Roca Rey (R.R.), erre que erre

Roca Rey no falla, Roca Rey insiste en el triunfo como el martillo pilón que golpea el hierro candente sobre el yunque de un herrero: hasta que lo endereza a su antojo, poniendo al rojo vivo la fragua de la Plaza. Para empezar, agotó el papel en taquilla, y media hora antes de la corrida los reventas susurraban la preciada y sobrevalorada mercancía, de a tanto la pieza, a diestro y siniestro: “para hoy, boletos para hoy, que no queda nada…”, candorosa y trasnochada cantinela que a uno le recuerda aquél sketch de Gila, cuando jugaba a detective de tres al cuarto y mortificaba al sospechoso con parecida letanía: “¡alguien ha matado a alguien, y no quiero señalar!”… hasta que el sospechoso, rendido por la matraca insoportable, cantaba sin remisión. También, algunos despistados de última hora pagaron este pato y se sacudieron, irremisiblemente, el bolsillo, si querían ver a Roca Rey.

Porque de eso se trataba. La gente, ahora mismo quiere ver al peruano. Tiene el joven torero ese tirón de la –todavía—novedad y el atractivo añadido de su asombrosa regularidad para sacarle partido a todo tipo de toros. Triunfa, triunfa, triunfa sin cesar, y eso arrastra a los públicos y arrasa en las taquillas. En Valencia, una vez más, fue un vendaval. ¿Que alguien puede cuestionar la concesión de la segunda oreja del quinto toro? Pues que cuestione; pero a ver qué presidente es el guapo de llevar la contraria a una enfebrecida muchedumbre, pidiendo los trofeos sin recato para el torero como pedían los jacobinos las cabezas sin peluca de la nobleza francesa. Al fin y al cabo, ambas cuestiones se fundan en el “arte cisorio”, es decir, el de cortar. En el caso que nos ocupa, las orejas de un toro, tras haber sido debida y formalmente  apiolado sobre la arena, incluso después de haber recibido un aviso.

Tres orejas se llevó ayer Roca Rey en el coso de la calle de Xátiva. Tres orejas como tres soles, que su trabajo le costó. Fue un doble y soberano esfuerzo; primero, para solventar los embravecidos embates del tercer toro, con el hierro de Cortés, pero Victoriano del Río, aunque también acabara acusando el frenético ritmo de la fatigante faena. Una faena empezada con dos cambios por la espalda de impecable ajuste, milimétricos, que ya hicieron estallar la primera traca de aplausos. Roca, ya se sabe, apenas castiga a los toros en varas. Mejor, los castiga él, con esa muleta arrastras, los flecos por debajo del hocico, y su trazo curvilíneo, a más no poder. Esa forma de torear, esa forma de exigir a los toros en casa pase y esa ligazón impenitente debe hacerlos crujir por dentro. Solo les salva la casta y la bravura;  por tal motivo, ese toro de Victoriano metió la cara una y otra vez en pos del faldón grana que Andrés Roca Rey maneja con su proverbial empaque. Hubo dos series en redondo, una por cada pitón, de angostura extrema que pusieron de pie al personal en los tendidos. Este Roca arrea, y de qué forma. Los públicos se ponen a favor de obra porque creen en la obra, y porque el artista (que no artesano) no repara en  gastos; antes al contrario, se la juega en cada pasada del toro por delante de sus muslos o cuando se coloca la muleta a la parte en que la espalda pierde su casto nombre y cita por aquí, para pasarse al toro por allá, en un santiamén. Y ahora, quien cruje es la Plaza, es decir, quienes la habitan, que en este caso son todos los que caben en ella. Si no pincha a este toro y si no le avisan doblemente desde arriba con los clarinazos de rigor, de seguro corta las dos orejas. Una estuvo bien. Justa. Indiscutible.

Más discutible puede ser la segunda de su segundo, otro de Victoriano que se fue de rositas en el caballo de picar, tuvo poca fuerza y menos raza que el anterior. Pero “se dejó”. Se “dejó” mucho más de lo previsto por todos los presentes… excepto por el diestro peruano. Y es que, utilizando un apócope muy de moda --elevado a la máxima simplicidad--, lo que ayer sucedió en la plaza de toros de Valencia me sirve el titular en bandeja: Roca Rey (R.R.) erre que erre. O lo que es lo mismo, en su línea. Cantando bingo cada tarde. Acabó metiendo a ese quinto toro en el cuévano de  su muleta y le bordó tres tandas colosales de temple, largura, mando y ceñimiento. Parecía que estuviera toreando el mago Merlín, porque a pesar de la evidente boyantía del cornúpeta, era evidente que se le iba la fuerza por la boca y la casta por el rabo. Solo esta roca de torero aguantó impertérrito flaquezas y tardanzas, hasta que el toro cuadró y pidió la muerte. Esta vez, la espada viajó certera, aunque no precisa, porque la estocada resultó delantera y algo desprendida (así, al menos se vio, a vista de palco); pero la gente estaba embalada, en el doble sentido del término: embalada (empujada) por la inercia de un entusiasmo contagioso y embalada (envuelta) en el celofán de una pasión compartida. No importó el nuevo aviso recibido. Así se las gastan las grandes figuras del toreo: imantan de tal forma a los públicos que hasta las veleidades pasan desapercibidas. Así fue siempre. Así es, si así os parece.

El Juli no tuvo toros. Quiero decir que sus toros de Victoriano del Río fueron una caca de la vaca que los parió. Ni embistieron a El Juli ni asustaron a nadie. Para colmo, a Julián le salieron por los tendidos unos grupos contestatarios, que quisieron culparle de la nulidad del lote que le correspondió en el sorteo. Y eso que  hubo más baile en los corrales que en los salones versallescos en los tiempos pre-jacobinos del dieciocho. Al final, para que le salieran al torero dos birrias de las que te ponen de regreso al hotel con un cabreo de mil diablos. Menos mal que los envió al reino de los toros fofos con tanta celeridad como eficacia. En Valencia, El Juli cero, los toros, cero. Empate a nada.

Nada también se llevó el toricantano, Jesús Chover. Te vas de vacío, en todos los sentidos, la tarde de tu alternativa,  compartiendo cartel con dos grandes figuras del toreo y, como mínimo, te lo piensas. Y más, si ya en frío, repasas la tarde, rememoras momentos, sopesas el comportamiento de los toros. Con toda sinceridad, el de la ceremonia, fue de dulce de trufa. Noble y tranquilo. De los que te pueden dejar hasta torear de salón. Jesús se fue a saludarlo a porta gayola, con esa parafernalia sorista que tanto gusta en esta Plaza. En ella estaba El Soro, su apoderado, en quien parece querer encarnarse este chiquet de la tierra. Es de su corte. Largas de rodillas, banderillas del remolino, de la moviola, al quiebro…, en fin todo el repertorio pirotécnico que despertó pasiones en los años 80 del pasado siglo, al punto de ser, Vicente Ruiz Soro, uno de los diestros más cotizados en este magnífico coliseo valenciano, que proyectó el arquitecto Monleón , junto a la estación del ferrocarril. ¿Qué se puede decir del nuevo torero? Pues, simplemente, que tiene pintada en la cara la pincelada de la ilusión, y poco más. No pudo remontar en ese toro dulzón que abrió el festejo, al que dio pases y más pases. Muchos pases, vive Dios. Tampoco se entendió con el bravucón de Toros de Cortés que cerró la corrida, en el que falló estrepitosamente con las banderillas. En puridad, la gente le pidió con fuerza la oreja en el primer toro, pero el presidente se la negó y el chico se recreó en la vuelta al ruedo, a mano desnuda de trofeo. En ese sexto, volvió a arrodillarse ante el chiquero y a pegar pases por doquier, con el público –y el toro-- ya aburrido o desencantado. Así que, como decía Cervantes en su célebre poema: requirió la espada, fuese y no hubo nada. Mejor dicho, le dieron un aviso, porque se levantó el toro y estuvo una eternidad barbeando la pequeña ménsula del estribo.

Más aún, se esperó el personal a ver la salida en hombros de Roca Rey. Una más, en esta Plaza. Otra más, en el orbe taurino. Definitivamente, este tío es un fenómeno.