerra le encantaría tan brillante descripción, pero él no saldría de su sombreado cenáculo de la calle cordobesa de Gondomar. Lo suyo, repito, era “sol y moscas”, como receta para presentar una buena tarde de toros. Seguro que él no hubiera ido la tarde del sábado a Zamora, con su sombrero de ala ancha, sus zaparos abotinados y su terno negro, bien ajustado; y tampoco quienes a toro –sol— pasado, reprochan a las figuras del toreo que no llenaran la Plaza. Y sin embargo, allí estaba ese puñado de aficionados, héroes anónimos y olvidados de una corrida de toros.

El calorazo de estos días ha causado lógicas deserciones en los espectáculos taurinos, incendios en nuestra floresta y, de propina, golpes bajos que acaba con vidas humanas. Por cierto, me acaba de llegar una noticia –espero que no sea una fake news—  publicada en El Norte de Castilla de Valladolid, donde ha sido detenida la dueña de un perro que murió asfixiado por un posible golpe de calor. Detenida, aunque la dejaron en libertad, con cargos, debido a su estado de salud. El sol, ya lo ven, está causando estragos. ¡Y detenciones! Madre del amor hermoso…