Una rociada de avisos y silencios

Iban cayendo los avisos a los toreros en la plaza de toros, ayer en Madrid, como caían las gotas de cera derretida de los velones sobre la base de la palmatoria que mi madre colocaba en nuestra casa del pueblo cuando se iba la luz. Era irse la luz y andar todos a tientas, tocando las paredes con la yema de los dedos. Recuerdo que, a los niños, más que miedo por la oscuridad, nos entraba la risa por los encontronazos que nos dábamos unos a otros; pero en seguida mi madre localizaba la palmatoria y la caja de cerillas que hacía guardia en el primer cajón de la cómoda y el ¡raaaas! de la cabeza del fósforo sobre la tirilla de lija de la cajita de cartón que lo encerraba, era como el supremo y divino milagro de la Creación: ¡Hágase la luz! Y la luz se hizo.

Sin embargo, ayer en Las Ventas, no había dios que encendiera la luz –se entiende a golpe de cerilla– de una tarde de toros que comenzó plúmbea y acabó jartible. Ni siquiera la luz intermitente de los vestidos de torear o la tenue de los velones que suelen aparecer en cualquier día de toros en cualquier recoveco de los distintos tercios de la lidia. Nada. Todo era oscuridad en la Plaza. Los tres primeros toros, tan negros de piel como de intenciones, hicieron pasar un mal rato a los toreros y metieron al público (tres cuartos del aforo cubierto) en la espiral del aburrimiento. Y para acabar de poner la tarde desapacible, el viento. ¡Qué torero es el viento de este último tramo de la feria de San Isidro! No se pierde una.

El hecho de que Morenito de Aranda se fuera a la puerta de chiqueros (más bien a la segunda raya de picadores) no encendió para nada la luz de la expectación. Decididamente, habrá que llamar la atención acerca de lo inconsecuente que resulta tanto riesgo para tan poco premio. El toraco de Fuente Ymbro, a punto de cumplir los seis añitos de edad y con una generosa percha sobre el testuz, se le paró a escasos metros de su genuflexa figura y al Moreno se le debió poner el ritmo cardíaco a mil por minuto. ¿A qué ton viene tanto forzamiento, tanta declaración de intenciones, tanta llamada al holocausto gratuito? Pues en un deslucimiento previsible. Aquello resultó una especie de revoltijo, con el toro cabeceando sobre un capote desmadejado y el torero a medio levantarse, con el cuerpo distorsionado. Que lo haga quien tiene a la temeridad como única baza para arrancar el aplauso, pudiera ser comprensible, pero que lo haga un torero como Jesús Martínez, Morenito de Aranda, que torea a la verónica como los ángeles, me parece, como poco, un despropósito. “Quería advertir a Madrid de que vengo a jugarme la vida”, podrá decir. Mentira. Todos los toreros deberían  ser conscientes de que tal infortunio está en manos del azar o del Destino, que para el caso es lo mismo. Además, el toro no valía un pimiento. Mansurrón declarado desde que desbarató aquél remedo de porta gayola, se negó a acometer a los caballos de picar y pasó los últimos veinte minutos (más o menos) de su vida de acá para allá, con Morenito llamándole a voz en grito para que siguiera el viaje que le marcaba con la muleta. Ni por esas. El toro, a lo suyo, que era huir de la lid y buscar el refugio de las tablas. Aquél viejo moruchón murió junto a las tablas, colocando a su divisa a la altura del betún y a Morenito con un aviso en su esportón. Silencio en las masas.

Algo parecido ocurrió en el segundo capítulo de la corrida, pero con un enfoque bien diferente. El toro de Ricardo Gallardo se empleó en varas, lo picó correctamente Juan Antonio Carbonell, realizó José Garrido un quite sandunguero con lances bien ligados en graciosas cuclillas  y llegó a la muleta de Pepe Moral con genio defensivo y embestida rebrincada. Toro para tirar por la calle de en medio, abrir la puerta del refugio y esconder la llave. Así lo debió pensar Pepe, que pinchó dos veces antes de la estocada. Otro silencio.

A continuación, José Garrido se abrió de capa ante otro cinqueño que salió temperamental y apenas le dejó esbozar un par de lances a la verónica. Otro geniudo, al que el torero extremeño solo pudo robarle tal cual muletazo compuestito, en larga faena que remató defectuosamente con la espada, lo que le llevó a escuchar un aviso. Otro más, y nuevo silencio.

Ya ven cómo estaba el patio del ruedo de Las Ventas a mitad de corrida. Avisos y silencios a discreción. Son avisos que estipula el Reglamento y silencios de Madrid, que, mira, algo tienen de bueno: al menos no se oyen intemperancias.

La segunda parte, más de lo mismo, solo que con un toro castaño oscuro, como palo a medio quemar, otro negro listón, como el cisco del brasero antes de prenderse, y un colorado encendido, que siempre parece alegrar la función.

El castaño resultó ser una castaña de toro, porque fue un manso alborotador, que por poco pilla a Campillo, que es buen peón de brega y excelente banderillero. Se aplaudió a uno de los subalternos de Morenito de Aranda por retirar de un solo manotazo una bolsa de plástico que era revolcada sobre el ruedo por el viento — ¡qué cosas hay que ver!– y su jefe de fila se empeñó en que humillara (el toro, no la bolsa) bajándole descaradamente la muleta en cada pase, pero el díscolo astado se empeñó a su vez en llevarle la contraria al torero. Otro fuenteymbro inservible para el arte del toreo, que no para la lidia; pero vaya usted a decirle ahora a estos muchachos que se las ven moradas para encontrar un hueco en los carteles que no intente ligar los pases, sino doblarse sobre las piernas y liquidar a este tipo de toros lo antes posible. Así es la vida. La vida del torero modesto, digo. Dos pinchazos y estocada. Aviso… y silencio.

El quinto fue el mejor. Mejor dicho, el menos malo de la deslucida corrida de Fuente Ymbro. Tenía dos puñales recién afilados en la testa y se arrancó veloz al caballo de picar, aunque al llegar a él hiciera en el peto una pelea discreta; pero justo es reconocer que embistió con mucha movilidad a la muleta de Pepe Moral, y el diestro de Los Palacios intentó darle fiesta por los dos pitones. Casi lo consigue. Aclaración: una cosa es la movilidad y otra la bravura. Sin embargo, la codicia del toro era tan innegable que fue, poco a poco, desconcertando a Pepe, después de varias tandas, sobre todo con la mano derecha. También es innegable que Moral acabó desmoralizado, hasta llegar a perder los papeles en el último tramo de la faena. Tras una estocada, descabelló tres o cuatro veces, no sé bien, pero fueron unos minutos agobiantes para él, lo cual permitió que en su rostro se dibujara el garabato del abatimiento. Mala cosa. Los primeros pitos fueron pronto engullidos por el silencio.

El colorado encendido que cerraba la corrida fue más bien un fogonazo. El presidente lo devolvió a los corrales cuando se iba a iniciar el tercio de banderillas; pero, antes, ya había querido quitarse el palo en su encuentro con el picador. Salió un sobrero del conde de Mayalde, castaño y cinqueño. Si el devuelto exhibió una terrorífica arboladura (qué bien los hubiera pintado Daniel Perea), este que embarcaron en El Castañar de Mazarambroz tenía una cuerna más proporcionada, pero un corpachón tremendo. Hizo concebir ciertas esperanzas su deambular mansón y huidizo por el ruedo, porque pareció tomar con buen son el capote de Antonio Chacón, que hizo una gran labor de brega; pero el suplente no hizo méritos para alcanzar el honroso rango de titular. José Garrido hizo ímprobos esfuerzo por canalizar su embestida embebiéndole en la roja franela, sin lograr meter al toro en esa canasta ni al público en la senda del triunfo, porque ni el torero empatizó con el toro ni el público estaba por la labor de aguantar el plomazo de la corrida. Para colmo, Garrido pinchó todo lo que quiso y más, antes de hundir media espada por las cercanías del morrillo del astado, y se llevó dos avisos. Eso sí, el primero de ellos fue un aviso floreado, porque el del clarín se recreó en la suerte y el público le premió con un largo palmoteo. Ya ven: los únicos aplausos fuertes de la tarde se los llevó una mano que cortó el viento y el viaje volandero de una bolsa de plástico y el intérprete de un clarinazo con un instrumento de viento. Triste corrida es aquella que apenas dejar recuerdos, por la oscuridad en el comportamiento de toros y la opacidad en el obrar de los toreros. Una rociada de avisos y silencios es para meter a esta tarde de toros en la en la nave del olvido. Y dejarla a la deriva.