Crónica ucrónica

Ante corridas como la de ayer en Madrid, lo mejor es hacer un ejercicio de ucronía. En serio. Imagínense que echamos la vista –y la mente– hacia los primeros años del siglo pasado, más o menos, y ponemos a los seis toros de Las Ramblas en los chiqueros de la plaza de Madrid, la de la carretera de Aragón, naturalmente. Los toros, repito, exactamente los mismos, con  el peso y la edad que registraron la aguja de la báscula y la documentación oficial pertinente, con las mismas encornaduras y el mismo carácter. Ahora, cambiemos la terna de toreros y coloquemos en el patio de cuadrillas a Morenito de Algeciras, Cocherito de Bilbao y Regaterín, pongo por caso, en lugar de Morenito de Aranda, Juan del Álamo y Tomás Campos. Dos ternas de “modestos”, con más de un siglo de diferencia. Si previamente les quitamos los petos protectores a los caballos de picar y dejamos volar a la imaginación, les aseguro que la corrida hubiera hecho las delicias de los aficionados de la época.

Estos seis toros de Las Ramblas hubieran hecho una carnicería colosal en el tercio de varas, porque, excepto el primero, todos acudieron con diligencia  a los caballos de picas, empujando de firme, en busca del “mondongo” que guardaban en las entrañas los pobres pencos. ¿Cuál “mondongo”?, se preguntarán los aficionados de esta ápoca. Pues cuál va a ser, la interminable ristra de intestinos sanguinolentos y demás vísceras adyacentes  que se desparramaban sobre aquella arena regada con el agua de la próxima Fuente del Berro. Ya comprendo que a los ojos –y las mentes—de la sociedad taurina contemporánea estas cosas parecerá un nauseabundo recordatorio. Pero, no se equivoquen, la  fiesta de los toros de nuestros antepasados –abuelos o bisabuelos–, era, principalmente eso: ver al toro cebarse con la sangre de la que fue llamada “víctima inútil” y crecerse ante el castigo –feble, por cierto—de los forzudos picadores, a tal punto, que la bravura se catalogaba en función del número de caballos que habían destripado los toros. “Déjale que enganche”, decía El Guerra a los banderilleros, entendiendo que ese “enganche” –cornada— estimularía la ferocidad del cornudo animal. Echen un vistazo al listado de toros célebres de antaño y verán que toda su valía heroica se cifra en los caballos matados a destajo. Así, pues, metiéndonos de lleno en la dicha ucronía, la corrida de ayer en Madrid  hubiera resultado memorable.

¿Y los toreros? Pues todos hubieran lucido sus mejores virtudes, el Moreno de Algeciras su valor indomable, Cocherito, recogería del suelo una banderilla mal prendida y arponaría tres palos  en el par siguiente, entre el delirio colectivo, antes de que Regaterín, matara a volapié como los propios ángeles o arcángeles  (San Gabriel, por ejemplo, que usa flamígera espada).

El problema es que ayer en Las Ventas estos toros peleones en el tercio de varas, recibieron estopa por un tubo –unos más que otros– y luego se fueron de montería por el ruedo en busca de toreros que echarse al zurrón, también unos más que otros. El problema, insisto, es que la fiesta de los toros actual, ya hace muchos, muchos, pero que muchos años dejó de ser básicamente un espectáculo de sangre y bragueta, para ir convirtiéndose, afortunadamente, en un arte dinámico, irrepetible por su fugacidad y bellísimo por su expresividad. Bien entendido que, para que esto ocurra –el arte del toreo— es INDISPENSABLE que el toro embista a las telas de torear con franquía, pero con la emoción que genera la evidencia del riesgo, porque es la emoción el plasma vital de esta Fiesta de vida y muerte, única por su magnificencia.

Los toros de Las Ramblas eran grandes, cornalones, elefantiásicos, algunos, como el quinto y el sexto. “Oh, qué pedazo de toro”, se oía murmurar por algunos rincones de la Plaza, de la media Plaza que ayer se cubrió de público. En efecto, pedazo de toro… imposible para el arte del toreo. Dirá la conspicua afición que para eso está la lidia: se dobla el torero varias veces con el toro, lo somete con muletazos de castigo y lo mata guapamente por arriba. Ya. Eso para los toreros que bebían tinto peleón de Valdepeñas y que salían al ruedo  que se regaba con el agua de la Fuente del Berro; los que salieron ayer beben agua mineral sin gas y el ruedo se riega por aspersión. Además tienen que torear ceñido a la verónica, enroscarse a los toros por gráciles chicuelinas, dar pases cambiados, cincuenta muletazos en redondo sin que los pitones tropiecen la tela de franela, la consabida ración de “inas” y, encima, hundir la espada en una diana del diámetro de la perra gorda de antaño. De lo contrario, pegan un petardo, y un petardo en Madrid, para estos muchachos, puede mandarles a los albañiles.

Vistas así las cosas, y dejando a un lado ilusiones ucrónicas, lo cierto es que la corrida del bueno de Daniel Martínez fue mala; quiero decir, de malas intenciones, prácticamente imposible para el arte del toreo y sí para opositar al bisturí de don Máximo. Quitando el segundo de la tarde, que fue con diferencia el más bravo y encastado del lote de Las Ramblas. Este toro peleó  bravamente contra el peto gigantesco del caballo, acudiendo a los cites de muleta del torero con prontitud y codicia, hasta mediada la faena. El resto solo ofreció pavorosas raciones de peligro inminente. El primero, una burra barriguda y blandengue, utilizó el calamocheo como esgrima defensiva. No se sabrá nunca si por su propia debilidad de cuerpo o porque su verdadera debilidad era echarle mano al torero. No se dejó Morenito de Aranda, pero hizo ímprobos esfuerzos para sacarle algún pase digno de mención, sin conseguirlo. Lo mató de media atravesada y cuatro descabello y se llevó un aviso; el tercero, fue un pájaro de cuentas, al que zurraron de lo lindo en varas, y pareció decirle a Tomás Campos: te espero a la salida. Y, en efecto, le esperaba a la salida de cada muletazo, revolviéndose con un genio endiablado y tirando puñaladas a diestro y siniestro (en este caso, sobre todo, al diestro). Tomás no los puso aquí. ¡Qué desazón de faena, santo Dios! Fue empuntado por el glúteo y solo le partió parte de la banda de la taleguilla, pero después le metió el cuerno por entre el chaleco y el pitón viajó hasta cerca de la garganta, por fortuna sin hacer carne. Lo asombroso fue cómo el muchacho, con gran serenidad, se fue deshaciendo de tan diabólico enhebrado y entró a matar al galafate pegado a las tablas, acabando con el angelito de dos pinchazos, media y descabello. Sonó un aviso, pero a todos nos pareció que sonó la campana que acababa con tan terrible como desigual asalto; el cuarto fue otro mostrenco de viaje rebrincado, al que Morenito trató, sin éxito, de meter en cintura. Dos pinchaos, media y descabello, y listo; el quinto fue un tremendo toro, calamocheante y bronco. Tomen ustedes las dos primeras sílabas de estos adjetivos, únanlas y verán qué les sale. Pues así fue el toro, un…  que no mereció el esfuerzo de Juan del Álamo, al que se le fue la mano con la espada por la bajura del morrillo; y, en fin, el sexto, fue, sencillamente, un buey. ¿Embisten los bueyes? Algunos –muy pocos–, sí, pero éste, como la inmensa mayoría, no. Se arrancó con viaje descompuesto, utilizando los pitones como un sacacorchos. Otra vez a pasar miedo. Otra vez Tomás Campos, desesperado, se jugaba la vida en cites cercanos, frente el reojo del bruto cornudo. Cuando Tomás se puso de frente para citar al natural, algunos volvimos la cara. Nos contaron que hasta algún natural le salió libre de gañafones. Un milagro. Atacó con la espada antes de que el toro descubriese la cruz del morrillo y falló, pero después, le encalomó una estocada desprendida, no me pregunten cómo.

Quedan por reseñar dos notas positivas de la corrida: la primera, los dos soberbios puyazos de Juan Francisco Peña al segundo toro y el encastado comportamiento que ofreció el de Las Ramblas, quitando su “rajada” final a tablas. Fue el único toro que ofreció el triunfo al torero. El torero fue Juan del Álamo, pero dio la impresión de que, al catar las bravas embestidas del animal, le pudo el aturullamiento, porque los embates del burel transmitían emociones al tendido, que es lo bueno. En justicia, hay que destacar una soberbia tanda de pases en redondo con la mano derecha y algún pase natural suelto. Las manoletinas de rigor, son de menor cuantía, en el catálogo de valoración. Media tendida y descabello le valieron las únicas palmas sonoras de la tarde.  Esta vez, no falló el toro ¿Qué falló, pues? Alguien achacará el “no triunfo” al viento, pero se engañará a sí mismo. Cuando sale un toro así, en Madrid, ni viento, ni leches. No hay que confundir las ganas con las prisas.

En definitiva, lo ocurrido en Las Ventas ayer nos abre el túnel del tiempo para transponer la materia prima (los toros) a épocas muy lejanas. Llegan a coger a estos toros los toreros de pantorrilla gorda y testiculina de primer nivel que toreaban hace siglo y pico en la vieja Plaza y les forman un colosal gazpacho de chicotazos con capotes y muletas a los que vinieron enjaulados desde Elche de la Sierra, para acabar con los caballos de los coches de punto de la calle Alcalá. Y además, acabarían con ellos a sablazo limpio. Ahora que lo pienso, si la corrida se hubiera celebrado en Barcelona, por aquellas fechas, aún no abierta la primigenia Plaza del Sport –hoy maravillosa Monumental– y con aquél cartel supuesto, se hubieran llevado en hombros a los matadores. Hasta Las Ramblas.

Ayer actuaron tres jóvenes toreros, militantes de un super-sobredimensionado escalafón de matadores de toros, que vinieron a Madrid no a pegar chicotazos sobre las piernas, sobre fondo de blanco y negro, sino a practicar el arte del toreo, utilizando toda la gama de colores del Universo. Con las salvedades apuntadas, los galafates de Daniel Martínez, no les dejaron; pero a servidor le sirven de excusa para ponerle alas a la fantasía y permitirme esbozar esta crónica ucrónica. Con su permiso.