Ginés Marín encara la Puerta Grande, pero solo la roza

Ha refrescado, y se nota. Ayer, en Las Ventas, mirabas en tu propio derredor y veías rebequitas en las mujeres y suéteres de punto en los hombres, que es lo que pedía el clima ambiental, con el cuarenta de mayo a la vuelta de la esquina. Ha refrescado, sí, pero el viento fresco no se va ni a tiros. Un frescor desapacible se apoderaba de nosotros conforme discurría la corrida; pero tampoco hay que exagerar, porque el verbo “refrescar” tiene bien ganada fama de conveniente, incluso imprescindible, en nuestra jerga taurina. Se “refresca” una ganadería con nuevas aportaciones de fecundación para evitar consanguinidades y cosas así. Y también en el lugar de enfrente, donde dícese que se “refresca” el escalafón de toreros con la llegada de otros valores, portadores también de novedosos conceptos. Refrescar, por tanto, es buena cosa, siempre que el refrescamiento no te pille desprevenido o desabrigado.

De alguna forma, también los toros anunciados de Garcigrande fueron “refrescados” con el imprevisto remiendo de Buenavista que abrió el festejo, un cinqueño burraquito de bonita lámina que cumplió en varas, pero denotó una palmaria falta de fuerza, lo cual desencadenó en el toro un carácter defensivo nada propicio para el lucimiento del torero. En cualquier caso no era sino un individuo de la raza de lidia emparentado directamente con el linaje del hierro titular, esto es, Juan Pedro Domecq por los cuatro costados, como dicen los gitanos cuando quieren testimoniar su pureza racial. No puede considerarse remiendo el de Domingo Hernández que hizo tercero, porque aunque, en principio ese hierro albergara reses de Amelia Pérez Tabernero y Domingo Ortega, a nadie se le escapa que los juampedros de Garcigrande han acabado por hacerse los amos del cotarro.

Salían al ruedo los dichos garcigrandes y todos –o casi todos—parecían garcichicos, comparados con las moles con cuernos lidiados en el día anterior, lo cual promovió algunas tímidas propuestas. Y es que refrescar la memoria tan pronto, invita a un demoledor agravio comparativo.

Digamos con prontitud que el lote de Sebastián Castella fue absolutamente impropio para el lucimiento. No se precisaba tener vista de lince para comprobar que el de Buenavista defendía su invalidez a tornillazos, a pesar de la buena lidia que le dio José Chacón y de los vibrantes pares de banderillas que arponó Viotti;  pero es que el de Garcigrande que hizo cuarto, cinqueño también,  fue duro de pelar (de lidiar, incluso), porque se quedó tan chusco después de levantar en vilo al caballo de Juan Melgar en la segunda vara y entrar una tercera vez al castigo. Volvió a lucirse Chacón, esta vez en dos soberbios pares de banderillas, y a continuación el toro se entretuvo en tirarle un sinfín de gañafones a la muleta del torero francés. Nada que hacer, pero menos soltar medio golletazo de aúpa, sin duda muy a su pesar. Si hubo silencio en uno apenas se escucharon pitos en el otro. En la Corrida de la Cultura, tiene Sebastián a tiro el desquite.

Me temo que ya no habrá desquite en esta feria para Álvaro Lorenzo, uno de los jóvenes valores en que la afición tiene puestas sus complacencias. Esta vez, tampoco podrá encontrar excusas en el viento, que sopló de lo lindo durante la lidia del primero de su lote, porque justo es reconocer que este fue uno de los tres buenos toros de Garcigrande que ayer salieron al ruedo de la Monumental; un toro que pudo parecer terciado por su equilibrada conformación morfológica, libre de desmesuras, pero que ya “cantó” su brava condición al tomar el capote del diestro toledano, con el hocico a ras de suelo, lo cual posibilitó unos lances compuestitos, rematados con media verónica de trazo suave; pero el animal galopó en banderillas, donde brilló con luz propia Rafael González en dos pares precisos y preciosos, a más de arriesgados, saludando una cerrada ovación que compartió presto su compañero Alberto Zayas. Después, el toro embistió mejor por el pitón izquierdo que por el derecho, y Álvaro lo llevó templado en algunos pases naturales, pero, qué quieren que les diga, parecióme toro propicio para mayores ambiciones. Lo mató de pinchazo y estocada sin puntilla y escuchó… un aviso, por todo escuchar. El quinto fue un cornúpeta zancudo, alto de cruz y de mazorca gruesa, con un corpachón que puso la aguja de la báscula en la cifra 603. Se arrancó veloz al caballo de picar y le pegó un talegazo descomunal al conjunto coronado por Francisco Javier Sánchez. Tales avatares y su falta de casta, hicieron que el torazo llegara al tercio final cortando el viaje, tomando la tela de la muleta sin pinta de codicia y deambulando por allí, alrededor del torero, distraído, a su aire,  porque en este tramo del festejo el viento había dado un receso. Dos pinchazos y estocada acabaron con la vida del buen mozo de Garcigrande y Álvaro Lorenzo se fue en busca de la furgoneta con el preocupante y pírrico botín de dos silencios significativos.

El tercero lució el otro hierro de la familia Hernández, el del recordado patriarca, Domingo. Para el caso, es igual. El toro era una dije, de pelo colorado ojo de perdiz, corniapretado de defensas, con sus 528 kilos perfectamente distribuidos en una armónica estructura corporal; es decir, todos los ingredientes para que fuera protestado por un sector de este público de Madrid. Sin embargo, pronto el toro acalló las discrepancias con su forma de embestir al capote de Ginés Marín, con tranco largo y templado, humillando hacia la costura inferior de la bamba. Preciosas fueron las verónicas de Ginés, ceñidas, ampulosas y profundas. Un haz reatado con media colosal y revolera con el envés de la capa. Peleó con bravura el toro en el caballo, sin volver nunca la cara, Marín volvió a cargar la suerte en la verónica del quite y Castella replicó con una mixtura de tapatías, saltilleras y gaoneras. Todo lo aguantó el toro sin una mala destemplanza, en un alarde de fijeza y nobleza que daba gloria ver.  En este tono siguió durante toda la faena de muleta, aun cuando el torero le exigió muy por abajo, en sucesivas tandas en redondo con la derecha y naturales de cite sesgado o frontal, que de todo hubo. Pases todos ellos de trazo curvo, sin solución de continuidad. Gran toro el de Domingo Hernández. Extraordinario, por su bravura y templada codicia. La faena de Ginés Marín tuvo momentos espléndidos, junto a otros de menor intensidad, pero el toro jamás renegó de la pelea y se mantuvo fiel a su excepcionalidad. La estocada fue impecable y la muerte del toro larga y emotiva, aunque se fuera al estribo como refugio postrero. El trofeo de la oreja, indiscutible. Más discutible fue la que le negaron en el sexto, un toro bravo como un tejón, el más encastado de la corrida de Garcigrande, aunque comenzara su lidia un tanto abanto por el ruedo. El inicio explosivo de faena preludiaba otra apoteosis final, en la feria de San Isidro más pródiga en Puertas Grandes que uno recuerde; pero esta vez la actuación de Ginés Marín fue bajando el tono progresivamente. También el toro, se fue apagando, ciertamente; pero esos quince primeros pases, arrancando de largo, con una bravura y una codicia emocionante, parecían la traca final de una tarde de toros redonda para uno de nuestros jóvenes valores mejor posicionados para optar a jugar en esa Liga de Campeones que gobiernan las grandes figuras contemporáneas. La faena, pues, tuvo dientes de sierra, aunque el torero jamás rebajó un ápice su razonable dosis de ambición por redondear el triunfo. Por tal motivo, se empleó afanoso en unas bernadinas atropelladillas, pero emocionantes, con las que pretendió –y logró—recalentar el ambiente, ligeramente decaído al final del trasteo. Pinchó, antes de hundir una estocada de efectos fulminantes que obró el milagro de prender la mecha del entusiasmo del público, en una pañolada absolutamente ferviente y claramente mayoritaria.

Decir que el torero no mereció esa otra oreja tendría un prurito de crueldad hacia quien con tanto afán la buscó y de desconsideración hacia quienes con tanta espontaneidad la solicitaron;  pero, en puridad, comparada con la lograda en el tercer toro, no hay color. No hubieran tenido el mismo peso, y, sin embargo, le abrirían la Puerta Grande, que son palabras mayores, al menos en Madrid. Podría decirse que, esta vez, Ginés Marín encaró esa cara Puerta, pero solo la rozó. Creo, honestamente, que la doble vuelta al ruedo en ese segundo toro es un premio que se ajusta más a la realidad de lo acontecido en el ruedo.

Ahora bien: ¿incumplió el Reglamento el presidente de la corrida? Por  supuesto que lo incumplió, porque la petición fue clamorosamente mayoritaria, aunque el numerito del tiro de mulillas le pusiera al usía entre la espada de la justicia y la pared del amotinamiento popular. Por tanto, una vez más, un Juez de Plaza se ha pasado el Reglamento por la entrepierna, como el otro día un colega suyo con el toro devuelto al principio de la faena de muleta. En aquélla ocasión, los reglamentistas montaron en cólera. Espero que, con esta transgresión, los mismos que clamaban dimisiones y abandonos, se encolericen de nuevo, porque el origen de la causa es el mismo: El Reglamento pisoteado vilmente. ¡Fuera del palco!, ¿no?