Al borde de la tragedia

Fue en el tercer toro de la tarde, una tarde cálida y ventosa más propia de San Antonio que de San Isidro. El toro de Ibán se llamaba Santanero I, castaño albardado, recio y fuerte, ofensivo, con dos leños puntiagudos sobre  el testuz y cinco años bien cumplidos. Puntea Santanero I en el carmesí de los capotes y empuja fiero y altivo (la cara a la altura del arzón de la silla de montar) hasta propinar un talegazo a caballo y caballero, con tan mala fortuna que Chocolate hijo , el piquero de turno, quedó aprisionado en el suelo a la altura de la pierna izquierda, atrapado sin remisión y con el toro bufando a un par de metros escasos. Era una situación dramática, porque si al toro le da por pasar por encima del caballo y reparar en el desamparo de Chocolate, no quiero pensar qué hubiera ocurrido. Al poco tiempo, el tercero de la cuadrilla de RománHazem Al Masri “El Sirio”, entró de nuevo a colocar banderillas, porque al toro se le cayó un palo, de forma fortuita, y el señor Presidente (el señalado por pancartas de días anteriores y blanco de la iracundia de un sector del público) obligó  a que se pusiera de nuevo una más, a pesar de los ruegos del matador, que veía cómo el toro esperaba a los pobres banderilleros y les cortaba la salida. A El Sirio, el toro le cortó hasta la respiración, salió rebotado de un embroque imposible, cayó sobre la arena y ahí el toro le buscó con saña, saliendo vivo milagrosamente de aquel despropósito. Eso sí, el Reglamento se cumplió, y Santanero I lució aquel palo que la ley impone, aunque le cueste la vida.

Dos milagros que se pueden repartir en la corte celestial entre San Isidro y San Antonio. Y ahora va Román con los trastos en su mano izquierda y brinda a su compañero herido, Emilio de Justo, a quien sustituía en el cartel. El toro es un vendaval de gañafones, y sale de los pases de muleta echando los pitones al cielo, donde los santos citados se estarían echando las manos a la cabeza. Las series con la mano derecha eran tragantones enlazados, uno tras otro. El joven torero valenciano, con el rubio flequillo a merced del viento, se ponía delante de aquel bruto con un desparpajo que helaba la sangre. Y Román, tan fresco. Hecho un tío. Y el público, impresionado por tan riesgosa aventura, jaleando cada vez que el toro pasaba por delante del muchacho, sin hacer carne… hasta que llegó la “hora de la verdad”, que, de verdad, pudo ser la hora trágica en todos los relojes. Se perfiló Román en corto, se echó sobre el morrillo de aquella bestia y hundió el acero hasta las cintas, al tiempo que Santanero I hundía el cuerno hasta la oreja en el muslo del torero. Lo campaneó horriblemente y sacó el asta ensangrentado, mientras el público, horrorizado, apartaba la vista del manantial de sangre, de sangre joven y valiente que empapaba el  raso de la taleguilla. Murió el toro, y pudo morir el torero. Por fortuna, la ciencia y la pericia de los cirujanos, parece que restauraron la tremenda carnicería (30 centímetros, pronóstico muy grave); pero se rozó la tragedia.

El rigor de la información obliga a consignar que a Román le concedieron una oreja, que es pírrico consuelo para tanto dolor. Y mientras un muchacho estaba exánime sobre la mesa del quirófano, otro compañero quiso rendirle tributo de admiración, en un arrebato de rabia contenida. Curro Díaz se fue a las tablas del 4, colocó su montera  sobre la contera de la barrera y ordenó: ¡dejadla ahí! ¡que nadie la toque! Y se volvió hacia el toro segundo de su lote, otro ejemplar de enrome trapío, que tuvo a bien escanciar unas pocas gotas de nobleza y permitió que este Curro de Linares se abandonara en unos muletazos desmayados, que parecieron pura delicia. Fueron pocos y buenos, como  la esencia y el frasco. He de decir que Curro se la jugó  sin reservas,  como si quisiera demostrar  que tampoco le importaba asumir el riesgo de ingresar  en el “hule”. No hubo “hule”, por fortuna. Ole por los buenos toreros y los hombres valientes. Estocada hasta el puño y pañolada general. ¡Qué oreja más bien ganada!

El resto de la corrida fue un contínuo sobresalto. Los toros de Baltasar Ibán parecían tener un cuchillo entre los dientes. Ahora dirán algunos que nadie se aburrió. Naturalmente. El miedo es una sensación  que desata todas las alarmas, porque es la sensación de angustia que atenaza a quien lo presiente. En efecto, daba miedo ver a Curro Díaz ante el sobrero, primero bis de la tarde, de Montealto, que rebañaba los pases una barbaridad, o jugársela sin miramientos ante el manso rajado que cerró la corrida. O a Pepe Moral, desmoralizado ante un lote imposible.

No me pidan detalles de pinchazos, estocadas, avisos y otras menudencias, que las hubo. Me importa, sobre todo, la escena de un torero colgado del pitón de un toro. La vida colgando de un hilo. Orejas al margen, la tarde de este domingo de toros en Madrid estuvo al borde de la tragedia.