La tarde del miedo

La corrida de El Pilar fue un corridón. Este podría ser el término correcto para calificar el festejo de ayer en Madrid: corridón. Bien entendido que, en esta ocasión, el aumentativo no quiere indicar magnificencia, pero tampoco ruindad, sino una extraña simbiosis de ambos sustantivos abstractos que se soporta sobre la realidad visual de la corpulencia y acaba relacionándose con ese adjetivo calificativo, propio e intransferible del lenguaje taurino: corridón. Y como imagino que la mayoría de ustedes fruncirán el entrecejo ante el intríngulis gramatical que les sirvo con enrevesada intencionalidad, harían bien en hacerse esta reflexión: pero, vamos a ver, déjese de divagaciones, ¿la corrida fue buena, mala o regular? Y ante tal interrogante, se supone que habré de entrar en las explicaciones pertinentes.

Un corridón, por dos motivos: su imponente presencia y la dificultad que entraña el afloramiento de la casta brava, con los múltiples matices que de ella se desprenden. Fueron toros con cuajo, armados con generosidad y de carácter voluble durante la lidia. Tan pronto manseaban en los caballos de picar como apretaban de firme contra en peto; lo mismo se arrancaban como trenes embalados que frenaban su viaje en mitad del embroque de las suertes de capa y muleta, buscando carne de torero; unas veces se desplazaban con nobleza y otras reponían terreno sobre las manos y obligaban al torero a bailar ante ellos un rigodón evasivo, so pena de ser trincados y vapuleados sin remisión. Un corridón, insisto, que permitió masticar de cerca el riesgo que corrían quienes afrontaban la lid con estos fornidos toros pilaristas. Y si daba miedo ver la escena de los toreros en trance de ser presa de la afilada encornadura de semejantes antagonistas, es fácil imaginar la jinda que pasaron quienes a ellos se enfrentaron con capa, banderillas, muleta y estoque. Seriedad, toda. Emoción, la que genera una sucesión de circunstancias de apremio. Ayer, en Madrid, el miedo que se desprendía en el ruedo trascendía de inmediato al tendido. Habrá quien lo captara como una consecuencia de la impericia de los toreros y quien lo relacionara con la malevolencia de los toros salmantinos. Todo depende del grado de sensibilidad o de entendimiento en materia taurina de los sujetos pasivos que lo contemplen. O del cristal de ver, torista o torerista, que se emplee.

Los tres toreros del cartel, Juan del Álamo, José Garrido y Gonzalo Caballero, “cobraron” de lo lindo, sobre todo este último, a quien el tercer toro le atravesó el muslo de una certera cornada. Fue un toro musculado, con generoso y afilado armamento sobre la testa, que manseó en varas y se arrancó al caballo de picar con ligereza pero cuando alcanzaba el peto se salía del encuentro, tratando de quitarse el palo. Por este motivo llegó a los tercios subsiguientes prácticamente sin picar, es decir, con todo el picante de la casta brava cuando en ella anida un goterón de mansedumbre. Gonzalo Caballero le plantó cara sin pestañear, sin alardear de esfuerzo, comenzando la faena de muleta por alto, erguido y seguro, para después correr la mano en varias series de muletazos en redondo que sorprendieron al personal y, creo, hasta al propio toro, que hasta ese momento se había empleado sin fijeza.  Tomó vuelo el trasteo en un pase circular que le salió bordado al torero y se creó en la Plaza un ambiente de triunfo sólidamente labrado por este diestro, valiente como el que más y díscolo como ninguno. Así que se perfiló en corto en la suerte final y practicó una zambullida temeraria sobre los pitones de toro, de modo que el cuerno derecho penetró en la cara externa del tercio medio del muslo izquierdo en trayectoria ascendente de 25 centímetros. Una grave y dolorosa herida que afecta al nervio ciático, de la que fue operado por el equipo médico en la enfermería de la Plaza. También los toros de El Pilar repartieron estopa entre los otros dos compañeros de cartel. Juan del Álamo fue volteado dramáticamente por el primero de la tarde y José Garrido atropellado y perseguido por el segundo. Aquél acabó desmadejado por el palizón y éste seriamente tocado en su ánimo. No obstante, ambos dieron la cara, incluso en los momentos de mayor incertidumbre. Del Álamo se había mostrado crispado ante la encastada y artera movilidad de ese toro que abrió el festejo, tratando de responder con un toreo mecanizado y rápido a los embates en oleadas del animal. No era fácil apaciguar tanta agresividad, pero cuando volvió a tomar los trastos tras el porrazo –por fortuna solo eso, porque el toro le buscó con saña en el suelo–, su toreo se relajó al punto de entonarse en una serie en redondo. Cuando enterró la espada en el morrillo del toro hubo de emprender una veloz huida que le dejó sin resuello, mientras el feroz cornúpeta se iba hacia los medios a doblar como un toro auténticamente bravo. Yo diría que lo fue. Y diría más: excesivamente bravo, para el toreo rutinario que hoy se practica. Se pidió tímidamente la oreja –hubiera sido una temeridad para el presidente concederla, después del mitin que le dedicaron desde un tendido al empezar la corrida–, y Juan del Álamo, que recibió un aviso, se dio un paseo por el ruedo, recogiendo el palmoteo de reconocimiento al esfuerzo realizado. Por el percance de Caballero hubo de enfrentarse a dos toros más, el cuarto, segundo de su lote, un toro enorme que manseó en varas, apretó en banderillas –se jugó el físico Mambrú en dos pares– y tomó con cierta docilidad la muleta, lo que permitió algunos momentos de precario lucimiento, y el sexto, un colorado al que recetó lo más artístico de la tarde: una tanda de lances a la verónica de primorosa ejecución que pusieron a parte del público en pie. Fue este el toro más bravo y más noble de la muy exigente corrida de El Pilar. Tomó un gran puyazo de Curro Sánchez y le hicieron dos quites –también por verónicas—Juan del Álamo y Garrido. Un toro que metió la cara en la muleta por abajo y ofreció templadas embestidas. Lástima que la espada entrara en el sótano del morrillo. A pesar de ello, Juan fue despedido con una ovación. José Garrido sorteó el lote de toros más problemático, uno por temperamental y acosador incansable, que acabó distraído cuando se sintió vencido, y otro colorado que arrastraba el rabo –uno de los cuatro cinqueños que llegaron de Salamanca—y metió los riñones al empujar con bravura, poder y fijeza, en el tercio de varas. Después de dos excelentes pares de banderillas de Antonio Chacón, el toro sorprendió con una embestida extraña: hacía hilo con la tela de la muleta y se frenaba en el centro de la suerte. Una pesadilla para el torero, que hubo de hacer un titánico esfuerzo para no ser atropellado por tan atosigante ejemplar. ¡Qué mutaciones tan imprevisibles ofrecen los toros durante la lidia! Lo mató Garrido de tres pinchazos y estocada. Por lo menos, lo mató, que no fue poco. Aviso y aviso fue su balance. No se puede tener peor suerte.

La tarde fue ventosa, pero de agradable temperatura y la Plaza albergó a 14.666 espectadores. Una tarde en la que el miedo fue el gran protagonista. Miedo al fracaso y al detonante que lo provoca (el toro) en los de abajo y miedo a las dolorosas consecuencias en los de arriba. Aquellos, activos. Estos, pasivos. Una doble e inevitable versión de la grandeza de esta Fiesta que se cita con la muerte, cuando, como dice la letra del célebre pasodoble, se deja oír un clarín que rompe el viento, anunciando a un toro negro que da miedo ver. Ayer, fueron seis toros negros, muy negros y muy encastados de El Pilar. En los toros, el miedo también se oye.