Roca Rey es el Emperador

Desde lo más profundo de mi conciencia y lo más preclaro de consciencia, se lo digo, a quien leerlo quisiere: por cosas como estas merece la pena ir a los toros; por cosas como estas se puede revertir el ateísmo antitaurino en pasión por el arte del toreo; por cosas como estas la credibilidad en los seres humanos –aquejada en estos tiempos de raquitismo congénito– aparece de pronto, tan deslumbrante como la luz del sol; por cosas como estas la Tauromaquia sigue ahí, quieta, imperturbable, plantada como una roca en el malecón en que se estrella el oleaje pérfido y torpe de la incomprensión y la ignorancia; por cosas como estas se puede obrar el milagro de la comunión integral entre el colectivo de gentes más heterogéneo, voluble, apasionado, cabal, injusto y conflictivo que puede darse en el mundo del espectáculo: el público que acude a las corridas de toros. Son cosas que no solo hay que verlas, sino vivirlas.

Las cosas, dicho en abstracto, apenas son objeto de atención y tratamiento analítico. Necesitan algo que motive su concreción. En el caso que nos atañe, el motivador es un hombre que ha sido especialmente dotado por la Naturaleza para adoptar a la heroicidad como habitual compañera de viaje. Apenas ha dejado a la pubertad orillada en la última esquina de la vida y ya es un personaje universal, un héroe mundialmente conocido, porque su nombre vuela y vuela sobre el gigantesco Pegaso de las redes sociales y los satélites que rebotan sonidos e imágenes hasta los últimos rincones del ancho mundo. Es peruano, y se llama Andrés Roca Rey. Él es el artífice de que sucedan cosas como la de ayer en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid, las cosas que dan vitalidad y trascendencia a esta vieja Fiesta de España.

Dichas cosas, sucedieron de aquesta manera:

Nada más salir al ruedo el tercer toro de la novena corrida de la feria de San Isidro se pudo apreciar tanto su excelente trapío como su escasa fortaleza. El de Parladé blandeaba ante los primeros capotazos y perdió las manos a la salida de un leve puyazo, pero se adivinaba en él una boyante embestida. El público, este público de Madrid que siempre espera a las figuras del toreo con la escopeta cargada con el plomo de la intransigencia, disparó a tenazón ante la manifiesta flojedad del cornúpeta y el embarullamiento de su lidia. Toro para los corrales, pues. Salió el sobrero –o reserva, que dicen, quizá con más propiedad en América–, un torazo bien comido y armado por delante con dos puñales por pitones, al que faltaban algo más de dos meses para cumplir seis años, que es la venerable edad y el límite reglamentado para salir al ruedo de una plaza de toros. Ante él, un muchacho espigado, vestido de canela y oro, solemne como los consagrados y audaz como los intrépidos. A las primeras de cambio, se echa el capote a la espalda y, de inmediato, el toro se lo echa a los lomos y lo zarandea de forma horripilante, tirándole cornadas en el aire y en el suelo. El público, horrorizado, contempla como Roca se levanta ligeramente conmocionado. Tiene el vestido destrozado  y el cuerpo seriamente dañado por la brutal paliza del mozo cornudo de Mazarambroz. Sangra por la zona del glúteo y está literalmente desbaratado; pero sigue en el ruedo, se ciñe por chicuelinas y deja que le recompongan la taleguilla, desastrada por completo. Renquea, el torero. Toma la muleta y se faja con un toro violento y destemplado, logrando sacar algunas series ligadas que son  coreadas por el público. El del conde, se raja, se va a las tablas y Andrés lo pone en el tiro de mulas con un bajonazo al encuentro. Antes de que arrastren al toro y el torero se vaya a la enfermería, suena un aviso. La tontuna reglamentaria de cada tarde. Para entonces, todo el interés de la corrida se cifraba en el retorno de Andrés Roca Rey  al ruedo, para lidiar al último toro de la tarde. “¿Saldrá?”,  se preguntaban los espectadores. “No creo, debe estar tullido y, además, herido”, respondían los más sensatos. Esta última frase era rigurosamente exacta. Las noticias que llegaban del quirófano de Las Ventas hacían referencia a la intervención quirúrgica de una cornadita (sic)… pero que saldría a matar el sexto toro. Salió, por descontado, ¡y cómo salió!

El toro en cuestión llevaba el hierro titular de la corrida: Parladé. De lomo ensillado, cinqueño y abanto, huía de los capotes y manseaba en varas escandalosamente. El percal de Viruta le marcó el viaje para aliviar la destemplanza y Andrés se fue, cojitranco, a brindar al Rey emérito de España. Fue un brindis premonitorio de que podríamos estar ante un capítulo especial de la serie de televisión “Juego de Tronos”. Para don Juan Carlos, un juego ya jugado, para  Andrés Roca Rey una partida decisiva ante 23.624 espectadores (lleno de No Hay Billetes). Recogió el emérito Rey de España la montera del torero y el Rey taurino del Perú se fue a los medios en busca de Maderero, negro listón, de 565 kilos y cinco añitos largos, bien cumplidos. Y allí fue Troya. Los pases cambiados por la espalda, con los cuernos del toro silbando sobre el raso del calzón y el morrillo acariciando el espaldar de la casaca, fueron de escalofrío, pero los remates tuvieron un empaque excepcional. El toro, subyugado por tanta prestancia, rompió a embestir y las tandas en redondo fueron tan largas de trazada y tan hondamente cargadas de emoción que, de pronto, los tendidos estallaron de júbilo. Ni un gesto esquivo, ni una reticencia, ni una sola contrariedad enturbió el ambiente. Fue la citada e insólita comunión, que tan raramente se produce en esta Plaza. Hubo una serie de naturales de muleta arrastras que enloqueció al graderío. Y más aún, cuando escondió la muleta tras las flageladas posaderas y se pasó al toro hasta en cinco ocasiones en unas bernadinas de infarto. El estoconazo hasta los gavilanes se veía venir… y vino. Dada gloria ver los tendidos, gradas y andanadas pañoleando el suceso y pidiendo el premio gordo para el artífice de la proeza. Dos orejas que nadie osó discutir. ¡Qué faena, Dios! ¡Qué torero, este Roca Rey, ayer coronado Emperador del Toreo en Las Ventas de Madrid!

Ya me perdonarán los toreros que completaban el cartel, pero –insisto– cosas como estas hacen palidecer otros momentos de lucimiento, incluso de esplendor, que tuvo la tarde, empezando por la cariñosa ovación con que el público acogió y despidió a Manuel Jesús El Cid, en la temporada que se anuncia como última de su actividad taurina, y también por la compostura con que toreó de capa y muleta al toro burraco que abrió el festejo, un parladé cinqueño de gran nobleza. También cinqueño y bonancible fue el cuarto, pero embistió desangelado y con la cara alta. Se va El Cid, pero nos deja el poso de una de las zurdas más templadas que cogieron las muletas de torear en los últimos veinte años. Se queda Alberto López Simón con la oreja del segundo toro, el único cuatreño de la corrida de Parladé y el de más alta nota, por presentación y comportamiento. Aprovechó Alberto su tranco fácil y lo toreó en redondo con intermitente lucimiento, hasta que llegaron las inefables bernadinas, que por cierto bordó López Simón. Como clavó una estocada caídilla, un sector del público protestó el trofeo.  El quinto era el AVE Madrid-Sevilla por su corpulencia y por sus bravucones embates, pero, de repente, se fue despavorido a las tablas y de allí no salió, de modo que Simón hubo de plantarle cara en ese terreno y acoplarse a una distancia mínima en los cites, dada la premiosidad del desconcertante astado. Total, que López Simón hubo de apañárselas con un AVE que acabó en tren de cercanías. Se entretuvo con la espada y le cayó un aviso. Uno más, porque también cayeron para sus compañeros, alguno de ellos con un rigor y una inoportunidad que raya lo grotesco.

Hacía muchos años que los aledaños de Las Ventas, con la noche dominando la situación, no registraba el borboteo de corrillos de aficionados, rememorando lo ocurrido minutos antes en el ruedo. Reuniones espontáneas que solo tienen  lugar y espacio cuando se acaba de producir un acontecimiento.  Ayer, fue uno de esos casos. Hacía media hora que el Emperador había salido por la Puerta Grande y seguían los conciliábulos. Y las caras de sorpresa. Porque cosas como estas, solo tienen hueco en la excepcionalidad. Las cosas, como son.