Tres de Madrid

Decía Santiago Amón que el número tres era el que daba la clave de la Tauromaquia: tres tercios, tres toreros (lo habitual), tres pares de banderillas,  tres avisos…Hasta los versos de Benítez Carrasco recogieron el detalle de tan torera aritmética: uno, dos y tres, tres banderilleros en el redondel/solo tres monteras tras los burladeros. Tres de Madrid hicieron el paseíllo ayer en Las Ventas. Tres novilleros. Tres muchachos vestidos de esperanza y oro. Tres ilusiones. Se atemperó la cuestión climática y la tarde también se apuntó al tres: casi tres cuartos de entrada.

He de confesar que las novilladas en Madrid me aperezan, no porque sean espectáculo de menor rango que las corridas de toros, sino por la dureza con que una parte de este público emplea con el juvenil impulso de quienes aspiran  a emular en gloria y fama a los toreros consagrados. Los novilleros siempre fueron eso: émulos de un modelo, espejo de un maestro, materia feble que se expone a la intemperancia de un animal y a una severidad de juicio desconocida. Y todo ello, merced a esa inconsciente capacidad, tan proverbial en la mocedad, que los novilleros tienen para abstraerse de las consecuencias que acarrea tan arriesgada declaración de intenciones. Tres de Madrid, tres veinteañeros con pelo de barba recién estrenado, salieron al ruedo con los sueños de toreo de salón todavía frescos y de una embriagadora apoteosis en la  Puerta Grande; pero luego sale el toro (el novillo) y la realidad hace pedazos al sonambulismo.

Hecho el presente introito debo insistir en mi pertinaz empeño por enfocar el juicio al novillero en función de las circunstancias que, en estos tiempos, le abocan a llegar a Madrid, a torear en Madrid, con un puñado de festejos en su historial y, por tanto, con un bagaje escaso para afrontar tan arduo compromiso. Básicamente, han aprendido el oficio en tentaderos, créanme. “¡Pues que no vengan!”, dirá el conspicuo y ceñudo aficionado. Pero tienen que venir, es norma no escrita, sino obligación impuesta. Y así llegaron, todos vestidos de durse, los tres de Madrid que torearon en la primera novillada de esta feria de San Isidro: Rafael González, Marcos y Fernando Plaza. Los tres, desmonterados y con el público en pie, guardaron un minuto de silencio por la repentina y prematura muerte de un gran –excelentísimo– ganadero de reses bravas: Fernando Domecq Solís.

De los chiqueros salieron novillos correctamente presentados –salvo el tercero, feo de tipo y exageradamente bizco de cornamenta–, de la ganadería Conde de Mayalde, que pastan en la finca El Castañar de Mazarambroz, provincia de Toledo. Una ganadería que ha tenido que reducir la estirpe de Contreras, porque, supongo,  su “cara” (cuerna) viene cortita de serie, aunque siempre fueron bravos como la lumbre, de modo que predomina en la torada “condesa” la rama más pura de Domecq, vía Ventorrillo. El primero, remiso en varas, se mostró codicioso en el tercio final, dando excelente juego; el resto, con escaso carbón para aguantar las faenas. No obstante, puede decirse que, en general, embistieron con nobleza, lo cual facilitó la labor de los novilleros, afortunadamente para ellos.

Y es que ellos, los novilleros, se emplearon con denodado entusiasmo, intentando demostrar las cualidades que atesoran y, a la vez, esperando la validación del respetable. Y el respetable –la parte más activa del mismo– validó según su leal saber y entender, esto es, corrigiendo posiciones (¡crúzate, hombre!), advirtiendo fraudes de ley (¿quieres dejar el pico de una vez?) y dictando sentencias (¡qué pena de novillo!), lo cual se traduce en el siguiente resultado estadístico: González, ovación y oreja con protestas; Marcos, silencio y silencio tras dos avisos; y Plaza, aviso y ovación tras aviso.

Sin meternos en disquisiciones ni ahondar en profundidades, digamos también que Rafael González se fue a porta gayola, para abrir boca, y por poco se la parte el novillo, pero después  lo toreó animoso de capa y realizó una faena de gran entrega, ante el utrero más encastado del lote enviado por Rafael Finat. Comenzó González con ese paseo “cordobesista” que Morante ha convertido en arrogante y torerísima displicencia y después se fajó en tandas de muletazos por el pitón derecho de correcta ejecución y notable entusiasmo. El novillo se venía de lejos con tranco alegre y el novillero procuró darle fiesta con plausible ardor, acabando el trasteo de muleta con las consabidas bernadinas. Más de lo mismo en el cuarto, que salió corretón y apretó en varas, solo que esta vez comenzó la faena de rodillas y se lio a darle pases por ambos lados y una ración de manoletinas de tan larga duración que los impacientes acabaron pitando; pero, amigos, se fue Rafael tras la espada como un rayo y dejó un volapié de libro que tiró sin puntilla, lo cual provocó una mayoritaria petición de oreja que obligó al presidente a conceder el trofeo. Trofeo que a un sector de público le pareció excesivo, pero al muchacho le supo a gloria y con él que dio la vuelta al ruedo más feliz que una perdiz.

Menos experto, pero no menos entusiasta, se mostró Marcos, que tiene ascendencia taurina por vía empresarial y ganadera. Pegó muchos pases de capa y muleta a sus dos novillos (ambos nobles, pero de progresivo apagamiento), intercalando con el capote largas de rodillas, ante chiqueros y en el tercio, faroles, delantales, chicuelinas, etcétera; vamos, todo lo que tenía escrito en su vademécum particular antes de hacer el paseíllo. De muleta dio pases cambiados por la espalda y otros en redondo por ambos pitones, además, cómo no, de su lote de bernadinas. Mató de estocada atravesada a uno y de dos pinchazos y estocada al otro, después de una labor voluntariosa de excesivo metraje. Tiene tiempo –y apoyos muy valiosos— para progresar adecuadamente.

A mi modo de ver, Fernando Plaza estuvo magnífico toda la tarde. Ya presentó credenciales en un quite por gaoneras muy “tomasista” al primero de la tarde, y acabó metiendo en vereda a su primer novillo, que frenó escandalosamente ante el capote y apretó en varas, especialmente en la segunda. Después Fernando lo pasó de muleta de forma parsimoniosa, esgrimiendo una gran personalidad en todas sus intervenciones. Torea despacito, reunido y templado, no se altera ante parones, miradas o viajes inciertos. Muy vertical y profundo, a la vez. La sosería de ese tercer novillo  privó que sus muletazos impactaran más en el tendido  y aprovechó hasta el agotamiento las embestidas del que cerró la novillada, impidiendo con serenidad que se fuera a la querencia  –los adentros—, toreando de rodillas con tanta parsimonia como de pie. Anotamos varias series de naturales de largo y bello trazo, realmente espléndidas. Mató de una estocada y le dieron un aviso porque la faena tuvo largo metraje y el novillo tardó en doblar. Se quedó sin oreja y sin vuelta al ruedo, porque el público salió de la Plaza en cuanto Plaza salió del último embroque. La ovación final fue escasa. Y el premio, también.

Consignar, asimismo, la excelente brega de Ramón Moya y los pares de banderillas de Jarocho, Miguel Martín, Domingo Siro  y Fernando Sánchez; pero, fundamentalmente, la excelente impresión que causó el tercer novillero de los tres de Madrid que actuaron en Las Ventas ayer tarde. Anoten su nombre: Fernando Plaza. Es hijo de Fernando José, matador de toros y ahora banderillero en la cuadrilla de su vástago. Debe estar orgulloso del muchacho. Huele a torero grande. De momento, solo huele. Pero su torería promete un atractivo sabor, de cara al futuro. Si la suerte y las circunstancias le son favorables, este Plaza pude ser torero de plaza llena. Habrá que esperarle.