Fogoso, pero no tanto

Fogoso era largo de cuerpo, patialto, astifino, badanudo, musculado y rabilargo. Con estos datos morfológicos, el toro de La Quinta no presentaba los perfiles identificados con el corte clásico de los santacolomas tradicionales, que eran justito lo contrario: recogidos de cuerpo, corniapretados, degollados de papada y finos de cabos. Pero el hierro no miente: La Quinta. Y el pelaje, tampoco: cárdeno de paridad uniforme entre blancos y negros (los pelos). El de la Quinta salió al ruedo de Las Ventas en quinto lugar y fue, por varios motivos, el toro de la corrida.

La corrida en cuestión abre la puerta de una feria de San Isidro que es observada desde la lejanía tan largo y tan duro como el Tour de Francia de hace sesenta años, que fue cuando Bahamontes se lo llevó de calle y dicen que se tomó un helado en la cima del Aubisque, el Aspin o el Puy de Dôme, no sé muy bien. En estas tribulaciones andaba cuando caí en la cuenta de que Fogoso, el de La Quinta, parecía de La Sexta, por lo aparatoso de su programación, en este caso corporal, y lo controvertido de su carácter, tan exaltado como polémico en lo ideológico.

Porque en esta Plaza Monumental, las ideologías mandan, y por tanto en la escaleta de esta primera etapa –carta de ajuste de la feria– se había estipulado que la suerte de varas debía ocupar el prime temps. ¿Quién lo había estipulado? El público soberano de Madrid, el de toros, el que sabe calibrar lo bueno (lo fetén, que dirían sus antepasados) de esta fiesta maravillosa: la suerte en que se toma el pulso a la bravura de los toros de lidia. Es verdad que los toros encastados en la línea del Conde de Santa Coloma, los toritos descritos anatómicamente –otrora más bravos que la lumbre–, no se distinguieron nunca, salvo lógicas excepciones,  por su pelea espectacular en el caballo de picas, sino por la bravura encastada que desarrollaban en los demás tercios de la lidia. Un santacoloma legítimo –el de la vía Buendía- Bartolomé–, se comía capotes y muletas, antes y después de haber hecho pasar fatiguitas a los banderilleros. En esto último, en el apretar la carrera de quienes se encargaron de clavar los rehiletes, fue en lo que más se parecieron los toros de la ganadería que lidió ayer en Madrid a sus célebres antepasados.

Fogoso, en cambio, hizo las delicias del público (más de media entrada) cuando se arrancó con violencia al caballo que montaba Juan Francisco Peña y le pegó un tantarantán morrocotudo. Lógico. Bastaría con aplicar las fórmulas de Física Elemental que me enseñaron en el Laboral de Medina del Campo para ver que esa masa corporal de 575 kilos, a una velocidad de crucero respetable y a una distancia no menos respetable, debe producir un impacto equis, pero una equis de tal proporción que el piquero fue descabalgado en un periquete y la mole caballar humillada y revolcada sin piedad por la arena del ruedo. Después, a menos distancia, la equis se reduce, aunque la ecuación ganó en belleza, al ver cómo una puya bien colocada permite el lucimiento de estos toreros a caballo que visten de luces. Y, claro, si la distancia se aumenta de forma desproporcionada (hasta los medios del ruedo), lo que se produce es un despropósito que hace dilatarse inútilmente una situación verdaderamente quimérica. ¡Ocho minutos! de reloj estuvimos observando un cuadro absurdo, con Fogoso escarbando la arena, el picador moviendo de acá para allá su cabalgadura, los toreros en otro rollo, murmurando entre dientes, el presidente manteniendo la firme decisión de no defraudar al comando “torista” de la Plaza y una minoría expectante, mientras la inmensa mayoría del público se cansaba de mirar el teléfono móvil. Al final, tras esa dilación forzada, se cerró al toro sobre las rayas y el animal, sin mucha convicción, acudió al peto por tercera vez. Fogoso, lo era, pero no tanto.

Este, como digo, fue el momento cumbre de la tarde. El que desató el desiderátum en los tendidos.

Después, la realidad se abre ante los ojos de los presentes con demoledora contumacia: el toro de la Quinta aguantó dos tandas en redondo con la mano derecha a Javier Cortés, tomando la muleta con la cara a media altura y perdiendo fogosidad paulatinamente. Aún así, hay que reconocer que fue un toro noble, especialmente alegre en los primeros tercios, proporcionando un insólito espectáculo en el referido de varas. Y también que Cortés realizó un comienzo y un final de faena de bella factura, con muletazos por bajo de gran empaque. Entre medias, lució un toreo en redondo y al natural de compás abierto, firmeza y mando, pero se quedó sin toro demasiado pronto. El segundo blandeó varias veces y se enhilaba con el trapo rojo a la salida de los pases, lo cual obligaba al torero a perderle pasos para ganarle la cara y mantener la ligazón. Acabó el toro derrumbándose, hasta que lo hizo definitivamente cuando Javier le recetó una buena estocada, volcándose, y el peonaje hizo el resto con arteros capotazos. Ovación y aviso se lleva Cortés. A mí, me gusta este torero.

Me gusta aún más Rubén Pinar, porque imprime serenidad a todo lo que hace en el ruedo, descubre pronto el carácter de los toros y les saca un partido extraordinario, no siempre valorado por quien lo contempla. Por ejemplo, no es nada sencillo mantener la fijeza de un toro que tiende a la distracción, como el cuarto, porque solo se consigue manteniendo a la altura y a la distancia justa la muleta, sin que la pierda de vista el animal, y, a mayores, ligar las suertes y  aportar reposo al mismo tiempo. Meritoria su labor, cicateramente juzgada en este toro, y aséptica por las condiciones del animal, en la del primero de la tarde, un toro grandón y noblón, que blandeó y se dejó torear sin entregarse nunca, solo por el pitón izquierdo. Mató a este de pinchazo y estocada pescuecera a toro arrancado y de pinchazo y estocada hasta las cintas al cuarto. Le aplaudieron tras el arrastre, pero menos de lo que, en puridad, se ganó limpiamente el torero.

El toque francés de la corrida tenía por nombre Thomas Dufau, apellido que en el acento que nos enseñó don Pedro Marín a los “laborales” de Medina sonaría como Difó. Pues bien, este Difó es ya torero curtido, con ocho años de alternativa, y se le nota el oficio. Su primer toro, de nombre Coronel,  fue el que mejor peleó en varas –Fogoso, fue más espectacular en la ida, pero menos peleón en la llegada–, blandeó, arreó en banderillas, donde colocó un par la mar de marchoso Manuel de los Reyes,  y llegó al tercio final embistiendo a media altura, con los pitones por encima del estaquillador de la muleta. El sexto fue un toro boyante, pero carente de brío. En aquél, el franchute se gustó en varios pasajes de su faena de muleta y en éste también dibujó tal cual muletazo de buen porte. Deficiente con la espada, salió rebotado y perseguido en el primero de su lote y colocó una estocada trasera al otro.  Aviso y silencio. Poca cosa.

Aviso, también y por mi cuenta, del hecho que pude constatar en la corrida de ayer: el alumbramiento de un nuevo encaste, dentro la variedad de encastes; el de La Quinta, esto es un santacoloma que va perdiendo cardenez clara y anatomía breve –defensas incluidas–, para convertirse en torazos cornalones, –ayer, todos cinqueños– negros entrepelados oscuros, algunos por encima de los 600 kilos y otros muy próximos a ellos.  Pregunta doble: ¿Es este toro el santacoloma que tanto se reclama?¿Ha sido benéfico para la Fiesta un cambio tan radical? Ahí lo dejo.