¡Que nos vamos, digo!…

Premisa obligada: si la llave de la Puerta Grande en Plazas de primerísima categoría, verbigracia Madrid o Bilbao, o de la del Príncipe de Sevilla se reduce a una cuestión de número de trofeos por torero en cada tarde de toros, la salida en hombros de El Juli, ayer en la Maestranza sevillana, no tiene vuelta de hoja. O de llave. Tres orejas, igual a cerrojo descorrido ipso facto de la del Príncipe. Por tanto, las diatribas de la post-corrida a la puerta de La Puerta por excelencia de este santuario taurino ya no se sostienen, y menos, si quienes las sueltan sotto voce, de tapadillo, o a grito pelado son los mismos que hace nada de tiempo sacaron el pañuelo sin recato. Esto es muy frecuente en nuestro peculiar público de toros: pide, se lo dan, luego lo rechaza… y después, protesta. Pura contradicción.

Aquí el único que puede estar tranquilo y feliz es el torero triunfador. Otra Puerta del Príncipe más, y van… (no las he contado, porque soy un negado para la estadística). Cuando pase el tiempo –y cuanto más tiempo, mejor–, los anales de esta Plaza contarán que un 2 de mayo de 2019 a Julián López, El Juli, se lo llevaron en procesión bajo el dintel de la principal y principesca entrada al Real Sitio de El Baratillo. Y que cabrilleaban a las primeras luces de la anochecida las lentejuelas de su chaquetilla, las pocas que le iban quedando, tras la rapiña enfebrecida de los coleccionistas de recuerdos, mientras hasta el puente de Triana llegaban los ecos del grito ¡torero!, ¡torero! Esto, amigos, no hay quien lo mueva. Y habrá quien cuente maravillas de la corrida, o quien la denigre hasta el esperpento. Ni tanto, ni tan calvo.

Hecha la oportuna aclaración aritmética y por centrarnos un poco en el asunto que nos atañe, empezaré por rescatar el comentario de un morantista arrebatado y cabal, tras el luminoso toreo de capa que el de la Puebla dibujó sobre el amarillo pajizo del ruedo maestrante en el  primer toro de la corrida: “Ea, ya podemos darnos la vuelta para el hotel”, le dijo a la doña que le acompañaba. Y ante el respingo de sorpresa de la mujer, sentenció: “¡Que ya lo hemos visto todo! ¡Que no quiero ver más! Lo que venga, será pulcro, técnico, valeroso, meritorio, lo que tú quieras; pero esto que acabamos de ver es el arte en estado de pureza, el acabose. ¡Que nos vamos, digo!”…

La verdad es que lo sucedido en el primer tercio de la lidia de ese primer toro de la tarde fue realmente excepcional. Salió el de Garcigrande abanto, desubicado en la Plaza, corretón, indiferente, haciéndole ascos al capote de Morante, hasta que el torero lo metió en cintura y se lo pasó por delante de la suya (la cintura) en un haz de verónicas soberanas, de bellísimo embroque, lentas y a compas, como el bordón por seguiriyas. Un haz compacto, amplio de contenido y rebosante de hermosura. El público se puso en pie y la Plaza boca abajo, tumbada por los oles roncos y profundos, subrayados con una ovación rotunda cuando  el haz se agavilló con una media precisa y preciosa. “¿Por qué da usted la media verónica?”, le preguntaron al Belmonte de la primera época: “Para ahorrarme la otra media”, contestó el entonces joven trianero; pero la respuesta no convenció a nadie, porque valía por dos. Igual que las de Morante. También las chicuelinas de Chicuelo y las de Puerta, Camino o Manzanares-padre, eran de suprema categoría, pero las de Morante tiene un tranquito más: de cante por bulerías, o algo por el estilo. Con tres de este corte y un recorte primoroso en el quite finalizó José Antonio su intervención capotera en el primer acto de la corrida.  Doy fe de que fue algo fuera de catálogo. Para verlo… y vivirlo. “¡Que nos vamos, digo!”, repitió el susodicho morantista. Pero no se fueron…

Hicieron bien, porque todavía Morante inició una faena de muleta del viejo corte gallista, inspirado, sin  duda en los viejos clisés del Gallito de leyenda que tanto le fascina, rodilla en tierra, con pases ayudados por bajo y en pie, por alto. Después se trajo al toro sobre la ancha faja para torear en redondo con muletazos sobre la mano diestra de empaque intermitente, porque el toro de Garcigrande empezó a dar muestras de no querer entrar en faena. Amaga con rajarse. Le falta casta brava y no le sobra fondo físico, en definitiva, uno de tantos toros que arruinan faenas prometedoras. Se vino abajo y apenas Morante pudo esbozar el toreo por naturales, aunque algunos le salieran largos y ceñidos; pero la faena no entró en calor ni tuvo color porque el toro volvió a desubicarse, a desentenderse de los cites del torero, y así no hay quien haga vida (artística, se supone) de un toro de lidia que se raja. Los toros rajados, no entienden de arte y reculan ante la belleza. Les aturde o les ofende, vaya usted a saber. Por eso murió, sin pena ni gloria, de un espadazo arriba. Por eso Morante solo recibió una calurosa ovación, que saludó desde el tercio, con el capote doblado sobre el antebrazo. Lo del cuarto, fue peor, porque fue el peor de la corrida de Gracigrande. Un toro asperote que embistió rebrincado, al que plantó cara el cigarrero haciendo uso de ese fondo de valor que algunos ineptos le ignoran. Incluso se permitió intercalar algunos chispazos de buen toreo sobre el pitón derecho. Pinchazo y estocada. Paciencia. Queda mucha feria.

Miguel Ángel Perera tuvo el buen gusto de brindar la faena del tercer toro de la tarde a Fernando Cepeda, su apoderado de tantos años, que ha decidido descansar de tanto ajetreo, por voluntad propia. Fernando no estaba en el callejón –supongo que porque no quiso–, sino en una grada, y hasta allí le llegaron las palabras de gratitud del diestro extremeño. Bello gesto. Pareció que ese toro tercero, bravo en varas y galopón en el segundo tercio, propiciaría el lucimiento de Miguel, pero tras dos soberanos pares de banderillas a cargo de Javier Ambel –que a poco se le come el toro en la tronera del burladero–, trocóse en insulso cornúpeta en la faena de muleta. Había que “robarle” cada pase de la series, auqnue en justicia hay que reconocer que en algunas fases de la faena tomó la muleta con tranco humillado y encornadura en “modo avión”, esto es, planeando sobre la tela roja; pero quizá por eso, se le fue acabando la claridad de ideas y se quedó sin cobertura, como los teléfonos móviles. Eso, sí, lo mató Perera de una estocada perfecta, de ejecución y colocación. El sexto fue grandón, altote y abueyado. Rehuyó el caballo de Francisco Doblado, pero tomó con franquía la bamba del capote, de nuevo magistralmente manejado por Javier Ambel y le colocó un magnífico par de banderillas Curro Javier. Con su firmeza y espectacularidad  habitual, Miguel Ángel Perera inició la faena con pases cambiados en los medios y un toreo de cercanías, ajustado y mandón, en breve espacio de terreno. Una forma de torear muy exigente, que el toro aceptó en las primeras tandas, con la muleta barriendo con media bamba el piso de Plaza y el hocico del toro, por tanto, muy por abajo. Tres series codiciosas aguantó el garcigrande, pero a partir de la segunda serie con la izquierda, comenzaron las reticencias en el animal y a debilitare las convicciones del torero. Dos pinchazos y media estocada.  Salió Perera de la Maestranza entre aplausos del personal; pero todos –él, el primero—esperábamos mayores réditos.

También se esperaban de El Juli, que ya apuntó que venía con las del veri en el segundo de la corrida, un toro de Garcigrande más vivaz y bronco que el que abrió el festejo, manso en varas y sin apenas dar chance a lucimientos capoteros, incluidos los quites del titular y de Perera. Juli brindó la faena de este toro a Manuel Benítez El Cordobés, que formó “su lío” en la Maestranza y recordó el que le formó en este ruedo a un toro de Núñez –cortó un rabo–, en la feria del  64. Julián quiso cumplir con el brindis arrancando los pases este toro a base de toques y voces, después de un estatuario comienzo. Pinchó y clavó una gran estocada. El presidente consideró mayoritaria la petición de oreja y concedió el trofeo, fuertemente protestado por el público. Pero la oreja concedida está, porque lo quiso parte del público y el presidente de la corrida. Las conjeturas, habrán de esperar.

Morante aparte, y conjeturas al margen, el suceso de la tarde fue protagonizado por un bello y bravo toro, de nombre Arrogante, y un torero arrojado de nombre Julián y apodado El Juli. Salió el garcigrande en quinto lugar y salió a la arena más guapo que un San Luis y más arrogante que su propio nombre. Precioso toro. Alegre, codicioso, generoso en su embestida. Apenas le pegaron en varas, y llegó al último tercio ofreciendo el triunfo en bandeja a este torero que torea en Sevilla como en el patio de su casa. Se siente querido… y entendido. Por eso El Juli, a la menor oportunidad se emplea a fondo en esta Plaza. Habrá que cantar las preciosas hechuras del toro, y su ejemplar comportamiento en el tercio final de su lidia, embistiendo por derecho con largura y largueza, respondiendo a los cites con prontitud y siguiendo el trazado de las diversas suertes con extraordinaria nobleza. Y habrá que contar la comunión que con él encontró el torero, aprovechando cada arrancada con temple exquisito y mando soberano. Hubo un momento en que Julián se paró ante la cara del toro con la muleta en la mano izquierda y pareció vaciarse, abandonarse a sí mismo, entregarse definitivamente a su obra, abstrayéndose de la música y del alboroto –por él provocado– que le rodeaba. Toro de triunfo gordo, de faenón, de poner esto patas arriba. Y vaya si lo puso El Juli. Estocada en la yema, de efectos fulminantes. Pañolada y dos orejas incontestables. Vuelta al ruedo clamorosa al toro salmantino. Y ahora, vuelvan a sumar: uno más uno más uno (trofeos a un mismo torero) igual a tres. Puerta del Príncipe. Ahora no valen rectificaciones, pero se aviva la polémica. Como en las recientes elecciones.

!Mira que si se llegan a ir mis vecinos de localidad!