La faena de la pasión, era de rabo

Era de rabo, sí señor. De trofeos máximos, si se quiere decir así.

Cuando una plaza de toros se convierte en una olla a presión cargada de pasiones, y al abrirse la espita del no se pué aguantá queda poseída por un éxtasis colectivo, es que algo muy serio, muy gordo, muy excepcional, acaba de producirse allá abajo, en el ruedo. La pasión no es sino el cambio de un estado de ánimo brusco, un sentimiento alejado de lo común o lo doméstico, una explosión de vehemencia que se adueña de la voluntad de los humanos, especialmente cuando se reúnen en cónclave. Sin pasión, la vida seguiría siendo una experiencia pasajera, pero más fofa. Sin pasión, los estados emocionales, como el amor (altas pasiones) o el odio (bajas pasiones), serían meros comparsas de nuestra existencia. Tampoco en la fiesta de los toros se puede (se debe) orillar a la pasión, hacerla a un lado, como síntoma de flaqueza ante unas supuestas reglas de juego. Si cuando se encuentran en el ruedo toro y torero la pasión no aflora, la magia se esfuma. Algo falla. Dejemos, pues, que la pasión se adueñe del espíritu del público de toros, que no se aguante y estalle, a expensas de reglamentaciones administrativas –¡qué estolidez, rigidizar el arte!—vigilancias censoras de titulación gratuita y contubernios de ortodoxias mal entendidas. Dejemos que el pueblo hable, se manifieste y, sobre todo, se apasione, porque, a lo largo de los siglos, es el  pueblo quien siempre tuvo la sartén de la Tauromaquia, tomada por el mango de la razón.

Ayer, en Sevilla, cuando caía la noche y la corrida se había estrellado irremediablemente por el despeñadero del desencanto, salió al ruedo el último toro de la tarde, de nombre Encendido, con el hierro de Núñez del Cuvillo y nadie caímos en la cuenta de que le habían prendido en el chiquero, a más de la divisa, la mecha de la bravura y la pólvora de la casta brava. Al menos no percibimos el olor a chamusquina en el primer tercio de la lidia. ¡Menuda corrida llevábamos a cuestas! ¡Qué cuvillazo más insoportable! Correteaba Encendido por el ruedo entre dos luces, con su piel de antracita, cuerna acapachada y apéndice rabilargo. Roca Rey trata de atemperar su embestida incierta con capotazos de brazos caídos. Acude el toro al caballo de Sergio  Molina con prontitud y pelea discretamente, con un atisbo de nobleza. En el quite por gaoneras del torero el animal cabecea y embiste con preocupante incertidumbre, aunque exhala un hálito de esperanza la buena brega de Juan José Domínguez. Lo lleva largo el subalterno porque largo y franco es el viaje del toro. Es un síntoma positivo, pero su carácter está por definir cuando Roca se dispone a iniciar la faena de muleta. Nadie (casi) nos atrevíamos a apostar por el toro. El único, Roca Rey, que sorprendentemente echó las dos rodillas al ruedo, se descolgó de hombros y se puso a torear relajado y en redondo, como quien lava. Explosivo comienzo. ¿Durará la explosión de Encendido contra una roca vestida de luces?

Vaya si duró. Andrés se llevó al toro a los medios, lo enfrontiló en esos terrenos abiertos, donde la soledad del hombre se agiganta, citó de largo, cargó la suerte cuando el toro entró en su jurisdicción (que es cuando realmente se produce la “cargazón”, no cuando se hace ¡zas! con la pierna de salida de la suerte, antes de que el toro tome la muleta) y se relió con el toro en torno a su fino talle en varias tandas de muletazos de apabullante ligazón y soberano mando. La faena fue in crescendo conforme se sucedían las tandas, pero no fueron tandas alocadas, ni siquiera de apremiante continuidad. Al contrario, Roca Rey, le dio pausas y metros al toro que a esas alturas de la faena ya contemplaba al esbelto  muchacho, envuelto en la seda de un vestido color sangre de toro, con espesos bordados en hilos de oro, como un Gladiator inexpugnable. Allí mandaba un peruano que vino a Sevilla a poner caro-carísimo el asalto al poder establecido en la fiesta de los toros. El mando es suyo. Y para demostrarlo se puso a torear al natural arrastrando los flecos de la muleta por la espesa capa de albero, guionizando su trazo con la punta de la espada, empujando al haz del faldón. Fueron naturales de embroque ajustado, amplio arco y ligazón plena. Podría decirse que fueron cuatro o cinco pases por la vía natural de la embestida del toro que se encadenaban en uno solo, hasta que llegaba el de pecho o de expulsión hacia las afueras, que es para lo que se inventó esta suerte. “Obligado” o “forzado” de pecho, decían los antiguos cronistas, cuando los toros no dejaban respirar al torero. Fueron varias tandas ejecutadas con el mismo aplomo y el mismo argumento, pero salpimentadas por largos paseos del matador, alejados ambos contendientes. Sabia decisión. Las pausas oxigenan al toro, le hace recabar fuerzas de su fondo de bravura …y, de paso, al torero le permite tomar aire para seguir la apasionada y apasionante contienda que se estaba produciendo en el ruedo. ¡Qué emoción, amigos! ¡Qué faenón! Al término de cada tanda, el público se levantaba de los asientos de sardinel, aplaudía con auténtico frenesí y se veían gestos de incredulidad en los tendidos. ¿Mejor que lo de antier? Radicalmente distinto. Antier, la belleza estética de Morante fue insuperable y la solidez temperamental de El Juli,  basada en una técnica impecable, incontestable; pero ayer se desató la pasión en la Maestranza cuando se fundieron la épica y la estética. Y el valor, seco, sincero, a flor de piel de Andrés Roca Rey.  La pasión iba en aumento porque la música no cesó de acompañar  magistralmente el acontecimiento y porque las fases de esta faena fueron rodeadas por un apasionado e indescifrable romance entre público y torero. Afortunadamente, Encendido no acertó a prender al torero a la salida de una arrucina imposible y aquello terminó como solo pueden hacerlo las obras maestras: con un volapié antológico que tiró al toro patas arriba.  ¡A ver quién es el  guapo que sujeta a la pasión desatada de un público enfervorizado de entusiasmo! ¡A ver quien tira de manguera para reducir este volcán de pasiones! Una oreja, dos… y en los tendidos seguían tremolando miles y miles de pañuelos, acompañados por un grito unánime: ¡rabo!, ¡rabo!, ¡rabo!… pero el  rabo del toro, como supremo trofeo, no llegó.

No llegó porque los presidentes de estas Plazas tienen un miedo cerval al qué dirán. ¿Qué dirán de mí los periódicos mañana?, mascullaría el pobre presidente en su encrucijada. Digan lo que quieran. Dirán unos que no era, otros que sí, pero no, y los demás… qué sé yo qué dirán. Lo mío está claro: de rabo. Quienes echan agua fría a la calentura de la pasión no saben el daño que causan a la Fiesta. “El daño lo hacen quienes apoyan el triunfalismo”, dirán algunos. A mí no me metan en este saco. Me limito a constatar lo visto y vivido, lo apasionadamente vivido. Algo que es difícilmente repetible, no merece el castigo de un timorato reglamentista. Ni del justiciero implacable. Ni del Capitán Trueno de causas perdidas. En un momento como este, cuando la fiesta de los toros necesita la reactivación de un clima pasional y apasionante, llegan a darle el rabo ayer a Roca Rey y se dispara la expectación taurina dentro y fuera de nuestras fronteras.

No se molesten en argumentar al contraataque con beligerancias varias. Créanme que las respeto todas, incluso las más peregrinas, las que buscarán la aguja de la mácula en el pajar del riesgo Pero si lo de ayer de Roca Rey no fue de rabo, las dos orejas de un toro se han puesto por las nubes en la feria de abril que este año Sevilla celebra en mayo.

El resto de la corrida transcurrió entre la clamorosa invalidez de los toros de Núñez del Cuvillo, dos de los cuales, tercero y quinto, volvieron a los corrales, el esfuerzo baldío de Castella en sus dos toros de baja nota y el más patente de Manzanares, al que se vio sudar y asfixiarse más de los habitual. Los sustitutos, curiosamente, tuvieron más fuelle y más casta, y, por ende, más que torear. También debió ser retirado el que abrió el festejo, pero el presi aguantó lo indecible para mantenerlo en el ruedo. Los primeros toros –como los primeros pasos de todo quisqui– tienen ese plus de indulgencia. Gordo y lustroso, el segundo, pero de inquietante incertidumbre en la embestida,  y noble y blando el cuarto. Por último, repito, bravo y encastado el sexto, y por consiguiente no fácil de entender y dominar. Corrida cinqueña toda ella, sobreros incluidos, a excepción del cuarto.

Destacar la raza del primer sobrero –tercero-bis— que vendió caro cada pase, pero le bajó los humos Roca Rey  en una faena de gran exposición y muy meritoria que remató de un espadazo feo que asomaba por el costillar y una eficaz estocada. También los lances y muletazos de Manzanares al quinto-bis ofrecieron detalles del empaque de este torero, pero, ya digo, a costa de hacer un esfuerzo demasiado visible y un toreo demasiado periférico. Mató recibiendo al primero y de una estocada pasada a volapié al citado segundo sobrero. Tardó en caer aquél y le enviaron dos avisos, pero le ovacionaron con fuerza. ¡Cómo quieren a José Mari en esta Plaza!

Otra nota destacada de la tarde fue un soberano par de banderillas de José Chacón al primer cuvillo y la actuación en la brega de Suso y Daniel Duarte; aquél, además, saludó montera en mano junto a Blázquez en el quinto toro de la corrida.

Fue la corrida de la pasión desatada, que será buceada con profusión en los medios de comunicación más o menos especializados en la materia. ¿Era de rabo? Lo era. Por estas. Lo que ocurre es que el rabo de toro está caro en las Plazas de primera categoría, como la Maestranza de Sevilla. Yo diría que la pieza está por las nubes.

¡Ah, la pasión! ¡Qué pena la aversión que se exacerba sobre tan exuberante sentimiento! ¿Por qué sucede esto en los grandes escenarios y en los no menos grandes acontecimientos taurinos? La respuesta me la dio una aficionada que no pudo ver la corrida, pero conoce el paño: Es que, en esta Fiesta, hay gente que siempre está a favor de ir en contra. Pues no había caído en ello. Ahora me ratifico aún más en lo dicho: La faena de Roca, era de rabo.