Otra emoción, otra cosa

Abordamos la corrida de Victorino Martín cuando llevamos un arranque de pura sangre en Ascot, en esta feria de abril que ha metido las barbas en el mes de mayo. ¡Menudo demarraje, santo cielo! Dos tardes de toros como las vividas el jueves y viernes pasados –una pletórica de arte morantista y de entrega julista y otra desbordante de pasión, protagonizada por el peruano Roca Rey– nos abocaban a un sábado con victorinos en la Maestranza, lo cual, de momento, se traduce en un entradón en los tendidos, que daba gusto ver a esta Plaza rebosante de gentes con la mirada pendiente de nuevas emociones. Húbolas, vive Dios, pero de otra dimensión. Son las emociones que provoca la sola presencia, arrogante y hermosa, de los toros de esta casa ganadera, embarcada desde hace poco más de medio siglo en una de las aventuras más trepidantes que tuvieran por escenario el campo bravo español, entonces protagonizada por un trotamundos que se dejó querer por su halo de paletismo y sus quiméricas esperanzas y acabó por darle ciento y raya a toda la pléyade de rimbombantes, legendarios o aristocráticos hierros de la Baja Andalucía y, por supuesto, también a lo que el malaspulgas de Unamuno llamó la cuernocracia salmantina. Aquello que el del diente de oro de Galapagar comenzó como un desafío al totalitarismo imperante en majadas y cortijos,  hace ya unos cuantos años que se transformó en la ganadería de lidia por excelencia, y hoy ya ha alcanzado el rango de excelentísima; porque la aventura de aquél bergantín que movía a golpe de barloventos un grumete maduro y zumbón, pero listo como un conejo, llamado Victorino Martín Andrés, se ha convertido en un transatlántico de lujo, a cuyo mando está un soberbio timonel, epígono perfecto y único hijo varón del fundador, convertido ya en una referencia incontrovertible en el espinoso cometido de criar toros de lidia.

Victorino Martín García envió ayer a Sevilla seis soberbios ejemplares, seis especímenes con inequívoca denominación de origen, seis toros cárdenos, de mirada penetrante y cuernos pulidos por las frondas, jaras y tomillos de sus predios extremeños. Seis victorinos, en suma. Siete, con el sobrero, que no salió al ruedo.

Corrida de impecable presentación, que es el primer mandamiento de todo ganadero que de tal se precie. Iban saliendo los toros al ruedo y por los tendidos se pavoneaban unos densos efluvios de admiración. Bella corrida. Cinco cuatreños y un cinqueño, pero todos ellos parejos de estampa, finos de cabos y ligeros de equipaje cárnico, bien que suficientemente musculados. Por tanto, sobresaliente su puesta en escena. Otra cosa fue el carácter que ofrecieron los toros durante su desfile por el ruedo maestrante. De momento, su sola presencia trasladaba un síndrome emocional al graderío. Es otro tipo de emoción, otra cosa.

Es la emoción del riesgo, la que genera el permanente estado de alerta en que han de estar quienes se ponen delante de estos toros y de quienes presencian, con mayor o menor comodidad, los hechos cronológicos que concurren en la corrida. Así, por ejemplo, habrá que destacar el donaire con que pasearon la suerte y la decisión con que clavaron banderillas Fernando Sánchez y José Manuel Montoliú, hijo de mi inolvidable e infortunado Manolo, héroe inmolado en esta Plaza. Y el pica-pica que recogieron sus compañeros Javier Valdeoro, Ángel Gómez y José Manuel Pérez Valcárcel. Me place citar estos nombres y a estos hombres porque banderillear a este tipo de toros, que desarrollan sentido con facilidad, puede llegar a  suponer un acto de supremo heroísmo. A ellos (a los nombres de estos hombres), es menester que se una el del picador Antonio Prieto, que echó la garrocha con donosura y clavó la puya con precisión en el toro que abrió la corrida.

Fue una corrida no apta para el aburrimiento, porque Antonio Ferrera se hartó de derrochar torería durante toda la tarde. Llevó con exquisita finura en los vuelos de su capote al primer toro de su lote, un toro listo que no admitía que le levantaran la mano (se entiende el utensilio de torear), algo que muy pronto entendió el torero, porque le hizo por abajo todo tipo de suertes de muleta. Dice Esplá que estos toros parece que tienen por ojos dos cucarachas, por el muy charolado negro brillante que desprende la esfericidad de su globo ocular. Debe ter tenebroso que te mire un toro así. Y tan cerca. Más aún cuando te está midiendo el terreno para echarte mano en cuanto te descuides. Eso parecía ocurrir durante esta primera faena de Ferrera, en la que cada muletazo era una proeza. El cuarto, un cinqueño, por buen nombre Petrolero, por las hechuras era un torazo. Largo, ensillado, con dos leznas por pitones, provocó un ligero desconcierto en el tercio de banderillas, dos de las cuales fueron soltadas por Montoliú como recurso de distracción para evitar la cogida y por poco se las pone a Emilio de Justo, que pasaba por allí, cumpliendo su función de “cortar” a la salida de la suerte; pero Antonio entendió a la perfección a este toro, templando su humillado viaje en pos de la muleta, una embestida que no tenía nada de tontorrona, pero sí de esa nobleza que a veces proporciona la buena casta de esta ganadería. Faena inteligente, valerosa y ratos artística del torero extremeño, que ya tiene por (buena) costumbre triunfar en este ruedo. Ayer lo hizo de nuevo. Mató al difícil primer toro de pinchazo y estocada y a este cuarto de una estocada caidilla. Ovación en aquél y oreja en este. Notable balance.

No tanto el de Manuel Escribano, torero local que hace apenas un lustro salió lanzado de esta Plaza tras su triunfo en una corrida de Miura. Se fue a la puerta de chiqueros a saludar a sus dos toros, saliendo trompicado y perseguido en el segundo de la tarde y mejor librado en el quinto. A los dos les clavó banderillas, exhibiendo gran facilidad para cuartear y quebrar en distintos terreno, incluso para reeditar el par de Calafia, que patentó la genialidad de El Pana. Dos tercios de parecido corte que arrojaron calificaciones bien distintas: aceptable uno, lamentable el otro. De lamentar, también el desperdicio de la bondadosa embestida del quinto victorino, que parecía una Hermana de la Caridad, comparado con sus otros hermanos de embarque. Toro de una nobleza pajuna, bien que de embestida inhumillada, pero toro para formarle un lío. Escribano, por el contrario, fue a “su lío” y se le fue, también, una ocasión pintiparada para reforzar su cartel. El público así lo manifestó en sonora protesta y sentenciosas proclamas. En el otro, segundo de la tarde, está más disculpado, porque este toro acabó desarrollando sentido, avisándole en cada pase con miradas conminatorias, que helaban la sangre de cualquiera. Hasta llegó a entrampillarle, librándose milagrosamente de un serio percance. Pinchó dos veces en este antes de la estocada y sonó un aviso, y estuvo más certero en el pan-bendito marras. No obstante, se ve que sus paisanos le aprecian, le disculpan y le esperan, porque –salvo la silba y las sentencias antedichas– no le regatearon el aplauso en ningún momento.

Aplaudido no, ovacionado con fuerza salió Emilio de Justo de la Maestranza en su debut como matador de toros. Tuvo un lote de toros de muy diferente condición, pero a fe que supo entenderlos a las mil maravillas. Ahora bien, para este entendimiento hay que tener dos cosas: valor sereno y capacidad para conducir las embestidas sin forzamientos ni destemplanzas. Su primer toro, tercero de la corrida, se repuchó ante el caballo de picar y no paró de mirar al torero antes de arrancarse. O al público. A cualquier cosa menos a las telas de torear que tan generosamente le ofrecía Emilio. Con estos argumentos, y en tales circunstancias, le pegó el extremeño algunos muletazos que parecieron un milagro, desde el cite al remate.  Faena de alto interés, por su complejidad, y de pírrico balance, por su desacierto con la espada. Aviso y ovación. El sexto fue el toro más grande de la corrida (casi 600 kilos), alto y largo de cuerpo, armado con dos leños considerables. Lo toreó de capa Emilio de Justo con lances de apostura medio genuflexa, rematados con una fantástica media verónica. Este toro, además de nobleza y recorrido, tuvo un excelente comportamiento en el tercio de varas, empujando con fijeza, para después atender a las llamadas con la muleta del diestro debutante, en una faena que tuvo el bello prólogo de unos muletazos por abajo de rancio sabor. Después llegó el toreo en redondo con la derecha y dos series de naturales muy centrado con el toro y de largo recorrido, rematadas con espléndidos pases de pecho. Faena larga, elaborada minuciosamente, que parecía de oreja, pero se quedó en ovación cerrada porque sonó un aviso antes de que el toro doblara por el efecto de un certero espadazo.

Dobló, como todos, con la boca cerrada. Como mueren los toros que salen a disfrutar de su última libertad vendiendo su muerte a precios astronómicos. Así son los toros de Victorino Martín, tan sorprendentes como emotivos. En cualquier caso, toros de lidia, esto es, para lidiar, antes de ponerse a torear. Otra emoción, otra cosa. Así de hermosa es esta Fiesta. Afortunadamente.