“Carasucia” encendió la luz

Con toda sinceridad: aquí, el que suscribe, fue ayer a Las Ventas con la mosca tras de la oreja. Una ganadería, por buen nombre Valdellán,  nueva en esta Feria, y con un historial enrolado en el apéndice “torista” de los llamados “encastes minoritarios” (que no sabe uno todavía el porqué de esta afinidad confluente, tan extendida como venerada, en la mayoría de los casos por quienes ignoran los antecedentes de algunos hierros ganaderos), es proclive, cuanto menos, a dejarse querer entre los brazos del escepticismo. Así, pues, con esa incertidumbre, me aposenté ayer en el granito gris colmenareño de mi asiento en la Monumental para presenciar el festejo que ocupa el número veintiocho del ciclo de toros llamado “de San Isidro”, cuando la fecha del Santo Patrono de Madrid ya está perdida en la lejanía de la mitad de mayo.

Miro los prospectos que tan lujosamente edita Plaza 1, y observo que la corrida empieza con un toro de 564 kilos y acaba con otro de 656. Barrunto para mi coleto: mala cosa. Esta de Valdellán es una vacada de bravo que procede de las sucesivas compras, ventas y repartos de la familia de Ignacio Pérez Tabernero, afamada por ser una de las ganaderías más encastadas del campo bravo de Salamanca. “Puro santacoloma”, se decía. Pura lumbre, se proclamaba. Eran los toros descendientes de aquellas reatas creadas por el toro Mesonero (MurubeIbarra por los cuatro costados), que hizo la ganadería de don Graciliano, fortaleció la de su hermano Alipio y fue ensanchando su prestigio en las manos del hijo de este, el citado Ignacio, con uno de cuyos descendientes, Fernando, tuve la dicha de compartir grandes veladas en formato de tertulia nocturna en el hotel Santemar de Santander, durante la feria de Julio.  Allí me contó mi tocayo que la finca familiar donde se criaban los toros se llamó Hoyo de la Gitana porque en una de sus hondonadas, entre robles y encinas, dicen que parió una joven de la raza calé, bajo el carromato que servía de transporte a su troupe, en pleno nomadeo. En cualquier caso, y anécdotas al margen, lo importante es que los toros de esta rama del muy frondoso árbol de los Pérez-Tabernero salmantinos eran santacolomas ibarreños, bravíos, fuertes y correosos, antes y después de que se “refrescaran” con la simiente de los buendías de Bucaré. Por tanto, teniendo presente la recortada anatomía de los ejemplares de este encaste, ¿qué se podía esperar de unos herederos de sangre y linaje que, según la báscula, se acercan a los 600 kilos y uno de ellos los sobrepasa con creces? Comprenderán que, con aquellos antecedentes y estos planteamientos, me temí lo peor.

Los dos primeros toros se empeñaron en ratificar mis temores. El que abrió el festejo, era un cromo en blanco y negro: negro bragado, meano, girón, facado, calcetero y coletero. Todo eso, y más, si se quiere seguir afinando, en plan repipi; y el segundo, más negro, menos meano y nada de lo demás del anterior. Entre los dos fueron hasta siete veces al caballo de picar. Fueron y salieron de allí, sin grandes alharacas. Ese segundo toro “dice” la tablilla que pesa 573 kilos, pero mi vecino de localidad, me apunta: “Ni de coña”. Este parecer se repitió en casi todos los toros subsiguientes. El antes citado primer toro, falto de raza y atontolinado, se dejó hacer, y Fernando Robleño hizo lo que pudo, mientras el de Vallellán iba y venía a su aire (un aire fresco, muy fresco, por cierto) sin  causar mayores problemas a su certero matador, que lo mandó al suelo de un espadazo letal. El siguiente protestaba ante las telas de Iván Vicente en cuanto se le exigía por abajo. Cuando remató el torero su labor de media caidilla, otro pinchazo errado por fallarle las manos al toro y una casi entera, allí nadie decía ni pio: ni toro, ni torero, ni público. Los dos citados finados, se parecieron a sus antepasados en la estampa, pero no en el carácter. Y en esto, se abrió el portón de chiqueros y salió el tercero de la tarde.

Nada que ver con los anteriores. Para empezar, su pelaje: cárdeno oscuro, bragado y meano, con sus cinco añitos bien cumplidos, y su cornamenta conformada con absoluta regularidad servían de carné de identidad para un toro que habrá de figurar entre los de más alta nota de esta larga, exitosa y sangrienta feria de San Isidro. Ya desde los primeros compases de su lidia, enseñó una embestida brava y humillada, larga y codiciosa. Cristian Escribano lo vio de cerca y se paró fachendoso, juntando los pies y jugando los brazos con notable gracia e indudable temple. Fueron cuatro lances a pies juntos y una media  preciosa que levantaron sinceros oles y una cerrada ovación. ¡Cáspita, esto es otra cosa! Y tanto que lo era. Peleó en el caballo como los bravos de verdad, apretando con los cuernos hundidos sobre la parte baja del peto y el rabo apuntando a las nubes. Arreó en banderillas y Jesús Alonso, El Chule (esto último me lo sopló mi amigo José Ángel, mientras ajustaba el objetivo de su cámara) le sopló al toro dos soberbios y expuestos pares de banderillas, saludando una ovación junto a su compañero Ignacio Martín, que también hizo lo suyo brillantemente.  Bravo, codicioso y encastado, el toro de Valdellán, de nombre Carasucia,  no tardó en concentrar para sí todas las miradas y todos los honores. Lo citaba este otro Escribano del escalafón y acudía pronto, solícito, con tranco suelto y el hocico por el suelo. Daba gloria ver embestir a un toro tan bravo y tan noble. ¿Y el torero? Pues, no crean, le pegó tres series con la mano derecha de buen tono, y aunque el viento arreció durante buena parte de la faena, algunos lambreazos con esa diestra (la zurda, apenas se vio), de brazo suelto y muñeca flexible arrancaron sinceros oles y fuertes ovaciones. ¿Estuvo a la altura del toro? Indudablemente, no. El toro era de formar un lío monumental, pero; ya se sabe, entre los nervios, la falta de oficio y la imponente presión de este público, la faena fue decantándose en favor de Carasucia; más aún, cuando Cristian se lio a pinchar y a descabellar, antes de recetar medio bajonazo sin contemplaciones. Sonaron dos avisos y algunos leves pitos para el torero. El toro, a mi juicio, de vuelta al ruedo. Con esto está dicho todo.

El resto de la corrida, también se vino arriba desde el punto de vista ganadero. El cuarto toro, igualmente cárdeno, cumplió en varas, pero esperó a los banderilleros, que pasaron fatiguitas para cumplir su función medianamente. No obstante, no paró el toro de moverse alrededor de la figura menuda de Fernando Robleño, lo cual exigía al torero  moverse también para recolocarse entre pase y pase. El movimiento, se demuestra andando, debió pensar Fernando. Y es que estas acometidas medio gazaponas, siempre atosigantes y de ritmo discontinuo, son muy difíciles de manejar. Robleño, que está curtido en situaciones más comprometidas, resolvió la papeleta con admirable soltura, entrando a matar al encuentro, donde el toro se llevó una estocada hasta la bola. Fue el torero de la terna que se ganó las palmas de la tarde.

El quinto toro fue el más enrazado de la corrida enviada por el ganadero leonés. Muy enrazado, peleó en varas con poder y se plantó en el último tercio pidiéndole al torero que lanzara la moneda. Su moneda. La que debe tener todo torero dispuesto a salir, de una vez por todas, del claroscuro (más esto que aquello) del escalafón. Máxime si el comportamiento del toro fue oportuna y sabiamente refinado por la manos de José Chacón en la brega. Iván Vicente, se quedó a medias, es decir, rebuscando la cartera y el monedero, más que apostando sobre el tapete de Las Ventas. Por este motivo, nos quedamos  con las ganas de conocer, en toda su dimensión, las virtudes y defectos del toro, pero todo apunta a que este tipo de cornúpetas, de embestida agreste, pero emotiva, suelen proporcionar triunfos de clamor… si quien está delante se echa, también, para adelante. Y ustedes me entienden. También lo vio así la mayoría del público (más de media entrada), que no se manifestó cuando Iván finalizó sus cometidos respectivos en los toros de su lote.

El sexto, era un tren; pero no un tren de mercancías, sino un convoy largo, bien proporcionado, de bello remate. Un Talgo, vamos. Recibió dos buenas varas de Adrián Navarrete, dos pares de banderillas magníficos de Raúl Cervantes (el segundo, colosal) y otro de Martín. Volvió a molestar el viento, pero justo es reconocer que cuantas veces llamó Escribano al toro, este acudió solícito y pastueño a la torera cita, sin que los ánimos del público se soliviantaran para bien o para mal. Destacaron unos naturales de frente al final de la faena, con el toro ya sosote perdido y la media estocada larga que acabó con su vida. Eso sí, murió con la boca cerrada. Cerradas, también, las bocas de los espectadores, que reiteraron en el mutis por el foro. Así de contundentes son los silencios del “foro” madrileño.

Salimos a buena hora. Con la luz del día en pleno declive, pero luz, al fin y al cabo. La luz de una tarde de toros en Madrid que empezó alumbrando Carasucia, un toro para el recuerdo. Grata sorpresa. Y ahora, a pensar en la Beneficencia de mañana. Asiste el Rey, el que reina. Sorpresa grata, también.