El “aguadismo” llega a Madrid

La gente del toro no le teme al frío. Ni al viento. Al menos, en Madrid. A la gente que ayer acudió a la Plaza de Las Ventas se le veía pintada la ilusión en el rostro. Tampoco le temía a la lluvia, a pesar de la grisura de algunas nubecillas, porque sus ojos estaban llenos un líquido muy especial. No de agua, sino de Aguado. Salgan como quieran los toros, hoy verían torear como los ángeles. Con esa íntima esperanza, se aposentaron en las piedras berroqueñas de los tendidos de la Monumental y en las gradas y andanadas que les pasan por encima, 21.150 espectadores, que es cifra exacta ofrecida por la muy eficaz oficina de Prensa de Plaza 1. Casi lleno, vamos.

¿Qué aliciente empujó al gentío a ir a los toros, a pesar de la inclemencia de la tarde, que invitaba al “garaje de sofá” o a jornada de reflexión en pantuflas? Aguado. Conste que no es menosprecio a los otros dos compañeros de cartel, pero este Aguado, quién si no, metió a la gente en la Plaza, contra la ventolera y la friura ambiental, subyugado como estaba el personal por comprobar de primera mano –y de segundo turno—si era verdad “lo de Sevilla”.

A estos estados de ánimo de las gentes, aferradas a la proclividad a favor o en contra de quienes van a jugarse el tipo en el ruedo, se le conoce con el certero nombre de “predisposición”, esto es, una preconcebida intención o prejuicio soterrado que influye decisiva y principalmente en la valoración que el público hace de los toreros. Especialmente el público de Madrid. Ayer, venían a ver a Aguado, la estrella de la terna, así que los teloneros habrían de hacer maravillas para ganarse el favor de los espectadores, porque la expectación –aunque sí el interés, que no es lo mismo—no iba con ellos.

Conscientes de tan incómoda circunstancia, Ginés Marín y Luis David Adame salieron a por todas en los dos primeros toros de la tarde. A por todas las palmas posibles y el flamear de pañuelos, si la ocasión lo requiere. Y a fe que ambos propósitos encontraron aliados en el toro de Montalvo que abrió la corrida, un colorado ojo de perdiz, grandote y cornalón, frío como la tarde pero con cara de buena gente. La mirada del toro inspiraba confianza, y su embestida destilaba nobleza, aunque las patas le fallaran en los primeros tercios de la lidia. Llegó a la muleta con cierto gazapeo, precisamente cuando las rachas de viento se adueñaban de la situación y estorbaban la labor bienintencionada de Ginés, que perdía pasos entre los pases hasta que el toraco se paró y comenzó a templar su comportamiento. Marín vio el cielo abierto cuando comprobó que, toreando de muleta por abajo, el toro seguía el trapo con benigna docilidad. Tenía un  viaje más corto por el pitón derecho y se reviraba en los pases de pecho (por alto, buscaba, a la remaguillé), pero al natural el mozo extremeño le endilgó dos tandas de naturales espléndidas, porque este torero –al menos taurina y toreramente hablando—es de izquierdas hasta las cachas. Fueron las que calentaron el cotarro, obligando al público a reconocer que allí, en el ruedo,  estaba un torero de una pieza, frente otra pieza de casi 600 kilos de toro, dispuesto a poner cara la tarde. Las bernadinas finales del mira por aquí y vente por allá, contribuyeron a elevar el tono de una faena que fue ganando en interés, calidad y mérito; más aún cuando clavó una excelente estocada que derribó al morlaco colorado junto al estribo de la barrera de chiqueros. Y salieron los pañuelos a pasear. A borbotones. Así que, por aclamación popular, se rompió el hielo de la tarde con la primera oreja, que tiene valor superlativo, por lo que supone abrir la lata de los trofeos, tan hermética en esta Plaza, y con los condicionantes ambientales y prejuiciosos descritos. Marín salió a redondear la tarde en el cuarto, cuando el ventarrón se había hecho el amo del ruedo. Fue un toro cabeceante y remolón, que acabó desentendiéndose de la flameante muleta del torero, en una faena larga y pesada que precisaba dos lidias, la del toro reculón y la del vendaval agresor. Pinchó antes de meter la mano con soltura y sonó un aviso. Quede constancia, pues, de que Ginés Marín ha dado primero. Y le quedan dos tardes más.

Tras esa primera oreja, salió de su burladero Luis David Adame para saludar al segundo moltalvo a la puerta de chiqueros, pero al torilero se le cruzaron los cables y abrió el portón antes de que el mexicanito cruzara siquiera la primera raya de picadores en los tercios del 8 y el 9. Mejor. Así nos libramos del clásico   e improductivo tragantón y se pudo disfrutar de un soberbio fajo de verónicas, de embroque ajustado, compás abierto y vuelo templado de la capa, que quiso abrochar con una larga de rodillas y le salió a medias, por lo que completó el cierre con ceñida revolera. Este toro de Juan Ignacio Pérez Tabernero, con el hierro de su señora abuela, fue, con mucho, el mejor de la corrida. Apretó en varas y se lució en un puyazo soberano el picador Oscar Bernal, después de que el matador lo pusiera en suerte con unas impecables tapatías al paso (lo de rogerinas es pura tesis transcrita de Pepe Ortiz). Después del segundo encuentro, entró en turno de quites el esperado Pablo Aguado, y a fe que toreó por verónicas con un temple exquisito, por lo que los tendidos comenzaron a romper el cántaro de su aguadismo, rompiéndose las manos aplaudiendo. Se picó Luis David y entró en liza con medio capote por zapopinas (lo de lopecinas es otro bautismo localista) y se fue a los medios con la muleta en la mano diestra y las dos rodillas en tierra, para torear en redondo en postura bien  incómoda, en una larga tanda limpia y ligada. Ya en pie, más series con la mano diestra, con pases enhebrados entre sí en un breve espacio de terreno, continuando con dos de naturales sencillamente extraordinarias, de temple mando y dominio, finalizadas con pases de pecho largos y hondos. Una gran faena, porque estuvo a la altura de un gran toro, bravo, encastado y noble. Un toro para descubrir la capacidad y la calidad de un torero… o para enterrarle en el pozo del olvido. También las bernadinas finales causaron admiración en el público, pero el colofón subió de tono cuando este segundo Adame citó a recibir y colocó un estoconazo en todo lo alto que tiró al montalvo sin puntilla. ¿Le darían a Luis David las dos orejas? ¿Quizá una sola, como retranca a la tan criticada desmesura de Perera el pasado miércoles? Veamos…

Pues ya está visto. Ni una cosa ni otra. Al parecer, el público de Madrid vino ayer a los toros a otra cosa. Estaba henchido de aguadismo, y punto. Lo demás sobra. Pues no, señor. La faena de este muchacho mexicano fue premiada de forma miserable con una rácana vuelta al ruedo, cuando de principio a fin estuvo llena de buen toreo, absoluta entrega, momentos artísticos de altísimo nivel y un colofón excepcional. Por cosas tan atrabiliarias como esta van a tener razón en México cuando critican el trato a sus toreros en España. Daba grima ver cómo Luis David golpeaba la barrera, aturdido y cabreado, después de haber culminado una obra extraordinaria. Una afrenta así puede justificar la ruptura de un Convenio, así que no volvamos a las andadas.

El quinto toro fue una mole de 650 kilos que embistió con las pezuñas al capote de Luis David y puso de manifiesto una nobleza pajuna, carente de emoción. A esas alturas de la corrida, la gente se defendía del relente subiéndose las solapas de las chaquetas. Adame le pegó pases al toro con escasa ilusión y menos esperanza. La tarde, para él, había echado el cerrojo hacía una hora, más o menos. Pinchó feo antes de hundir el acero en la parte baja del morrillo y se fue de la Plaza entre un palmoteo que parecía el gesto de una contrición colectiva; pero el mal, está hecho.

El bien, en cambio, estaba predestinado para Pablo Aguado. Antes de seguir escribiendo, me pete dejar bien sentado que me encanta, me encanta, me encanta este torero. Ya me encantó de novillero en esta Plaza y me deslumbró en Sevilla, como a todo Dios, porque toreó como Él, como Dios, que es frase hecha sin ánimo de ofender, pero bien ilustrativa. Dicho queda. Imagino cómo afrontó esta primera salida en la feria de San Isidro, sin tenerlas todas consigo. Este muchacho es un tipo consciente de su éxito, pero tiene los pies en el suelo, y bien firmes. Con ellos en esta posición torea con un relajo que enamora… cuando el toro lo permite. No lo permitió un sobrero de Luis Algarra, jugado como tercero-bis de la corrida, un cinqueño colorado que lucía dos leños pavorosos y lo cogió toreando de capa, causándole un doloroso esguince en el ligamento lateral de su rodilla derecha. Mala cosa. Estas lesiones traen secuelas, si no se tratan adecuadamente, y Pablo ya venía tocado. A mayores, le empuntó el torazo por el glúteo durante la faena de muleta, propinándole un volteretón que por poco lo desbarata. El buey Apis de Algarra le tiró varias cornadas en el aire y en el suelo. Salió ileso Aguado de milagro y siguió porfiando ante un toro listo que embistió rebrincado y parecía flojear de manos, pero estaba a la defensiva. El torero debió percibir que el público tenía el “ole” a flor de boca e hizo todo lo posible por no defraudar, pero no hubo forma. Después del palizón, pinchó en sitio prohibido y soltó un golletazo antes de irse a la enfermería. De ella salió para torear al sexto, un toro de Montalvo que empujó en varas y quedó tan suave, tan suave y tan noble, tan noble, que acabó luciendo una beatífica embestida. Con toros así, no crean que es fácil lograr lucimiento, y menos emocionar al público, pero Pablo Aguado emplea una clarividencia y una cadencia en el manejo de los utensilios de torear que le califican como un auténtico privilegiado. La verónica, lenta y suave, el toreo en redondo con la muleta sobre ambas manos, que exhala frescura y apostura a la vez, encandila a los aficionados y al público en general. El chorreado en verdugo de Montalvo, se prestó a una bella sinfonía que comenzó con un toreo al ralentí en los prolegómenos de la faena, antes cuajar dos series en redondo con la mano derecha, en terrenos de tablas y dos de naturales, tan majestuosas y despaciosas que pusieron a parte del público en pie. Un público que, por fin, pudo soltar los “oles” que traía de casa, después de unos silencios –¿sevillanos?—que se antojan cosa insólita en este escenario, mientras contemplaba a un toro que parecía obnubilado por el quehacer de quien tenía delante. Mató mal, Pablo, haciendo guardia y pinchando dos veces más, hasta que el toro se echó. Por tanto las orejas se evaporaron, abriendo espacio a una gran ovación.

El aguadismo, ha llegado a Madrid. Me parece muy bien. Es el dulce encanto de la novedad. El muchacho lo merece y ya se ha convertido en el feliz “suceso” de la temporada. Aquí, servidor de ustedes, también se ha alistado a este aguadismo; pero siempre que no sirva de contrarréplica para aguarle la fiesta a nadie.