Entre buchitos de arte y un mal trago

“¡Venga, toro… p’alanteeeee!”… gritaba El Juli, agitando la muleta ante el belfo del cuarto toro de la tarde, despatarrado sobre el amarillo albero y confiado en la influencia de su voz para estimular la embestida del toro de Victoriano del Río. Pero el toro parecía más sordo que una tapia, porque apenas se estimulaba para seguir el recorrido que le marcaba el brazo del torero. Sudaba El Juli la gota gorda, porque sospechaba que se le iba el tiempo de su segundo y último round en la corrida de más relumbrón de la temporada, después de que sus compañeros de cartel se lo pusieran a huevo –el triunfo, quiero decir– en los toros anteriores. Uno, Manzanares, porque se le cruzaron los cables del entendimiento con el segundo de la tarde y otro, Roca Rey, porque se dejó crudo el filete del toro siguiente y acabó siendo indigerible, por su cansina pesadez, en el gaznate del torero. Le pones a El Juli el terreno allanado en un escenario como éste de la Maestranza y le pone las peras a cuarto al más pintado. Pero, no. “¡Venga, toro, p’alanteeee” … suplicaba el ya veterano diestro, y el jodío toro se iba p’atrás.

Una corrida de este porte, de tan grande boato y tradicional magnificencia, cuando se va p’atrás, no hay quien la pare en la cuesta abajo. Y mira que las nubes cárdenas oscuras, que se asomaban por el caballete del tejadillo esmaltado de la Plaza y amenazaban con soltar su carga de agua en cualquier momento, también se fueron p’atrás y no cumplieron su premonitoria impertinencia; pero cuando el diablo no tiene que hacer, con el rabo espanta las moscas. Y las moscas, en este caso, fueron los toros de don Victoriano, el ganadero de Guadalix de la Sierra, que viene a ser algo así como el Victorino de la Nobleza, porque su ganado está rifado entre la torería andante del momento Y a fe que cumplió sobradamente el primer precepto: llevar a Sevilla una corrida de bella estampa y fiel al fenotipo de su encaste.

Guapa y bien presentada la corrida, sí señor. Con dos toros cinqueños, el segundo y el sexto. Más vareado de carnes, pero engallado y muy astifino el que abrió Plaza y menos guapo de hechuras el que la cerró. El resto, de armoniosa lámina e impecablemente armados, pero…

Ese toro primero fue bravo y noble, se entregó una barbaridad en el caballo de picar y José Antonio Barroso le colocó un monumental puyazo, por la precisión con que enhebró la puya en el difícil embroque, al relance de un capotazo, y por lo bien que hizo la suerte. Apretó menos el piquero en el segundo encuentro, pero se vio en seguida que al toro se le iba la fuerza por la  herida del morrillo. Sangró mucho. Y duró poco. Lo justo para que Julián le endilgara dos tandas de naturales de bella composición y notable temple, y pare usted de contar. La espada asomó una chispa por debajo del brazuelo, pero no falló con el verduguillo y los pitos que sonaron leves al final de la faena, se los llevó el   bravo y noble toro en el arrastre. Tampoco es eso. El cuarto, o sea el que se fue  p’atrás por voluntad propia, fue toreado de capa por El Juli con ese puntito de enjundia que tanto se aprecia en esta Plaza. Se gustó, el torero y le gustó al público que se gustara. Apretó el toro en varas y Juli entró al quite por cordobinas, chicuelinas y otras “inas” de sorprendente ejecución, pero lo más torero y más agradecido fue el comienzo de faena, con la pierna de salida flexionada, casi rodilla en tierra, llevando al toro por abajo sobre los vuelos de la muleta. Los primeros oles, sinceros y sonoros, fueron la mejor y más pertinente coreografía. Ahí quedó la cosa. Media tendida. Merecidos, también, los aplausos. Poco, muy poco para lo que esperaba El Juli de esta corrida y para lo que los espectadores que llenaban a reventar los graderíos esperaban de él.

José María Manzanares llegó a Sevilla en avión privado, desde Arles, donde había triunfado con rotundidad. Salió torear de capa al burraco cinqueño, primero de su lote, y los lances salieron limpios y suaves, pero con poco “peliizco”. El toro, picado muy bien por Chocolate y toreado en la brega con exquisita templanza por Suso, fue banderilleado brillantemente por Daniel Duarte y Luis Blázquez. ¡Qué bien debe sentar un saludo montera en mano, a este público que se rompe las manos aplaudiendo! Después, sorprendentemente, José Mari apoyó el antebrazo sobre la contera de la barrera, como hacía el displicente Luis Miguel en sus comienzos de faena, y el serio toro de Victoriano se estrelló por dos veces (casi tres) en las tablas. No pareció la manera más pertinente de empezar la faena a un toro que ya había manifestado su querencia por los adentros, pero también ese carácter de los toros bravucones que galopan rebrincados y humillados, permiten ligar los pases porque no paran de embestir. Manzanares, ligó varias series, pero el toro acabó por irse donde quería: al abrigo de los tableros. ¿Estaría el torero bajo los efectos de jet lag, por ese viaje por los aires tan reciente?. Puede. El caso es que la faena fue tan larga como insulsa, y cuando mató al cinqueño le dieron un aviso.

Pero, amigos, cómo se espabiló Manzanares en el quinto de la tarde. Fue el toro de la corrida, el que se fue p’lante sin solución de continuidad, permitiendo a este torero, tan “de Sevilla” bordar varias series en redondo con la mano derecha y otras de naturales que fueron un primor. Se oía la música porque esta Maestranza tiene una acústica admirable, pero el público rugió en cada muletazo, como en las mejores tardes manzanaristas que hemos vivido en este sacrosanto escenario. Con toda sinceridad: pensé que después de irse a por la espada José María iba a rematar su obra de arte con un epílogo magistral, buscando las dos orejas de premio; pero, no. Se perfiló en largo, citó a recibir y clavó la espada por lo alto en el morrillo del toro. Ovación clamorosa y oreja indiscutible, incluso hubo pañuelos que pidieron la segunda.

¿Y Roca Rey, qué hizo ante semejante panorama? De momento, algo que es habitual en él, pero que no sentó nada bien a la parroquia que acudió a la Maestranza: dejar prácticamente sin picar, al tercer toro de la corrida. Roca tiene esa costumbre para que el toro llegue a la muleta con todo su poder, que ya se encargará él de bajarle los humos. Ahora bien, tampoco se puede privar al público de este tercio de la lidia. También es verdad que el toro, a pesar de que lo mimara en la brega el templado capote de Juan José Domínguez, fue perdiendo fuerza de forma alarmante. Y hasta Roca, que es un cañón con la espada, pareció perder fuerza en su brazo, porque pinchó tres veces antes de lograr la estocada. Se le iba la tarde a chorros cuando salió el sexto. Otro cinqueño. El más feote de la guapa corrida de Victoriano  del Río. Y el peor de todos. Montado de agujas, orientado hacia todo lo que le rodeaba, contribuyó a que la tarde terminara por hacerse, definitivamente, taciturna. ¿Qué hacer, pues, con un toro que no pasa y no tiene un pase? Pues, pásmense: poner el corazón de miles de gentes en un puño. Paco Ojeda, que estaba en el callejón, debió quedarse patidifuso. Imagínense a un toro tremendamente armado llegando con las puntas de los pitones al espigado cuerpo del torero, por aquí y por allá, al pecho y a la retambufa, como si el animal fuera un  sastre imperito que le estuviera tomando medidas para cortarle un traje ¡Qué barbaridad! Esto no es un arrimón, es una locura. ¿Torear es esto? Torear es todo lo que se hace, mejor o peor, pero ra-zo-na-ble-men-te ante la cara de los toros. Este es otro nivel. Supera todas las líneas rojas. Lo nunca visto (al menos, por mí) en una plaza de toros. Sonaron fuertes lo pitos, pero también los aplausos fervientes. Y les digo una cosa: en cualquier otra Plaza, después de esa estocada entregándose, ese desprecio del peligro, esta entrega absoluta de la vida y esta apuesta por figurar en un gratuito martitologio, tiene premio gordo. Fue la respuesta contundente de quien no se conforma con ser figura del toreo, porque ya lo es, sino la demostración fehaciente de que a él no se la gana nadie, ni en esta ni en ninguna otra Plaza. Aunque Sevilla tenga un color especial.

Con esta puesta en escena terminó la esperada corrida del Domingo de Resurrección. La corrida que discurrió, bajo el manto de un cielo anubarrado, el deambular de toros remisos, buchitos de arte y el mal trago de un  amago de holocausto. Qué cosas Señor.