David de Miranda, ¡qué sorpresa!

En la tarde de toros de ayer en Las Ventas se vivió un hecho insólito, una situación imprevista, que dio paso a una solución sorprendente: el cuarto toro de lidia ordinaria se rompió una mano a la salida del tercer par de banderillas y el presidente ordenó su vuelta a los corrales cuando el torero de turno esbozaba el inicio de la faena de muleta. Veredicto formal: incumplió el vigente Reglamento taurino. Esto es tan cierto como inapelable.

Ahora bien, ¿qué dice el citado Reglamento al respecto? Si no recuerdo mal estipula que cuando una res se inutilizara durante su lidia y tuviera que ser apuntillada, no será sustituida por ninguna otra. Por tanto,  la flagrante transgresión del señor presidente es palmaria. Hasta aquí, las protestas puntuales de algunos aficionados que clamaban contra tamaña felonía deben entenderse.

Pero, ¿cuándo, en qué momento, debe devolverse el toro que se halla en tales circunstancias? ¿En cuánto puede cifrarse la preposición “durante”? Hasta el momento, se aplicaba el sentido común –tan raro de aplicar cuando se trata del ordenamiento de la corrida–, y se supone que mientras discurre el primer tercio de dicha lidia es un plazo razonable, pero nada –que yo sepa– está reglamentado al respecto; por tanto, en ocasiones puntuales se había llegado hasta el tercio de banderillas (por cierto, acción ésta aprobada por aclamación por quienes ayer recriminaban duramente a quien presidía el festejo) lo cual parecía el límite del “durante” de marras. Ayer se pasó esa línea roja apenas por quince segundos, que fue lo que duraron los dos o tres muletazos probatorios de El Juli, mientras arreciaba el clamor por el accidente desagradable del animal, motivo por el cual, el presidente decidió sacar el pañuelo verde. ¿Quién salió vapuleado con tan “sublime” decisión? No lo duden: El Reglamento. La imagen de la fiesta de los toros –que es lo principal– nada perdió; al contrario, ganó con la diligencia de Florito y su  fantástica “cuadrilla”, que se llevó para dentro al lisiado en un periquete, evitando el trance de los posibles pinchazos (si se decide no apuntillar) o la agonía lenta de un animal perniquebrado. Resuelvo, pues, antes de entrar en diatribas acerca de la conveniencia o no de cambiar de toro: lo que hay que cambiar es el Reglamento. No necesariamente para abrir la anchura de la manga, sino  para formalizar su costura. Este Reglamento (en lo fundamental) fue redactado hace más de medio siglo, y solo ha sido maquillado por la llamada Ley Corcuera del 91, además de la cirugía facial y racial que han incorporado varias comunidades autónomas, dentro de un galimatías caótico y estéril. Tiene numerosas lagunas, todas ellas de agua no potable. Va siendo hora de ponerlo al día.

Hecha la indispensable premisa, vayamos al meollo de la cuestión: el excelente juego de los toros de Juan Pedro Domecq lidiados en tercer y quinto lugar, y el excepcional que cerró la corrida. Antes, abrió plaza un toro castaño,  muy cornalón, que tuvo nobleza pastueña y poco fondo; después otro más lavadito de cara que protestó en varas y pasó desapercibido en la muleta por el vendaval reinante y un sobrero de Luis Algarra (cuarto-bis), que se dejó torear sin presentar mayores problemas.

Acudió, una vez más a su localidad del tendido 3, el emérito rey don Juan Carlos, esta vez acompañado por Enrique Ponce y el ganadero titular de la corrida. Se puso el cartel de “No Hay Billetes” y hasta el viento, sacó su localidad de privilegio, desde la crestería de la fachada principal de la Plaza, donde ondean las banderas, hasta el último refugio  en que se condensan los papelillos avisadores de la calma, bajo el estribo de la barrera. Soplaba por rachas, pero ¡cómo soplaba!

A El Juli le molestaron especialmente esas rachas en el segundo toro de la tarde, primero de su lote. No se pudo acomodar ni el capote ni la muleta entre sus manos, porque eran bocanadas de gran intensidad las que abanicaban la Plaza. Lo que hizo el torero fue poco más que nada, pero ¿cómo fue el toro? Solo sabemos que no quiso caballo en la suerte de varas y punteó insistentemente en la tela de los utensilios de torear, que eran banderolas ingobernables. El resto de su carácter se deposita en el recodo de una mera suposición. Julián lo puso en el balancín del tiro de arrastre de media caída y dos descabellos. El cuarto-bis, de Algarra, iba y venía con bonancible tranco, y El Juli cubrió el expediente sin cuajar pasajes dignos de mención, salvo algunos pespuntes de trincherillas y ayudados por bajo de final de faena.  Los pinchazos y la estocada baja propiciaron el aviso y pusieron fin a su primer compromiso en la feria de San Isidro, incluido en ella por la repesca de urgencia a que obligó el percance en Fallas de Enrique Ponce.  Y hasta aquí podemos leer, y escribir.  Poco, muy poco, para lo que se esperaba.

Una ovación cerrada y merecida obligó a Paco Ureña a saludar desde el tercio en cuanto se deshizo el paseíllo. Es un torero muy querido en Madrid, que ha pasado por un duro trance la temporada pasada. No abundaré en la cuestión, pero sí haré hincapié en la capacidad que este hombre tiene para vencer al sufrimiento. Ayer, se llevó un buen lote de toros de Juan Pedro. Al primero de ellos (tercero de la tarde) lo recibió Paco con unos templados y ajustados lances a la verónica, “cantando” el toro en ellos sus mejores virtudes: largueza en el recorrido, bravura y nobleza, virtudes todas ellas que se manifestaron con palmaria claridad cuando tomó los vuelos de la muleta por abajo, con los pitones planeando sobre la bamba y deslizándose hasta más allá del trazo que marcaba el torero. Acertó Paco con llevarse el toro a los terrenos del tercio del 5, donde el viento molestaba menos, pero se echó en falta más contenido en las series. Solo dos, a los sumo tres, en redondo o al natural y el de pecho, pareció mermada carga para un toro tan generoso de embestidas. No obstante, la cortedad numérica de las tandas no empece la belleza del toreo del murciano. Si no llega a pinchar antes de la estocada letal, corta oreja, pero dio una lenta y ovacionada vuelta al ruedo. El quinto fue otro de los toros buenos de Juan Pedro, noble y de templada acometida, sirvió para ver una versión muy mejorada de Paco Ureña. Espléndidas (y más nutridas) las tandas de naturales, plenas de ajuste, temple y mando. Excelente y vistoso el cierre de faena, por bajo y con la pierna flexionada. Todo ello de excelente caligrafía, con el aditamento de las bernadinas de consuno y una estocada de efectos fulminantes. A pesar de inefable aviso, la oreja que paseó fue indiscutible.

También teníamos el aliciente de una confirmación de alternativa, en este caso, de un muchacho de Huelva apodado David de Miranda. Un torero que también ha pasado un calvario tras las graves lesiones derivadas del percance sufrido en Toro (Zamora), va para dos años, que le afectaron la zona cervical. Ayer, de blanco y oro, hizo el paseíllo en Madrid por efecto de Bombo de Casas, en su calidad de confirmante, feliz circunstancia para las figuras veteranas que no quieren “abrir plaza”. El toro de la ceremonia, se parecía al legendario  Cocinero, al que Guerrita apunta con el estoque, según clisé de la época, en la vieja Plaza de Madrid: un tío con dos leznas arremangadas sobre el testuz. Un tío que se fue quedando cortito de fuelle y, por ende, de embestidas a medida que avanzaba el trasteo, motivo por el cual David se puso entre los pitones, para demostrar a la gente del Foro que venía a jugarse la vida. Pero en Madrid, los alardes temerarios como recurso no suelen gustar, así que el dicho arrimón le valió de poco.

Esas teníamos respecto al diestro novel cuando salió el sexto de la tarde. Muy tarde debe hacérseles a estos toreros toricantanos las corridas en que abren y cierran el telón. Pero, ya lo dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena. Y vaya si lo fue. El toro de Juan Pedro Domecq destiló un torrente de bravura y encastada nobleza. Un toro que acudió con prontitud y fijeza al caballo de picar, galopó con alegría en banderillas y mantuvo en la faena de muleta un ritmo y un temple en la embestida que le califican como toro de bandera. ¡Y se llamaba Despreciado! ¿Quién osaría despreciar semejante regalo de la Providencia? No, por cierto, David de Miranda, que no solo estuvo a la altura de tan soberbio ejemplar, sino que, por momentos, dejó detalles de torero de halagüeño futuro. Estos toros tan bravos, tan nobles y tan encastados pueden enterrar a cualquiera. Y más, en Madrid. Pero, quiá; resulta que este onubense está ya bien cuajado para  afrontar tan altas empresas y toreó a placer, primero con la capa, comenzando por el saludo con sorprendentes cordobinas, continuando con unas apretadísimas chicuelinas y finando con una faena de alto calado, en la que destacaron las series en redondo con ambas manos, largas de trazado, hondas de concepto y de muy apreciable temple y mando. Un faenón que remató, cómo no, con las de Bernadó, pero a lo Roca-Rey, y rubricó con un espadazo inapelable. Inapelables, también, las dos orejas. Pena que al toro no se le premiara con la vuelta al ruedo.

David Pérez Sánchez, natural de Trigueros, provincia de Huelva, fue zarandeado en hombros por la multitud que le esperaba en los aledaños de la Puerta Grande de Las Ventas. Un ídolo recién nacido y conocido como David de Miranda se erigió en el protagonista de la noticia taurina del día. Una tarde de cara o cruz… y salió cara. Más que cara, carísima, porque un zarpazo de esta naturaleza no se lo podía imaginar, ni en sus mejores sueños. A esas horas de la noche ya nadie se acordaba de la violación del Reglamento. ¡Qué sorpresa!