Cuando la naturalidad se empapa de belleza

Veamos: ¿alguien puede explicarme qué hay que hacer para enloquecer a la multitud que se congrega en el interior de un recinto llamado plaza de toros? ¿Alguien tiene la llave de esa hipotética caja de Pandora, pero de contenido inverso, esto es, la caja que contiene una selección de los bienes del mundo, en feliz y compacto amasado: la belleza, la emoción y la fascinante expresividad de las obras de arte? Si ustedes vieron in situ, en directísimo –en el lugar y en el momento oportuno–, la corrida de ayer en la Maestranza de Sevilla, seguro que tendrán a tiro la respuesta: reunir en un mismo escenario a los artistas capaces de hacer una exhibición de capacidad interpretativa, cada cual instalado en los parámetros conceptuales del arte que comparten y practican, y procurar que se den las condiciones ambientales y coyunturales que permitan la floración del poder creativo que atesoran.

Ayer, a las seis y media de la tarde del 10 de mayo de 2019, se arrejuntaron en Sevilla tres tipologías –o, si quieren, tres ideologías—bien diferentes, pero no por ello susceptibles de desdoro alguno: la genialidad, la ambición y la serenidad. Las tres vestidas de luces. Las tres a cual más admirables y más respetables. Las tres son fuerzas descomunales de la Naturaleza. Pero las tres, bien distintas, entre sí. Se arrejuntaron e hicieron crujir los cimientos de la estructura de lo que considero (sin ánimo de cometer la más venial de las irreverencias) el Vaticano del Toreo. Los tres “culpables” del bendito cataclismo son  Morante de la Puebla, Andrés Roca Rey y Pablo Aguado. Tres toreros de una pieza. Tres ejemplares de la especie humana que nos hicieron salir de la Plaza toreando por el paseo de Colón, como en las tardes memorables del muy venerable coso del Baratillo.

Decía que, para que se produjera tan insólita explosión de júbilo, habían de darse condiciones ambientales, y se dieron. La tarde fue espléndida, calurosa, veraniega, sin atisbo de viento. Luminosa. Muy de Sevilla. Y también coyunturales, es decir, las que contribuyen de forma decisiva al triunfo global: los toros. Y se dieron, pero solo en parte. La corrida de Borja Domecq e hijos ofreció bella estampa, con ejemplares de testuz, cuello y morrillo astracanado, bien armados y de carnes rematadas, excepto el sexto, más escurrido que sus hermanos de hierro o de finca o de lo que sea, pero hermanos de sangre, al fin y al cabo. En general cumplieron –es un decir– en varas, pero la mayoría se vinieron abajo a medida que avanzaba la lidia, lo cual plantea la disyuntiva de si será por falta de fuerza, de casta o de “fondo”, como ahora decimos, o de todas estas carencias a la vez. El caso es que la corrida apenas se picó; más aún, se hizo la suerte de varas como mero trámite reglamentario, lo cual ya va siendo un tema bien preocupante. O se cambia la puya y el caballo de picar, o esto va camino de convertirse en pura resignación para el aficionado. Y aquí, el firmante, no se resigna.

No obstante, a pesar de los pesares descritos, volvamos al meollo, a la almendra, a la cuestión nuclear del hecho que nos ocupa: fue una tarde de toros para el recuerdo. Llegan a aguantar los de Jandilla cinco minutitos más embistiendo a los toreros y a estas alturas puede que estuviéramos tratando el suceso insólito de tres toreros en hombros por la Puerta del Príncipe. Porque pocas veces se ha visto a Morante tan arrebatado ante la cara del toro, después de hacer un monumento –otra vez—al toreo a la verónica en el primer toro de la corrida. Le planteó la faena en todas las distancias posibles, yendo a su búsqueda continuamente, provocando la arrancada al toque y a la voz, embarcándolo en la panza de la muleta con ese embroque indescifrable en que se domicilia el duende judío que Lorca localizó en Joselito el Gallo. Le dio José Antonio a este toro muletazos ceñidos, de largo trazo, armónicos, de hondo calado, salpimentados con el aderezo que le dicta la inspiración en cada instante de la lidia; porque Morante es eso, pura inspiración. Y la inspiración es hija legítima de la genialidad, porque Morante es eso: un genio. Por tanto, no es mensurable su forma de hacer ante los toros con el resto de sus colegas. Morante lo mismo comienza la faena con andares displicentes, de insospechado planteamiento, como echa las dos rodillas al suelo y deja estupefacto al personal. O se lía pegar verónicas con muñeca de seda cintura quebrada, hundiendo el mentón sobre el nudo de la amplia pañoleta y llevando al toro prendido en el vuelo de su capote y prendado de su encanto. O se coloca la esclavina sobre los hombros y bambolea la capa como debieron hacerlo los hombres en tiempos de Esquilache para zafarse de los entrometidos, desempolvado el galleo del Bú, que popularizó el menor de los Gallitos. O se saca el pañuelo del bolsillo de la casaquilla y limpia con él la cara babeante del toro, a punto de sucumbir por el efecto de la hoja de su espada. Por todas estas cosas, por esta genialidad permanente, no apetece enumerar las tandas en redondo o al natural, los pases de pecho, trincherillas y adornos varios. Los genios también están reñidos con la estadística. Digamos, pues, que Morante toreó superiormente lo que le dejaron los jandillas de su lote, hasta que le negaron la embestida mediadas las dos faenas. Y que se le atascó en su mano el estoque de cruceta en el primero y se le fue la espada hacia abajo en la estocada al cuarto, después de pinchar. Es menester declarar también que escuchó un aviso y cortó una oreja, respectivamente. Y que habrá quien le discuta el premio, pero el caso cierto es que el público lo pidió, de forma visiblemente mayoritaria. ¿Algo que objetar? Aquí, servidor, está encantado con la tarde de toros de este inmarcesible artista de la Puebla del Río. Me encanta la permanente puesta en escena de su genialidad, qué le vamos a hacer…

Andrés Roca Rey canta por otro palo: es un empecinado perseguidor del triunfo a toda costa. Un torero en plena racha de éxitos, arrollador indomable en su afán por no dejarse ganar la partida, salga como salga el toro. Su primero salió del toril y lo recibió a porta gayola, pero en esta ocasión fue Roca quien salió arrollado. Se levantó, echóse de nuevo de rodillas en el tercio y recetó un serial de largas y faroles de esta guisa que pusieron al público en pie e hicieron sonar las notas musicales de la espléndida Banda de esta Plaza. Lo que vino después fue un continuo tirar del toro para faenar contra la bajamar que avanzaba implacable hacia la total renuencia del toro a tomar la muleta del torero. Llegó entonces la cogida en los medios del ruedo. Tardaron en llegar sus compañeros al quite y se vivieron momentos de angustia, con Roca arrebujado entre los pitones del animal, que era un bendito, el pobre, porque ni siquiera hizo intención de cornearle. Pero, en justicia, hay que valorar los pases de largo contenido y evidente ceñimiento que recetó el peruano, especialmente las dos primeras tandas en redondo por el pitón derecho. La estocada cayó desprendida, pero la oreja del jandilla fue paseada por Roca Rey entre la general complacencia. El quinto también reculó lo suyo, y Andrés, visiblemente disgustado, montó la espada, pinchó y clavó la estocada definitiva. Esta vez, la ambición no pudo obtener la rentabilidad esperada. Claro que, para entonces, ya se había producido un suceso de descomunal proporciones en la Maestranza.

El tal suceso tiene nombre y apellido: Pablo Aguado. Podría decirse que era el rótulo de los protagonistas del elenco que figuraba con los caracteres menos destacados. Era, algo así como “el tapado” del cartel. Pero, amigos, vaya zapatiesta que formó este torero ayer en Sevilla. A estas horas de la noche, seguro que el clamor se ha trasladado al Real de la Feria, pero el eco de su triunfo trascenderá por mucho tiempo, porque lo que hizo este torero ayer en la Maestranza va más allá de la contaduría de premios o la cortaduría de orejas. Vaya por delante: cortó cuatro. Me da igual. Estuvo de Puerta del Príncipe, y por ella salió como un dios nuevo y joven. ¿Cómo toreó Pablo? Pues haciendo algo inusual, pero deslumbrante y pluscuamperfecto: ponerle la toga de la naturalidad al espíritu del sentimiento. Aguado torea de capa con todo, acompañando el juego de los brazos con la cintura y el resto de su enhiesta anatomía, con un meneo imperceptible, discretamente cimbreante y bellísimo. Y con la muleta, más de lo mismo. Su toreo embelesa, porque es una ráfaga de aire fresco para el aficionado y una caricia para el toro. Y todo esto, con una asombrosa espontaneidad, franqueza y aparente sencillez; es decir, lo más difícil del mundo.

No vi torear a Pepe Luis Vázquez Garcés, pero se me antoja que algo de San Bernardo flotaba ayer tarde por entre las arcadas de la Maestranza. Pablo Aguado es el arte del toreo sin el menor forzamiento, un arte plagado de  exquisita suavidad. Dos faenas de parecido corte a los dos mejores toros de Jandilla de la tarde. A ambos los mató por derecho, después de haber puesto boca abajo la Plaza y en pié al público. Pero a todo el público. ¡Qué forma de torear, señores! Ya digo que cuatro orejas. Para el torero, una locura; para quienes tuvimos el privilegio de vivirlo en el lugar del suceso, algo inolvidable.

Aquí hay torero. Más que eso: se ha hecho con una de las llaves –y las claves— de esta Tauromaquia de nuestros días. Pablo Aguado viene con la escoba de la naturalidad empapada en belleza. Abran paso.