Los pretendientes de la moza esquiva

De pronto, la tarde se puso revuelta. Desapacible. Inhóspita. Los calores veraniegos deben haber consumido el bono de transporte de la primera quincena de mayo y han iniciado la retirada hacia los boxes de reciclaje en este día 16, la fecha que lleva brazalete de luto en el calendario taurino por la trágica muerte en Talavera de Joselito el Gallo, el Rey de los toreros. Día triste, pues. Inevitablemente triste. Es el día en que la grey taurina –en la que incluyo a los aficionados a los toros—hace extraversión del recuerdo a un héroe desaparecido va para ¡cien años! –el próximo 2020, es el centenario–, y guarda un tremendo minuto de silencio en su memoria, antes de estallar en una cerrada ovación. Así, pues, con la evocación de una penosa circunstancia, ya muy lueñe, abordamos esta tarde de toros en Madrid, revoltosa e inclemente, con un airón furibundo y unas nubecillas grises que hasta se permitieron la impertinencia de arrojarnos, desde las claritas del cielo azul, unas perdigonadas de agua. En esas condiciones ambientales y emotivas, salió el primer toro de la corrida.

La corrida estaba marcada con los hierros de Valdefresno y Fraile Mazas, que son la misma cosa dentro de una misma casa. La casa ganadera de los Fraile salmantinos, en esta ocasión la de los herederos del inolvidable Nico Fraile Martín. Un lote de toros cinqueños de gran trapío, muy en la línea Lisardo Sánchez, de abundante arboladura, rematados de carnes, algunos aún sin despelechar las greñas del invierno y con un rabo que parecía un escobón, porque barría el suelo. La corrida, como la tarde fue desleal con todo y con todos, porque si unos toros mansearon y, de salida, buscaron las tablas, otros bravuconearon ante los caballos de picar y las telas de torear, lo cual no quiere decir que fueran intoreables, pero dieron escaso margen al lucimiento de los toreros, máxime si los capotes se hacían un rebuño y las muletas se ponían en posición horizontal, por los inmisericordes latigazos del vendaval. En estas tesituras y ante estos fornidos y agresivos ejemplares se pusieron tres mocitos que, a decir de la conspicua afición de la Villa y Corte se trían cosas.

Los tres mocitos en cuestión eran David Galván, Juan Ortega y Joaquín Galdós. Los tres pertenecen a esa nutrida nómina de toreros que se hallan instalados en los peldaños inferiores de la escalera de la fama; es decir, que todavía les queda un buen trecho por alcanzarla, aunque están ahí, al socaire de cualquier ramalazo de la Fortuna. Puedo asegurarles que los tres saben torear, y cuando la ocasión es propicia muy bien. ¿Fueron propicios los toros de Valdefresno y los hermanos Fraile Mazas? Francamente, no. ¿Acaso sin ese ventarrón y la consiguiente polvareda que se levantó durante buena parte de sus actuaciones, hubieran sacado mejor partido de los toros? Probablemente, sí.

David, Juan y Joaquín se hallan en ese estado amorfo y ecuatorial de los muchachos que les “hablaban” a las chicas de mi pueblo con el falso pudor de los adolescentes, pero todavía “no entraban en casa”, esto es, en el zaguán de la puerta de doble hoja vertical de la casa de los futuros suegros, la antesala de la “formalidad”. Los tres forman parte de ese colectivo ya olvidado, pero que todavía se recuerda con un nombre que inspira gran ternura: “pretendientes”. ¿Qué pretenden estos “pretendientes” que visten de luces? En este caso, entrar en el zaguán y pasar hasta la cocina (se entiende, del “sistema” que rige la casa de la Tauromaquia de nuestro tiempo), para lo cual, deberán salvar el fielato de una “pretendida”, en este caso díscola (los toros) y el juicio sumarísimo de una cejijunta afición.

El primer “pretendiente”, David Galván, hubo de solventar los desaires y remoloneos de un toro huidizo que tomó vara y media a regañadientes, como la moza que da un respingo ante cualquier intento de inocente besuqueo. No le dio opciones al torero, porque se movió rebrincado y a la expectativa en la muleta.  No entraba en razón el de Valdefresno, ni con las suaves carantoñas de la muleta de David, hasta que, por sorpresa, reunió una excelente tanda de pases naturales, a mitad de los cuales aguantó estoicamente un parón del toro espeluznante. Pura ilusión. En seguida, la “pretendida” se cerró en banda, y como tardó en rematar la faena, le enviaron un aviso, pero le sacaron a saludar una ovación. Durante la lidia del cuarto, de Fraile Mazas, se desató el ventarrón. Fue éste un toro encastado y temperamental, de incierta acometida y a la caza del torero por el pitón izquierdo. No hubo forma de meterle mano, so pena de llevarte un gañafón… o algo más. Baldío esfuerzo de Galván. Pinchazo y media. Otro aviso. Nueva decepción. Pretendiente a la deriva.

Tampoco Juan Ortega lo tuvo fácil. Su primer oponente echaba las manos por delante, blandeó con frecuencia y sufrió un tercio de banderillas desordenado. Cuando la “pretendida” te echa las manos por delante, malo. Y si, además se afofa, peor.  No obstante se lució en algunas fases de la faena, por la bella composición que imprime a las suertes. La de matar, por ejemplo, fue limpia y lenta, recogiendo por todo ello una fuerte ovación. El otro, que hizo quinto, era más ligero de carnes y de mejores hechuras que sus hermanos de camada; pero durante su paso por el escenario de Las Ventas se vivieron momentos de verdadera angustia, por el riesgo que corrieron los toreros cuando la polvareda que levantaba el soplido furioso del viento cegaba cualquier intento de inspiración. El toro, artero y reservón, parecía decirle a su “pretendiente”: polvo eres. Menos mal que el muchacho lo tomó por la cita bíblica y no por la implícita libidinosidad que pudiera entrañar la frase, ya que el valdefresno en cuestión cortaba el aliento porque cortaba el viaje. Así que este espigado  y recortadito espada sevillano también optó por cortar… por lo sano; pero se aturulló con tanto corte y propinó al toro una penosa muerte. Aviso al canto. Pretendiente en lista de espera.

Joaquín Galdós también pretendió llamar la atención y, a la vez, ratificar su buena campaña española del pasado año y la muy superior de su país, Perú. Allí, especialmente en la capital, Lima, tiene que pelar la pava compitiendo con el ídolo nacional, Andrés Roca Rey, el guaperas que se las lleva de calle. Este Galdós limeño escribe el toreo con talento y valor y lo plasma con fina caligrafía. Es, de los tres, el pretendiente mejor colocado, siempre que mantenga las buenas maneras que exhibió ayer en la ventosa tarde de Las Ventas. Estuvo firme y ambicioso con su primer toro, de Fraile Mazas, encastado y algo flojeras, tardo en arrancar, pero después franco en su viaje. Lo toreó con apreciable mando y buen sentido del temple, lo mató de una excelente estocada y hubo de saludar una ovación. Otro espadazo le recetó al sexto, mansón,  bronco y malo de solemnidad. Nada que hacer. Pretendiente a la expectativa.

No es fácil explicar estas cosas en tiempos de explosivas libertades amatorias. Ya no hay cancelas con pestillo, ni rejas con geranios, ni zaguanes lóbregos y vigilados, sino acosadores/as a destajo; pero estos especímenes llamados “pretendientes” aún sobreviven. Son los novios “formales” de una nueva Fiesta, llamada De los Toros, que pretenden conquistar a una moza cada vez más esquiva. Muchos son los llamados y pocos los elegidos. Ayer, tres de ellos, tres toreros que saben torear, no pasaron el corte. Tienen cualidades para alcanzar el éxito, pero en Madrid, frente a tantas contrariedades, les dieron calabazas. No hubo boda.