Un niño toreando en la calle

Calle arriba, cara al viento y al sol de una mañana que invitaba a pasear por el entorno urbano del casco viejo de Valladolid, me doy de manos a boca con la más insólita de las escenas que imaginarme pudiera: un niño jugando al toro en plena calle, la calle de Felipe II, el rey que se acunara, recién nacido, muy cerquita de allí, en el Palacio de Pimentel. Apenas recuperado del sopetón, me acerco cauteloso al meollo de la muy dichosa escena y contemplo de cerca a su principal protagonista, un niño que acaba de cruzar la primera decena de su vida, una edad bien identificada con ese rubicón que deja atrás a la plácida laxitud de la infancia y se asoma a los oníricos meandros de la adolescencia. Torea solo, que es la forma más excitante del toreo virtual, la que más estimula la imaginación. Que me lo digan a mí, que de estos soliloquios soñadores sabe lo que no está en los escritos. Por esta razón, mientras me voy acercando a tan inesperada y sorprendente situación, cuando el niño en cuestión se dispone a rematar con el de pecho una nueva serie de pases naturales, me vienen a la memoria aquellas tardes de verano en que mi madre me reconvenía una siesta reparadora para “reposar la comida”, en el piso de arriba de la casa del pueblo en que vivíamos; pero yo no reposaba nada, sino que me fugaba por el balcón de atrás y descolgaba hasta el corral mis doce años de pantalón corto, flacos y ágiles, sorteando la parra de uvas –agraces todavía– para ir en busca de los trebejos que escondía detrás de la higuera y ponerme por montera (en el más estricto sentido de la palabra) una vieja boina de mi padre, capado su rabo al efecto para convertirla en tal por dos rebuños de papel de periódico, bien comprimidos en los extremos. Por trebejos se entiende una desechada y vieja cortina roja y una vara de fresno que servía de estoque simulado, haciendo cachava en la empuñadura con gavilanes y todo, atados torpemente por un cordel. Así empezaba mi corrida diaria en las tórridas tardes de “mientras siesta”, por mí convertidas en tardes de gloria, actuando ante toros negros bravos y nobles, ideales para mi pinturera apostura. No es por nada, pero ¡qué bien toreaba con el capote!, metiendo el mentón barbilampiño en el sudorcillo que empezaba a perlear por entre la pechera de la camiseta de dormir en verano; y ¡qué faenas de muleta más largas y variadas!, salpimentadas de un arte y un valor inconmensurables. A estocada por toro salía en aquellos ensayos idílicos, en los que, invariablemente, terminaba en hombros de una multitud enfervorizada… hasta que oía movimientos sospechosos, alertándome de que mi madre ya estaba azacaneando por la cocina y podía caerme una bronca –o algo más—de categoría. ¡Mi pobre madre! Allá, donde esté, le pido perdón por esta burda engañifa, tan contumaz como inocente.

Todas estas imágenes, todos estos recuerdos, se me agolpan en la memoria en esta mañana de sol vallisoletana, mientras me acerco al niño que torea en la acera de una calle. Le miran embelesados varios miembros de la familia, supongo, padres y demás allegados. Salen de viaje “a una capea”, supongo también que será un tentadero. Yo no tuve capeas ni tentaderos que echarme a la cortina roja, por una simple razón: me cagaba por la pata abajo cuando Trifino, el carnicero del pueblo, soltaba en su corralón las chotas que unas pocas horas después pasarían por las cuchillas afiladas de la tabla de la carne. Confiésolo: con el andar del tiempo, no he pasado de torear becerras de acreditada nobleza en asoleradas plazas de tienta, y además poco, para qué nos vamos a engañar. Por eso me inspira una enorme ternura ver a este niño con el brillo de la ilusión en la mirada, ensimismado con sus pases naturales y obsesionado con el alcance de una gloria que está por llegar… pero llegará. Cuando me encuentro a un par de metros del niño que torea, le pregunto, “¿Puedo hacerte una fotografía?”. Y él, resuelto y más serio que El Viti en sus mejores tardes, me autoriza: “Sí”. Y ahí lo tienen, inmortalizando una de las secuencias más inesperadas, excepcionales y sorprendentes que puedan darse en este tiempo nuestro, animalista y pacato, torpedeado por anglicismos y asaeteado por la cibernética. Para mí es, sobre todas las cosas, la imagen que me llega impregnada por una abrumadora dosis de melancolía. “¿Quieres ser torero?”, le digo, por decirle algo,  a sabiendas de que he soltado una obviedad bien cercana a la estupidez. “¡Sí!” vuelve a responder con escueta sobriedad. Es un niño bien serio, convencido de que lo suyo irá para adelante, contra viento y marea. Su ídolo es José Tomás. Lo tiene más claro que el agua. No ha podido ir a verle torear en Granada, pero todo se andará.

Tal como están las cosas, la noticia es esta: un niño toreando en la calle. A plena luz del día. Sin rubor, sin complejos. Ahora, probablemente, la procacidad insensata, miserable y cruel de las redes sociales puede que entre en acción, atacando sin piedad lo más bello e intocable que hay en el mundo: la ilusión de un niño. Se llama Juan Serrano. Como Finito de Córdoba. También es casualidad. Bendito seas.