La fábula de la banderilla, la fantasía y la sinrazón

Me avisan de que viene “Miguel” y yo lo tomo a chacota, pero resulta que es cierto: en todos los medios de comunicación anuncian la llegada de una ciclogénesis explosiva. Entro en el espabilaburros cibernético habitual y me entero de que se llama ciclogénesis al desarrollo de una circulación ciclónica. Y, digo yo, que si es explosiva será porque estalla o explota de forma abrupta y sorprendente. O sea, que el viento que tanto ha molestado estos días en las corridas de la feria de San Isidro, a toros, toreros y público, ha metido la directa y se ha convertido en ciclón. Advertidos estamos: llega por el norte del país un ciclón y se llama Miguel, como el segundo espada del cartel de ayer.

Hasta ahora, en la Historia del Toreo se reconocían dos ciclones, uno mexicano, Carlos Arruza y otro jerezano, Juan José Padilla. Dos toreros impulsivos, devastadores, arrolladores, que no se les ponía nada por delante. Dos toreros que hacían de la suerte de banderillas una disciplina olímpica, jugando con su vida alegremente y deleitando a los públicos con unos segundos tercios de apabullante escenografía, llevando por toda defensa dos pequeños palos de escoba vestidos con papelillos de colores, rizados con fantasía y fijados a la madera con cola de pegar. Ambos fueron célebres por sus arabescos previos a la ejecución de la suerte y su precisión al clavar en el morrillo de los toros el arpón de la banderilla. Ah, la banderilla, mire usté que poca cosa, que diría el poeta Benítez Carrasco.

Y es que la banderilla puede jugar un papel –un rol—más importante de lo que parece, sobre todo en esas tardes en que la corrida acaba por echarse en el regazo del aburrimiento. Puede, incluso, servir de entretenimiento durante toda una faena de muleta. Ayer, sin ir más lejos, una banderilla tuvo pendiente a 22.310 espectadores exactamente, a los que hay que sumar los que se aposentaban en el callejón y los que pululaban por el ruedo. A ojo de buen cubero unos 22.500, y me quedo corto.

La banderilla en cuestión rebotó en el morrillo del segundo cornúpeta de la corrida, en el tercer par, a cargo –creo recordar– de Curro Javier, pero en vez de aterrizar en la arena se enhebró el arpón en la parte baja paletilla, casi en la rodilla, de Granero, que así se llamaba el toro del Puerto de San Lorenzo, de modo que, conforme avanzaba la faena de muleta, la banderilla iba dando tumbos de acá para allá, incordiando al animal y sacando de quicio al torero. A ver quién es el guapo que tiene la osadía de quitarle el palitroque a Granero, estando como estaba en tan comprometido lugar de su anatomía. Nadie intentó acometer tan riesgosa aventura, así que el penduleo de la banderilla fue el objeto del deseo de las buenas gentes que contemplaban la insólita escena: Ahora, ahora, se va a caer, se oía por los tendidos; pero, nada, la banderilla seguía cada vez más lacia, más deshilachada y ostentosa, jugando a pasearse  por delante de la espinilla derecha del torero y de la pezuña del toro. Yo creo que se la está clavando el toro cada vez más, decía el experto en banderillas enhebradas malamente. A todo esto, nadie, o casi nadie, atendía al juego del tal Granero ni a la labor esforzada de Miguel Ángel Perera, que estaba más pendiente de los caprichosos escorzos de la banderilla que del viaje del burel. Aunque parezca increíble, una banderilla fue capaz de mantener en vilo a miles de gentes, unidas por la curiosidad y la incertidumbre de la puerilidad más absoluta. Cría un toro durante más de cinco años o haz el paseíllo en el escenario más importante del mundo para que una banderilla arrample con todas las miradas…

El toro cayó por la certera estocada del torero, y con él, sucumbió la maltrecha banderilla. Al del Puerto se lo llevaron al desolladero entre la general indiferencia y el torero se retiró a la barrera, a meditar entre el silencio. Así acabó el primer capítulo de la fábula taurina que ocupa el vigésimo cuarto festejo de la feria de San Isidro.

El ciclón que se anuncia no pasó de cicloncito durante la tarde de toros en Madrid, pero el viento molestó lo suyo. De no haber soplado con tan inhóspita virulencia, probablemente Antonio Ferrera hubiera ofrecido otro gran espectáculo. Porque Ferrera es eso: el arte del toreo al servicio del espectáculo, o viceversa. No en el primero de la corrida, porque este toro fue un mostrenco que no dejó de tirar gañafones a las telas de torear. El viento descubría al torero y el toro se descubría a sí mismo con su intemperancia; pero había ganas de que explotara, otra vez, el ferrerismo en Las Ventas. El público había obligado a salir a saludar al torero después del paseíllo,  y éste, en un gesto de elemental cortesía, quiso compartir la ovación con sus compañeros. Otra vez, la zafiedad y el pésimo gusto de un pequeño grupo, motejando a los invitados de intrusos, empañó el detalle de generosidad y señorío que siempre caracterizó a esta Plaza. En cambio, nada más salir el cuarto toro, Antonio nos sorprendió con un saludo capotero de indefinible descripción. Se lo muestro en la imagen servida por Plaza-1 que ilustra y encabeza estas líneas. Es un lance de complicado entramado y dificultosa ejecución. Una remanguillé por tijerillas, diría yo. En fin, que lo defina su inventor. A mí me cuesta entender su eficacia y belleza, más allá de la sorpresa que causó en el público. Antonio, cuando entra en trance, es capaz de sorprenderse a sí mismo. Otra fantasía fue el quite por faroles y caleserinas al segundo toro de su lote, un verdadero “quite”, sacando al toro del mismo peto, por cierto, después de que el bóvido salmantino hiciera una buena pelea en varas. Lástima que la faena de muleta se perdiera entre paseos por el ruedo, en busca de abrigo, y de que todo el trasteo se sustentara en el toreo en línea recta frente a un toro de docilidad amuermada. No conectó Antonio Ferrera con el público, pero dejó la impronta de unos brotes de fantasía, que es bocado exquisito para paladares hartos de tanta rutina, algo así como las legendarias yemas de San Leandro, de Sevilla. La fantasía, pues, llena el segundo capítulo de la  fábula que trato de deshojar con mi mejor voluntad.

El tercer y último capítulo tiene tintes más dramáticos. Se compone de la invasión de la sinrazón en la casa del buen toreo. Por hechuras y comportamiento, el tercer toro de la corrida fue “el toro de la corrida”. Bravo en varas, galopón en banderillas y noble, con su pizca de pimienta por mor de la casta, en el tercio final-. Alberto López Simón le enjaretó una serie en redondo con la derecha y dos tandas de naturales enganchado por delante, corriendo la mano y rematando muy atrás, al final del arco del muletazo, todas ellas abrochadas con largos y profundos pases de pecho. Todo iba sobre ruedas, cuando Simón, al ver que el toro perdía velocidad en el recorrido, se echó la muleta donde la espalda pierde su casto nombre y, de paso, se echó al toro encima. Así, como lo leen. Citando a tan corta distancia es imposible cambiar la trayectoria del viaje del toro. La cogida, estaba “cantada”, y llegó. Impresionante voltereta, por fortuna sin consecuencias graves que lamentar; pero ahí no quedó la cosa. En su afán por amarrar la oreja, entró Alberto a matar desprendiéndose de la muleta a mitad de viaje y zambulléndose materialmente sobre los pitones. Y así, por dos veces. Menos mal que la Providencia es magnánima y le metió su capote a tiempo. La sinrazón, por mucho que haya quien la aplauda, está fuera de catálogo en las Bellas Artes. Y en todas las artes. En la del toreo, también. Alberto López Simón demostró ayer en Madrid que sabe torear muy bien, pero, al propio tiempo, parece sentir la necesidad de mostrar un desprecio por la vida que está fuera de lugar. ¿Qué consiguió? Un aviso de la presidencia y otro de la Providencia; pero, cuidado, porque ésta última no siempre está de guardia.

También consiguió el torero madrileño la única ovación de la tarde. El resto, silencios para los toreros y algunos pitos para la mayoría de los toros, excepto el referido tercero, por cierto, cinqueño. El quinto tenía el cuello escondido tras los pliegues de su piel zaína y, por simple cuestión anatómica, era difícil que humillara. Fue boyancón, huidizo y rebrincado; y, encima, se desató la ventolera. El último, con sus 625 kilos, se mostró tardo y bronco, al punto de que parecía querer quitarle la muleta de las manos al torero, utilizando todos los recursos disponibles para este fin: los pitones, el testuz, incluso los dientes, si preciso fuere. Una prenda. Nada que hacer. No merece la pena abundar en datos estadísticos, se lo aseguro.

Con tan escasa, pero variada, sustancia para digerir nos fuimos para casa, dándole vueltas a la fábula de una corrida protagonizada por la banderilla, la fantasía y la sinrazón, pero a la vez, dándole la vuelta al cuello de la chaqueta, porque hacía viruji afuera de Las Ventas. Arreciaba el viento. “Miguel”, está llamando a la puerta. Y yo, con estos pelos.