Tengamos la Fiesta en paz

Comprendo que redundar en el tema político-taurino puede acarrear una sobredosis de “cansinez” a ojos vista del lector de esta ventana de opinión. Algunas cosas, cuando se machacan, ni se maceran ni se enderezan: se desparraman, y luego  –como ocurre con el desparrame de los juguetes en el cuarto de los niños–  cuesta un mundo recogerlas y ordenarlas “cada cual en su lugar”. Así, pues, con la prevención del herrero que se coloca las gafas y el mandilón antichispas, insisto en darle con el mazo al hierro humeante de la Tauromaquia sobre el yunque la  actualidad política.

Está la cosa calentita, sí. Después de ver a los cabezas de lista del Partido Popular y de Vox en las muy próximas elecciones generales en la plaza de toros de Valencia presenciando sendas corridas de la feria de Fallas y de la comparecencia de destacadas personalidades de la política actual –de la llamada derecha, casi exclusivamente—y de Santiago Abascal (Vox) en dos  actos taurinos de notable calado –y de consecuente repercusión mediática–, como la Gala de los carteles de San Isidro y los premios taurinos anuales del diario ABC, el rebote de la izquierda política de nuestro país no se ha hecho esperar. Acusan al adversario ideológico de influir en la voluntad de los aficionados a los toros para teledirigir su voto. Lo que nos faltaba por oír. No solo pretenden ridiculizar a los toreros que entran en política, sino que denostan y demonizan a quienes les dan cobijo: ¡Torero, muérete! o ¡Derecha, torera y fascista!, gritan las santas y democráticas gargantas de quienes se aposentan al otro lado del río, del río revuelto de una España cada vez más seccionada, partida en dos por el espinazo, en sentido vertical.

Es un cariz desconocido hasta el momento en nuestra Historia. Jamás la Tauromaquia tuvo naipe que esgrimir en el juego de la política, o al menos no ha interpretado rol alguno en un tapete tan resbaladizo. Los que saben de esto –de la Historia objetiva, limpia, pura y dura— dicen que el panorama es muy similar al del año 1934, cuando se estaba incubando el fragor del guerracivilismo. Muy desmesurada me parece tan funesta comparanza, la verdad. Quita, quita…

En cualquier caso, llegados a este punto, me parece oportuno recordar que en la España de aquéllos quemantes años, la Tauromaquia resplandecía en España con el fulgor del magisterio de Domingo Ortega en los ruedos y, especialmente durante ese año 34, con la vuelta a ellos de Juan Belmonte y Rafael el Gallo, bien financiados ambos por la suculenta exclusiva (25.000 pesetas por corrida) del empresario Eduardo Pagés.  Y también que la fiesta de los toros contaba con el apoyo sin fisuras de los intelectuales de la generación del 27, en la cual otro Ortega (el filósofo) ocupaba un puesto de especial relevancia. A nadie se le ocurrió entonces hablar de “politización” del arte del toreo por la vinculación taurina de los políticos que asistían a las corridas de toros como espectadores, fundamentalmente, porque este era un acto instalado en la más absoluta  normalidad. Más aún: en plena revolución de Asturias, un afamado crítico taurino de la época, César Jalón, que firmaba en el periódico El Liberal con el seudónimo de Clarito,  fue destacado miembro del Partido Republicano Liberal y ministro de Comunicaciones del gabinete Alejandro Lerroux. Y, que se sepa, nadie se rompió las vestiduras o se echó las manos a la cabeza. Se vio normal, lógico, incluso plausible.

Por tanto, en estos días de volcánico ajetreo electoral, dejen a los toreros y a los taurinos que se manifiesten en libertad y a los políticos que acudan a los actos públicos o privados que les venga en gana, que es lo mínimo que se debe pedir en una sociedad medianamente equilibrada. No mezclen el insulto procaz –o la amenaza de juzgado de guardia, que de todo hay—para tratar de apoyar o derruir una determinada opción política, porque  esto va de futuro de país, de herencia inmediata para futuras generaciones. La Tauromaquia –lo diré por enésima vez—no tiene color. Ni posición política calculada. No está a esta mano ni a esta otra. Es ambidextra, como el toreo mismo. No se casa con nadie. Por tanto, dejen ya de dar la vara y de cabrear al personal con la dichosa “politización”.

Ahora que tenemos una figura rutilante como Andrés Roca Rey, que podemos disfrutar de toreros de probada genialidad y arte indiscutible, de contar con el aliciente de la vuelta de José Tomás y otros compañeros de su quinta, además de una pléyade de nuevos valores de indiscutible (e inescrutable) proyección, cuando también contamos con una cabaña brava sin parangón en el reino animal, ¿van a venir los paladines de la izquierda más o menos radical y sus afines coleguis, probados odiadores de todo lo que huela a España, con prevenciones acerca de quién vota a quién? Solo faltaría que tomaran al toro como chivo expiatorio de su contraataque político y lo metieran en una encrucijada, a merced de oportunistas y desaprensivos, o colgaran el vestido de torear en la antesala de los conciliábulos que en estos días andan a la caza de la  papeleta que poblará las urnas.

Unos y otros, háganse a un lado, por favor. Tengamos la Fiesta en paz.