Los “cuadris” no saben de homenajes

“Las ganaderías las hace uno para que duren mucho y pasen a los hijos. Y esto es lo que vale y lo que importa”.

Esta frase, que extraigo de las páginas taurinas del ABC de Sevilla, las pronunciaba don Celestino Cuadri Vides hace medio siglo, y están recogidas en el ABC de Sevilla de 28 de diciembre de 1969. La reproduzco ahora, recién terminada la trigésimo primera corrida de la feria de San Isidro, porque su hijo Fernando ha tomado la sublime –y sorprendente—decisión de dejar este oficio tan ingrato, ruinoso y apasionante de criar toros bravos. Bravos, como siempre los quiso su señor padre, todo un señor y todo un ganadero. Se va Fernando Cuadri, pero no del todo: se queda un poco… como “representante” de la tarea que ahora deja en manos de sus sobrinos.

Ayer, nada más deshacerse el paseíllo, una gran pancarta se bamboleaba hacia la mitad del tendido “7”, manifestando su gratitud a este Cuadri que deja de ser ganadero de reses bravas para tomar la chocante y virtual cartera de ese raro oficio que es la “representación”. Estaba el hombre por la mitad del tendido “9” y estoy seguro de que se le removieron las criadillas del alma con tan sentido como espontáneo homenaje. La ovación fue de órdago. Comparable con la que el día anterior recibió el Rey, no les digo más.

Por supuesto, yo también aplaudí porque mi tocayo se lo merece; pero por un momento me acosó la melancolía que provoca evocar aquella mañana templada y limpia en que me presenté en el cortijo Juan Vides de Trigueros y tuve el honor de consumir toda esa mañana encerrado con don Celestino en su despacho –raro honor, porque según su hijo Fernando, era absolutamente refractario a los periodistas, sobre todo taurinos–,  y de constatar de primera mano cómo una ganadería de bravo se puede llevar encerrada en ficheros (no en libros), y bichear en ellos con total impunidad. Creo que jamás podré agradecer a don Celestino Cuadri aquélla impensable deferencia; pero, si de algo sirviere, permítaseme el recuerdo de una garla entrañable y, para el que suscribe increíblemente provechosa, a través de la cual supe de qué forma los cuadris empezaron a cuadrar en la mente de este hombre cabal, dedicado a la ganadería en sus más variadas especies, pero centrado en la cría de bravo. De bravo-bravo.

Allí, en la semi-penumbra de un habitáculo con muebles de madera repujada, me enteré de que el pie de simiente de Cuadri fueron cuatro vacas de Juan Belmonte, por vía de José M. Lancha (puro Gamero Cívico) y una remezcla de Urcola y los legítimos ibarreños de Santa Coloma, por vía de Esteban González. En síntesis, lo mejor de la flor heráldica de Vistahermosa, de una sola tacada. Añádanle ahora un amor infinito a la crianza de estas reses de primera mano y un talento innato para la selección, de medio siglo para acá, y tendrán el toro de Cuadri.

De este pequeño galimatías genético salieron ayer seis hermosos ejemplares a la arena de Las Ventas. De una hermosura que se basa en la enormidad. Negros como la endrina, badanudos y aleonados, de cabeza achatada y cuernos arremangados, los cuadris de Trigueros daban miedo hasta después de muertos.

La corrida decepcionó. Digámoslo sin ambages: fue mala. Mala en el sentido de leonina de carácter y parca de acometividad. Todos los toros sufrieron un severo castigo en varas, se entregaron a la pelea y les pegaron sin miramientos, pero luego no recuperaron el empuje que debe tener todo toro encastado. Y mira que el público estaba dispuesto a remar a favor de corriente, ora insistiendo en que dejaran a buena distancia a los toros en la suerte de varas a pesar de que no manifestaran los cornúpetas ninguna intención de colaborar  (¡qué pesadez, Dios!) ora jaleando cualquier atisbo de bravura o nobleza en su recorrido en pos de los utensilios de torear. También influyó la condición de pesos-pesados que tienen adjudicados estos toros desde hace décadas, pero si así no fuera, perderían los  cuadris la cualidad física que los distingue del resto de ejemplares de nuestra cabaña de lidia. Y eso sí que no.

Atendiendo a su comportamiento en el ruedo, los toros de los hijos de don Celestino Cuadri Vides fueron, en general, duros de torear. El primero, se revolvía sobre las manos cuando aún no había terminado el recorrido del pase; el segundo se aplomó demasiado pronto, quizá por haber sido excesivamente sangrado en varas; el tercero, más de lo mismo, con el agravante de haber sufrido un dilatado, absurdo e improductivo tercio de varas; el cuarto embistió en los primeros tercios, más con las pezuñas que con los pitones; el quinto, sorprendentemente, a más de mitad de faena se desplazó con nobleza, sobre todo por el pitón izquierdo y el sexto fue, lisa y llanamente, un buey armado con los dos sables recién afilados, que daba pavor estar en sus cercanías, aunque apuntó alguna embestida de cierta docilidad.

¿Y los toreros? Pues Rafaelillo se estrelló con ese primer toro, artero y a la defensiva, que buscaba las taleguillas con insistencia. Pinchazo, buena estocada,  dos descabellos y todo el mundo a esperar; pero el cuarto tampoco ofreció mejores condiciones para hilvanar siquiera alguna serie de muletazos medio decente. Otra vez estuvo fácil (es un decir) y certero con las espadas, y ese fue su mejor argumento. Octavio Chacón solo pudo arrancar al tercer toro algunos pases a fuerza de insistir con el pisotón al suelo para provocar la arrancada. Toro sumamente deslucido que se fue al tiro de mulas (que este año está bastante fallón) de una estocada casi entera; y en el quinto, Octavio optó por guardar la ropa mientras nadaba contra corriente por las encrespadas aguas de una embestida incierta. Digo incierta porque, ciertamente, no acabamos de calibrarla, dadas las dudas que el torero mostró a lo largo de su larga faena muletera. Entre el gaditano Octavio y el murciano Rafael, se repartieron cuatro silencios. Echen cuentas.

Capítulo aparte merece Domingo López Chaves. Ante estos imponentes torazos no movió un músculo, no reculó ante tarascadas y, por contra, se le vio centrado ante el toro, aplomado en la arena, flexible de brazos y cintura y sereno de cabeza. Solo con tal cúmulo de virtudes pudo hacer mejores las embestidas cada vez más apagadas de un toro que acusó la sangría en varas (el segundo) y aprovechar la sorprendente actitud del quinto que, de repente, se desplazó tras la muleta con desconcertante boyantía, cuando se había hartado de frenar en los viajes, amagar y no dar. Fueron hasta tres series de naturales de espléndida naturalidad; pero es que, antes de todo esto, se había puesto ante los toros con apostura torerísima, embarcándolos en la bamba del capote o el faldón de la muleta a base de dar confianza a tantas reticencias y pezuñazos. Toda una lección de temple y serenidad, de disposición indubitable. Por momento, tuvo en sus manos el trofeo de la oreja en el quinto de la tarde, pero tras el pinchazo feo, por perder las manos el toro, colocó una estocada atravesada y dos descabellos. Ya en el primero de su lote había avisado de sus intenciones con una puesta en escena de torero consagrado. Dos ovaciones (aviso incluido) se llevó de Madrid este López Chaves, que tiene muy buena pinta en esta última fase de su etapa profesional. Habrá que darle crédito.

Un crédito que no podrá perder Fernando Cuadri por una tarde desafortunada. Siempre será uno de los ganaderos más queridos, respetados y admirado por los aficionados a los toros. A los toros bravos, de verdad. Los que se empeñó en criar su padre, don Celestino, en sus predios de Comeuñas y Cabecilla Pelá. El ganadero que irrumpió con enorme fuerza en los años 60, obligando a José Ignacio Sánchez Mejías a preguntar, “¿Y quién es ese tal Celestino Cuadri? ¿Es algún alemán que ha venido en un circo?” Pues no, señor. Era un ganadero de una pieza; aunque ayer, en Madrid, a su descendencia, le salieran unos toros boyancones y desabridos. Sin duda, estos cuadris, no saben de homenajes.