El toro de la política

La noticia ha sorprendido a buena parte de ese ente de revoltón o patulea amorfa que llamamos “opinión pública”; y ya se sabe que, aquí, en este lugar del mapamundi en que hemos tenido la fortuna de nacer cuarenta y pico millones de personas, sorpresas como esta no dejan indiferente a nadie y, por tanto, se ven con rostros bien diferentes, según la capacidad interpretativa de quien  las contemple. O distintos sabores, según las papilas gustativas de quien las digiera. O variados enfoques, según el color del cristal con que se miran. La noticia es que algunos toreros se han subido al carro de la política y han tomado la insólita decisión de aceptar la invitación (en algún caso, el ruego) de distintos Partidos políticos de presentarse como candidatos a acceder al  Parlamento español en las próximas elecciones generales.  De momento, son cuatro, tres toreros del escalafón de matadores de toros, Miguel Abellán, Salvador Vega y Serafín Marín y un subalterno, Pablo Ciprés. Todos ellos, según está el patio de las encuestas, con grandes probabilidades de ocupar el escaño correspondiente.

La noticia se completa, lógicamente, con la identificación de los Partidos políticos que representan, a saber, Abellán y Vega, como candidatos del Partido Popular por Madrid y Málaga, respectivamente, y como candidatos de Vox, Marín, por Barcelona, y Ciprés por Huesca. De momento, son cuatro toreros, de diferente rango, pero toreros todos. A ellos se suma el nombre de una mujer que, como diría Manzanares-padre, también es “hija del cuerpo”: Raquel Sanz, afiliada a los populares y viuda del torero Víctor Barrio, que se presenta al Congreso por la circunscripción de Segovia. Ya ven: de izquierdas, ni uno.

¿No hay toreros de izquierdas? Por supuesto que los habrá, pero, con sinceridad, aquí el firmante no los conoce. En cambio sí hay –y muchos y muy buenos—aficionados a los toros alineados en la parte zurda de su muy plausible –y necesaria-- ideología. De esos conozco a porrillo, pero todos pertenecen al venerable y añorado PSOE, hoy día desnaturalizado y reemplazado por lo que recientemente ha calificado Alfonso Guerra como “izquierda boba”. De los restantes Partidos o alianzas interesadas, como comprenderán, no me ocupo en mencionarlos ni, por supuesto, de escudriñar en ellos alguna concomitancia con la Tauromaquia.

Sin  perjuicio de que surjan más espontáneos que salten la espinosa alambrada en que históricamente se ha encerrado no solo a los toros bravos, sino también a los copartícipes del rito milenario que con ellos se celebra, y otros toreros se lancen al ruedo de la política, la noticia suena fresca y confortante. Al fin y al cabo, nuestras Cámaras Alta y Baja son hemiciclos dotados de escaños que acogen la voluntaria representación de un país llamado España, un lugar en el cual la palabra –y la adecuada esgrima que con ella se utilice-- es la única herramienta válida que, supuestamente, habrá de garantizar el bienestar y la convivencia de sus habitantes, de la misma manera que en las plazas de toros,  es la viva voz o el manifiesto plebiscitario del pueblo soberano que ocupa los asientos de sus graderíos, quien dictamina la suerte de los principales actores que intervienen en la lidia, durante y después de celebrada esta.

No obstante, ya verán cómo surgirán voces de protesta por esta irrupción inesperada de los toreros en la escena política. Ya han surgido. Un medio de comunicación ha soltado la primera gracieta al respecto, con la inequívoca intención de burlarse de los protagonistas de la noticia y, de paso, dañar a los Partidos que representan, caricaturizando el hecho con una frase que es paradigma malevolente de la estupidez o mascarada del  doble sentido: “el Partido Popular va a matar en estas elecciones, y por eso ha decidido contar con toreros en sus listas” ¿Qué les parece?

Espero que no salga el listillo o el sectario que tache a los toreros de indoctos en la materia. Para indoctos, algunos ninis que hemos sufrido en estas últimas legislaturas (de uno u otro lado, no crean) que todavía esperan  renovar su acta en la Cámara correspondiente. Además, los toreros están acostumbrados a la fraseología parlamentaria, y sabrán  mejor que otros coger al toro por los cuernos para abordar un tema espinoso, dar una larga cambiada al que no merece la pena perder un minuto de tiempo para ocuparse de él, o pegar un puyazo al adversario, si la oportunidad se presenta y lo requiere. Estas cosas, dichas así, las tomarán algunos como si les hubieran puesto un par de banderillas, otros se acularán en tablas, recelando de todo, y bastantes cambiarán el tercio y pasarán del tema.

En cualquier caso, un respeto para los toreros que han salido al ruedo electoral. El toro de la política, sea cual fuere su “encaste”, es más boyante y mansueto que aparece por el portón de chiqueros las tardes de corrida. Aquél, de momento, no pega cornadas en la femoral. Esta es la sutil diferencia.

Todos los citados tienen dotes (y arte) suficiente para hacer una excelente lidia, porque conocen el placer del éxito, la amargura del fracaso, incluso el dolor del físico del percance, y la mayoría de sus futuros colegas en los nuevos menesteres no tienen pajolera idea de todas estas cosas. Aludiendo a la filiación política todos son de derechas, aunque toreen con la mano izquierda como Dios;  pero si nos atenemos a la destreza que emplean para desempeñar su cometido en la arena de las plazas de toros, todos son diestros; así que algo llevan ganado.

Habrá que ver cómo le sienta a un torero la etiqueta de “señoría”. Raro sonará, desde luego. Solo se conoce un antecedente claro al respecto: el del vasco  Mazzantini, aquél contemporáneo de Guerrita en el último tercio del siglo XIX que iba por delante del genio cordobés en los carteles. A Mazzantini le apodaron el señorito loco porque a pesar de su amplio acervo cultural se jugaba la vida en el ruedo, y después recibía a las visitas en sus aposentos envuelto en una bata de seda, gustaba de la ópera cara y, ya desde la muy amplia calva de su madurez, llegó a oficiar de concejal del Ayuntamiento de Madrid y de gobernador civil en Ávila y Guadalajara; un político en toda regla que antes abatió a miles de toros con la hoja de su espada. Ah, y le llamaron don Luis.